Sumisión

1033 Palabras
—No, por favor, André. Ya no sigan. Ella no lo aguantará. —Disimulando mi rabia, digo con fingida indiferencia: Ignoro cómo mi voz se abre paso entre las risas de ambos hombres, pero lo logro porque la fuerza del amor que siento por Basima llena mi cuerpo de energía. Él, sin vestirse, devora la distancia que nos separa. Se detiene algo alejado de la reja para echar una ojeada a mis mejillas enrojecidas y a mis ojos llorosos. Todo ha salido de la manera en que lo planificó. Se ha saciado con Basima y me tiene a su merced. —Estoy dispuesta a darte lo que me pidas. Cumpliré todas tus demandas, pero ya no le dañes. La matarás. —Me arrodillo en señal de sumisión. De repente se inclina hacia mí y me sujeta de los hombros. Por un instante pienso que me desencajará el cuello del cráneo; pero entonces suaviza el agarre y levanta mi mentón con la punta de sus dedos. Huelen a traición y vileza, a engaño y crueldad. Sin embargo, introduzco dos de ellos dentro de mi boca y los chupo para mostrar obediencia. —Ya me he hartado de ella. La cederé por un rato a Victorio —afirma con un tono sarcástico que no admite negociaciones. Si ese gigantón de dos metros cae encima de mi amiga, seguro la matará. —Si Basima muere, no tendrás con qué manipularme. —Acopio las esquirlas de mi insulso valor para hablarle con delicadeza. Arremolino las pestañas con suavidad. ¿Dónde lo he aprendido? Ni idea. Sin embargo, me viene como anillo al dedo. —¿Qué me ofreces a cambio? —Reconozco el deseo en su voz. Debo apresurarme a cerrar un trato antes de que sea demasiado tarde. André se ha separado de Basima, pero Victorio le ha echado un cubo de agua en fría encima para hacerle volver en sí. El receso entre ambos hombres será breve. —Te reitero que lo que me pidas —suplico sin vacilar—. Solo detenle. Los temores me asaltan, pero los domino con firmeza. No es tiempo de pensar, sino de actuar. Él desliza una de sus manos en el interior de mi abaya. A pesar de que siento la tela ceder ante su fuerza, no le detengo. Al contrario, sonrío mientras el rasgón crece y sus manos se concentran en mi piel traslúcida que jamás ha recibido la luz del sol. —¡Para, Victorio! Un trato es un trato. Los caballeros siempre cumplen sus palabras —chilla exaltado. ¿Habrá hablado en serio? ¿Un caballero? ¿Él? ¡Lo que tiene que escuchar una por amor a sus amigas! Me zafo el cabello y, con un gesto, le incito a continuar. A dónde llegará es un enigma. Solo sé que no debe dejar mi cuerpo marcado ni romper la fuente de mi virginidad. El gigantón refunfuña. Antes de obedecer, eyacula otra vez encima de Basima. Luego cierra la jaula. Me odia. Lo noto en su mirada. Le han mostrado un suculento manjar y yo se lo he arrebatado sin piedad. André me arranca los trozos de la ropa y deja expuesta mi desnudez. Luego, aprieta mis pezones hasta que me duelen. Respiro agitada, no puedo creer que esto me excite. Aunque me niego a sentir, mi odioso cuerpo me traiciona. Quiere más. Él se aparta para mirarme durante unos acuciantes segundos. ¿Qué estará pasando por su cabeza? Rueda sus dedos en el interior de mis muslos, pero en lugar de introducirlos, como hizo con Basima, los deja fuera, jugueteando con mis zonas íntimas. De pronto, se tira de rodillas delante de mí y las roza con el borde de su boca. Con la lengua saborea mis deseos malditos. Me sorprendo, relajada y expectante. Una parte de mí me condena por ser tan curiosa y superficial, y la otra, arde en el fuego de un infierno. —Tírate en el suelo boca arriba y saca las piernas al pasillo. Me ayuda a tomar la posición. Mi cabeza anda algo loca cuando sus labios rugosos lamen mis ganas y me producen más ganas. Una pesadez en la parte baja del vientre me hace arquearme y buscar más aún una proximidad peligrosa. De repente, un río de espeso líquido moja mi cintura. Abro los ojos y descubro a André de pie encima de mis piernas, soltando su semen sobre mi cuerpo. —Ahora, es tu turno —me dice—. Nunca antes he estado con una mujer blanca. De un jalón, coloca mi cabeza entre los barrotes. La mueve con tanta fuerza que temo que se me quede atascada. Luego se arrodilla arriba de mí, tapa mi nariz con su mano derecha y mete algo duro y tibio en mi boca. Poco a poco, la cosa se cuela en mi garganta. De cuando en cuando, la saca y me permite respirar; pero esos momentos duran muy poco y cada vez se espacian más. Siento que también perderé el conocimiento. El miedo late en mis huesos mientras busco una pizca de aire, pero él me aprieta el cuello y me dice con rudeza: —Me prometiste que cooperarías. Si no lo haces, volveré a la celda de tu amiga con Victorio y le daré otra tanda todavía peor. Esto no es lo peor que me ha sucedido. Lo peor ha sido ver cómo él ha abusado de Basima y se ha reído de su dolor; y también haber abandonado a Ghaaliya en el camino. Este paso es un mal necesario para mantener con vida y salud a la persona que más amo en el mundo, la única que tal vez me quede. Si tengo que bajar la cabeza y humillar mi cuerpo, lo haré sin dudar, pero mi espíritu se mantendrá libre y esperanzado. No pierdo el deseo de salir de este oscuro sitio, o de alcanzar la libertad plena. Aun entre los barrotes de mi jaula, tengo derecho a soñar con un futuro mejor que el que la vida me ha reservado. Asiento sin hablar. No puedo hacerlo. Tengo la boca ocupada y, tal como se han presentado las cosas, así estará por varios días.
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