—¿Se lo dirás? –Preguntó Edna sentándose en el diván que estaba al pie de la cama de Allegra, mientras esta se aplicaba una crema sobre la piel de sus piernas. Acababa de admitirle lo enamorada que estaba de su novio a sueldo. —Ay, Edna, no lo sé. Lo quiero tanto, lo necesito tanto… que temo perderlo si acaso me declaro y él no siente lo mismo. —Mujer, tendrás que arriesgarte. —Sí, pero… tiene que ser ahora? No puedo esperar un poquito más? Quiero alargar este tiempo con él un poco más. Si por mí fuera, lo haría eterno. —Bueno, tú verás. Pero tienes que cambiar el rumbo. Ya no podrán seguir siendo novios por contrato, tendrán que serlo de verdad. —Sabes, siento que nunca lo hemos sido por contrato. Quizá un poco al principio, pero luego… —ella se quedó alelada, sonriendo y mirando a n

