La puerta metálica se abrió, y Duncan movió levemente la cabeza huyendo de la luz. Sus ojos se habían acostumbrado a la obscuridad. —¿Lo has entendido ahora? Al escuchar la voz se tensó. Luego se echó a reír, sin humor. —Tú, maldito anciano. Haggerty dio unos pasos avanzando hacia el que en el pasado fue su pupilo. Duncan seguía en la misma posición: de rodillas, con la espalda doblada hacia el frente y la cabeza apoyada en el suelo. —No podía ser de otro modo. Dime, ¿me habrías escuchado si te digo que Allegra nunca te engañó? ¿Que fue tan víctima como tú? ¿Que las consecuencias que trajo todo esto ella lo pagó con lágrimas de sangre? —No. Jamás –contestó él en tono seco. —Bien, entonces me entiendes. Duncan guardó silencio por un momento. Levantó la cabeza con dificultad, sintie

