Somos espectros vivientes en un juego de locos. La muerte es un don que nos está vedado.
Escucho el chirrido de la reja de la jaula de Basima. La bestia deshumanizada se encuentra a solas con ella y no puedo hacer nada por evitarlo.
Mi amiga le sostiene la mirada mientras él se toma su tiempo para planear su ataque. Sus ojos brillan en un paroxismo de emociones desencadenadas cuando el deseo de venganza comienza a germinar en furia desmedida.
A medida que el tiempo transcurre, un sudor frío brota de mi frente. Son los nervios del miedo. La espera es la peor etapa de la tortura.
—Las reglas son simples. Yo soy tu amo. Haré de ti lo que quiera y de la manera en que se me antoje. Resistirte solo empeorará las cosas. Ahora que todo está claro. ¡Quítate la ropa!
André saca una fusta de su cinturón y la acaricia con sorna. Me apoyo en los barrotes para sostenerme en pie. La cabeza me late. Ojalá estalle de un momento a otro y deje mis sesos regados en el suelo.
Basima sabe que a casi todas las esclavas les llega este día. Lo ha esperado desde que tiene uso de razón. Aunque ella es una de las mujeres más valientes que conozco, tarde o temprano terminará suplicando.
Su mano tiembla cuando se zafa el abaya y expone la ropa interior en frente de los dos hombres.
—¡Hazlo completo! ¡Eso no es estar desnuda!
André ratifica sus palabras descargando su látigo sobre los senos de mi amiga. Lo hace con furia mientras lanza al aire un grito de júbilo.
La chica comienza a deshacerse de las telas que esconden sus formas. Cuando caen al suelo, todos los músculos de su cuerpo se tensan. Luego, con valentía, alza la barbilla y espera sin moverse.
Él se pasa las manos por el acalorado cuello y rebuzna como el animal con ropas que en realidad es. Mientras, el otro hombre extiende una de sus manos para tocar el cuerpo de Basima. Con la otra, se abre la bragueta del pantalón y comienza a juguetear con su m*****o.
—No tan rápido, Victorio. —El joven le detiene con un golpetazo. Pienso que el gigantón le aplastará la cara con su puño; pero para mi asombro, ambos se echan a reír. —No tengo inconveniente alguno en dejártela un rato luego de que termine con ella. Por ahora, me pertenece solo a mí.
André recalca la frase «por ahora». No necesito que me explique que no pretende compartirla. Lo he entendido alto y claro.
El guardia lanza una imprecación, pero no cesa de toquetearse. Ya que tiene un asiento en primera fila, y la esperanza de ser el segundo al mando, pretende disfrutar el espectáculo al máximo.
Basima no suplica. Quizás intenta demostrarme que su situación no es tan terrible para que yo no sufra tanto o crea que hacerlo solo traerá satisfacción a sus depredadores.
—Ponte en cuatro patas —André ratifica su orden con un nuevo azote que impacta sobre el costado de mi amiga.
Ella suspira y obedece. Ha comprendido que cuanto más se resista, peor será la paliza.
De algún sitio de la cama, él saca unas correas y le ata las manos y las piernas. La escucho emitir un quejido seco. Tal vez, el lazo está demasiado apretado.
—Si me dañas, pronto dejaré de serte útil —masculla la chica.
—Las perras, como tú, siempre son reemplazables —responde el joven con premura.
No imagino lo que ella está sintiendo al verse ultrajada de esa manera, pero se me hace imposible apartar la vista del camastro. El resto de las muchachas, sin embargo, fingen dormir. Han pasado tantas veces por esa experiencia que les parece natural.
Él toma la fusta y, sin razón aparente, la descarga en la piel de Basima repetidas veces. Ella grita, se contorsiona sobre sí misma intentando poner su cuerpo a resguardo de los golpes, pero él sujeta su trasero con la suela de la bota y, de una patada, la tira contra la cama. Luego, se empeña en azotar cada sitio de su espalda. No cesa hasta que toda la zona se enrojece.
Cuando se harta de utilizar a fusta, saca una vara de su cinturón y la estrella contra los genitales de la muchacha. Sus chillidos me exasperan. Ella llora y, a la par, en silencio lo hago yo. He comprendido que gastar mis fuerzas solo me dejará más agotada.
El hombre se detiene -gracias a Dios-, pero solo para tomarla del cabello con fuerza y voltear su cuello hacia sí de un tirón.
—Contarás hasta veinte en voz alta —le dice—. Si te saltas un número, lloras, te mueves o te equivocas; comenzaremos desde el principio.
Levanta su brazo bien alto y recrudece la fuerza de sus golpes. Cada número que Basima pronuncia me arranca un trozo de vida. Ella procura no flaquear mientras yo no ceso de pensar en qué nueva tortura le esperará cuando el veinte caiga sobre sus carnes maltrechas.
La respiración de ambos hombres se torna entrecortada. Se nota que ellos se divierten de lo lindo. Victorio se acerca a la cama, le voltea el rostro a Basima y eyacula sobre ella. Después, lanza un suspiro de alivio y retoma los movimientos repetitivos con su mano.
La chica cierra los ojos e intenta enajenarse; pero le es imposible estar ausente de su propia tortura.
—¡Te dije que te hagas a un lado! —André empuja a Victorio—. Intento disfrutar.
—Deje que también los pobres se entretengan, jefecito. —El hombre escupe el cabo del tabaco y exhibe en una sonrisa su dentadura desdentada.
El muchacho no le responde. Se arrodilla sobre las piernas de Basima y masajea su trasero con ambas manos.
Ella gime. No sé si de dolor o de goce. Esos hombres son expertos en estimular algunos sitios erógenos. Es parte de la tortura que la víctima sienta cierto placer morboso y pelee contra su propia consciencia.
—¿Te gusta, perra? A que sí —susurra su amo.
Él mueve sus dedos cada vez más rápido. Se deslizan entre las piernas de Basima. Salen y entran a través de su vulva a gran velocidad. Me marea ver su destreza.
—¡Muévete! —le ordena en un murmullo.
Entra más profundo hasta que su puño desaparece en el interior de la chica. A pesar de que ella grita de dolor e intenta defenderse, él arremete con fuerza y con la otra mano le sujeta el tronco.
—Basta ya, por Dios —susurra mi amiga.
Ha comenzado a flaquear, pero eso solo acrecienta la perversión de su dueño.
Él saca su mano y le introduce el m*****o con estocadas brutales. Se detiene para descargar la fusta sobre el lateral de sus senos y exigirle que se mueva más rápido.
Luego de entrar, salir y bañar de semen sus piernas y su trasero, me mira a los ojos. Tiene algo importante que decirme, algo que comunica sin palabras.
Toma el mango de la fusta y lo empotra dentro de ella. Debe medir unos cuarenta y cinco centímetros de largo. Lo menea hacia atrás y hacia delante mientras le aprieta el cuello con la otra mano hasta hacerle perder el sentido. La sangre le corre por las piernas y mancha el camastro. Ya no lo soporto. Es demasiado cruel, demasiado injusto. Ella es un ángel. No merece ser tratada de esa manera.
—Ya estás satisfecho. Dame un turno. —Pide Victorio.
André se baja de la cama sin dejar de mirarme. Me está retando, lo sé.
—Aquí tienes, Victorio. Es toda tuya. —Esboza una torcida sonrisa sin pizca de simpatía.