La subasta

1481 Palabras
Durante nueve noches, André me visita. Por horas, me mantiene jugueteando entre los barrotes. A cambio, ha cumplido su promesa de no molestar a Basima. Ella casi se ha repuesto de la golpiza. Cada día le noto más desarticulada y amarillenta y, a pesar de que sabe lo que me cuesta mantenerle alejada de su dueño, evita conversar del tema. «No soy de nadie», me digo cuando él incursiona en mi anatomía. «No soy de nadie», me repito en el instante en que mi cuerpo se olvida de que no soy una cosa y responde a sus exigencias. Cada día logro dormir luego de que amanece mientras los jefes pasan revista a las esclavas. Ellos también han notado el estado de mi abaya; pero lo único que les importa es que me mantenga en óptimas condiciones para ser subastada. Si de paso me convierto en una experta satisfaciendo a un hombre con la boca, será un punto a mi favor en la descripción de la venta. Hoy me han tomado las medidas para la ropa que llevaré en la subasta. Me han hecho andar desnuda por el pasillo, en frente de media docena de guardias babosos. Yo he fingido que no les veo. Intento actuar de la misma manera en que lo hice unas semanas atrás, en la víspera de mi boda. Apuesto a que me vestirán con una ropa transparente, que releve las zonas más íntimas. Después, cambiaré de dueño y jamás veré a Basima. La dejaré con un desalmado pedazo de gente que no merece ser llamado persona. Le odio por todo lo que nos ha hecho, por aprovecharse de nuestra inocencia y atraernos a la cárcel con engaños, por usar a Basima como un objeto descartable y hacerme chantaje emocional. Pero odio aún más a mi cuerpo por gemir de placer cuando él lo toca. Me he acostumbrado a ser una pieza de este puzle. Estoy perdiendo las ganas de luchar. El padre de André saca la llave de mi jaula. El reflejo de los rayos del sol que se cuela por la pequeña ventana le hace brillar como si fuese oro. ¡Nada más lejos de la realidad! Con tres zancadas, él me arrincona contra la pared. No encuentro cómo moverme. Aquí no hay sitio para dos. —Mañana en la noche se llevará a cabo la subasta. Después de eso, tendrás como objetivo de vida satisfacer a tu nuevo dueño. Te recomiendo que muestres tus mejores atributos y dones. Cuanto más pague alguien por ti, tanto más te cuidará. Dicho esto, me lanza una mirada despectiva y busca la puerta. Es el momento que he estado aguardando, el «ahora o nunca». Coloco una de mis manos en la reja cerrándole el paso. Él se voltea furioso. No espera eso de una esclava sumisa. —¡A un lado, perra; o te juro que, sin importarme tu valor, te haré azotar! Habla en serio. Lo reafirman sus ojos inyectados en ira. —Perdone usted, señor. —Suelto la puerta, no quiero que me hagan daño. Aún no estoy loca.— Conozco a un hombre que pagaría mucho dinero por mí. Llevo días buscando una salida que no deje tirada a Basima. Sé que mi padre me compararía aunque fuese para preservar el honor de su nombre y no para rescatarme; pero dejará a Basima abandonada a su suerte. No le imagino pagando por lo que le pertenece por derecho propio. —Cualquiera lo haría. Bellezas singulares como la tuya no se consiguen de ordinario. A pesar de que protesta, se mantiene expectante. El negocio le tienta. Aprovecho la coyuntura para ensalzar el bolsillo de Ahmed Hassim. Mis palabras me asustan, pero una vez que he tirado la red no la puedo sacar del agua. —Soy todo oídos. —El hombre se voltea, apoya su espalda en los barrotes y se apresta a escucharme.— Que conste que no soy amigo de perder el tiempo en sandeces de esclavas. Si te burlas de mí, serás castigada con brutalidad. Mi pulso se acelera. He puesto las cartas sobre la mesa y he hecho mi apuesta. Ahora me resta esperar la jugada del contrario. A pesar de que sé que me preparan para ser exhibida como una yegua en celo, intento disfrutar un baño reconstituyente en la tina. El agua de la pileta ha sido insuficiente para asearme durante los diez días que me han mantenido cautiva. Mi cuerpo huele a sudor, a orina y a semen. Los comparadores pagan una cuantiosa suma por una mujer apetecible, y yo soy un asco andante. La metamorfosis es una ardua tarea que emprenden varias esclavas que trabajan en la casa. Un masaje en la espalda relaja mis músculos adoloridos. Luego, embadurnan mi cuerpo con cremas y añaden polvo de oro a mis cabellos. Como una cachorra obediente, acepto cuanto ellas me ordenan. Cuando unas manos extrañas invaden mi intimidad, no me defiendo. Tal vez, incluso la sangre se acelera en mis venas y siento placer. Me he adaptado demasiado aprisa al nuevo papel que me ha sido asignado. A mi pesar, reconozco que me han domesticado. ¿Dónde se ha metido mi amor propio, aquella autoestima que intentaba mantener a toda costa? He bajado la cabeza y aceptado el yugo. En vano me repito que no soy de nadie. Pertenezco a un dueño que siquiera conozco. Las esclavas me levantan el cabello en un moño y rizan algunos mechones que caen casi al descuido sobre mis hombros. Luego me ofrecen un conjunto de látex semitransparente. Me miro al espejo a escondidas y no puedo disimular una expresión de asombro. Una fina cuerda cruza a de un lado a otro desde el pecho hasta la pelvis, dejando al descubierto parte de los senos y el abdomen. Por la espalda es aún peor, pues solo se conforma de tres bandas que lo ajustan a mi cuerpo. Termina mi tocado un par de largas medias pantis de color oscuro. Todavía no me he repuesto de la sorpresa cuando una de las mujeres saca una cuerda de cuero trenzada de debajo de mi zona genital y la jala con fuerza hasta ajustármela en el centro de la espalda. Cada paso que doy, me presiona el pubis, tanto que casi olvido que estoy prácticamente desnuda. Aún inconformes con el resultado, me atan al cuello un aro metálico que se continúa en una larga cadena. Así, vestida de ramera, no me asemejo a la inocente joven que se cubría con el hijab. Es insólita la manera en que, en poco tiempo, he dejado a tras a una Amira y me he convertido en otra. Me guían hasta el final de una hilera con otras diez chicas con trajes semejantes al mío. Allí la espera se torna desesperante. Cada cierto tiempo, escucho un panegírico en varios idiomas y una muchacha es llevada al escenario. Entre risas y gritos, se realiza la subasta. Cinco minutos son más que suficientes para decidir el destino de una mujer. André se me acerca sin que me haya percatado de su presencia. Mi cabeza está volando bien lejos de la tierra, con la ansiedad y mis temores. Él posa una vez más sus manos sobre mis nalgas e introduce la punta de su dedo entre ellas. —Te extrañaré —murmura con la voz entrecortada. Yo intento sonreír sin hacer resistencia con mi trasero. Dejo a Basima en sus manos y sé cuan cruel él puede ser cuando se le lleva la contraria.—Tendré que conformarme con la perra que me regaló mi padre. Quisiera decirle que ella no es una perra, sino una de las mejores personas que he conocido; pero mi mirada tropieza con los ojos de Seth. Él se acerca nosotros a pasos agigantados. No confía en las ardientes hormonas de André. —¡Detente o la echarás a perder! —le dice con tono de pocos amigos. El muchacho recoge sus manos y se da media vuelta para alejarse de mí. Sin embargo, en el último momento, cambia de opinión y regresa tras sus pasos. Su mano huesuda se posa en el brazo de Seth acaparando su atención. —Démela. Le pagaré con el tiempo. Venda a la otra en su lugar. —De la manera en que la has tratado, no creo que su vida dure mucho. Siempre que te he hecho un regalo, deja de respirar en una semana. Te comportas mejor con tus mascotas que con tus esclavas. No derrocharé millones de dólares en uno de tus caprichos. ¿Millones? ¡Cuánto cuesta una mujer! Aguanto la respiración de tal modo que temo asfixiarme. Una mezcla de excitación con miedo se apodera de mi cuerpo. Ahmed no vendrá. Me lo he jugado todo a una sola carta y he perdido mi única ventaja. Ahora, pagaré cara la derrota. La lumbrera de Ruhit es historia antigua.
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