En la jaula

1405 Palabras
Escapar es una idea fija que me ronda por la cabeza. Pero, ¿cómo lo haré si apenas logro moverme dentro de esta jaula de hierro en la que me han tirado? En cerca de cuatro metros cuadrados hay un camastro sin sábana, un retrete y un lavamanos. Me dejo caer sobre el único sitio en que puedo sentarme. Las piernas me tiemblan, se niegan a sostenerme un segundo más. Una mezcla de miedo y ansiedad me convulsiona el alma. Siquiera me pregunto qué sucederá después por no escuchar mis pensamientos. Todo cuanto puedo aseverar es que me encuentro en un sótano poco ventilado, con un pasillo central y una hilera de celdas cuadradas a cada lado. Aunque la mayoría de ellas están vacías, en muchas hay jóvenes tan desesperadas como yo. Alcanzo a ver a Basima a unos tres metros de mí. Le hago una seña con la mano, pero no le grito para evitar llamar la atención de los dos guardias que nos vigilan. Un ratón es mi único compañero de infortunios. Comparto con él los mendrugos de pan que me tiran entre los barrotes. Las horas transcurren en cruenta agonía. Alrededor mío solo oigo llanto, gritos y los regaños de los hombres. Sé que si lo hacen es porque les molestamos y no debido a que teman a que alguien nos escuche. Estamos demasiado lejos de todo sitio transitado. ¿Cómo no sospeché esta humillante situación mientras caminaba por la ciudad tras los supuestos predicadores? Haber vivido en una burbuja de cristal me hace ser idiota. Quiero orinar. He aguantado los deseos durante horas mientras observo a otras chicas subirse la falda con naturalidad y sentarse en el retrete. También Basima ha acomodado su abaya para cubrirse en dos ocasiones. Intuyo que el tiempo y la necesidad ponen en pausa los escrúpulos. Oponer resistencia no me llevará a sitio alguno. La vejiga me estallará de un momento a otro. Para mantenerme sana me resigno a comportarme como un animal. El joven de cabellos rubios baja a vigilarnos la primera noche. A través de la tenue luz de la única lámpara, he adivinado su mirada traspasando mis ropas. No se ha quedado conforme con la negativa de los dos hombres mayores. Me quiere para sí. Con paso decidido, se acerca a mi celda y me lanza unas palabras en voz muy alta: —Tú serás mía. No importa cuánto vocifere mi padre. Encontraré la manera de tenerte. No sé si alegrarme o enojarme. Tal como está la situación no hallo respuestas a mis preguntas. —Por favor… —murmuro atolondrada. Mi ruego choca contra una sonrisa cínica y vuelve a mí vacío. —Acércate a la reja —me ordena— quiero tocarte. —Mi instinto primario pugna por obedecer. Lo he hecho durante toda mi vida, pero la mirada lujuriosa de sus ojos me obliga a dar un salto hacia atrás. Choco con la pared ¿A quién se le ha ocurrido hacer este cuchitril tan pequeño?— No tengas miedo —continúa.— Me han prohibido tener sexo contigo. Solo pretendo manosearte. Ni muerta me le acercaría. Mantendré esos sucios dedos lejos de mi cuerpo mientras me sea posible. Su mal genio va en aumento a medida que trascurre el tiempo y me mantengo fuera de su alcance. Ignoro si abrirá los cerrojos o se contentará con mi negativa. Estira su mano a través de los barrotes, pero me escondo en la esquina más alejada de la jaula. —¡Maldita seas, mujer! —chilla exasperado—. No importa cuánto te resistas. Serás mi juguete o sufrirás las consecuencias. Si él cree que me rendiré ante su braveza, es porque no me conoce. Se ha equivocado conmigo. Los muchos años que llevo enfrentado a la dictadura de Fátima Salem y su señor esposo me han convertido en un hueso duro de roer. Siquiera me pregunto de qué habla. No creo que las cosas puedan empeorar. ¡Cuánto me arrepiento ahora por haberme escapado de mi casa! Al lado de esta tortura, el destino ofrecido por mi excelentísimo padre sería un jardín de rosas. —No soy tu juguete —murmuro con aparente tranquilidad—. Ni tuyo ni de nadie. Un maremoto de miedos convulsiona mi cansado cuerpo. Tengo la lengua demasiado larga. A veces se sale de mi boca sin medir las consecuencias. —¡Victorio, abre la maldita puerta! No es posible que el guardia le obedezca. Los jefes lo han dejado claro. Nadie se atreverá a desafiarles. ¿O sí? El enojo se instaura en sus gestos. Ya no suplica. Vocifera amenazas. Solo hay odio en sus ojos y un deseo inmenso de hacerme sufrir a como dé lugar. Uno de los hombres corre hacia nosotros. Se detiene abruptamente en frente del muchacho y me echa un vistazo antes de soltar una estampida de palabras: —Lo siento, jefecito. Su señor padre y su socio se han quedado con la llave de la celda. Ambos sabían que usted no se controlaría con esta perra. El guardia se separa para no recibir las consecuencias de la frustración de André. Por un instante, pienso que he salido victoriosa, pero estoy muy lejos de la realidad. De repente, el joven camina de espaldas hacia la mitad del pasillo. Clava en mí su mirada ardiente hasta que desarma los residuos de mi valentía. —Es tu última oportunidad —me dice—. ¡Acércate! Refuerza la llamada con un movimiento de su dedo índice. No pretendo avanzar un paso. Aunque así quisiese, y no es el caso, no podría. Una fuerza invisible me mantiene atada a la esquina de la jaula. Niego con la cabeza, primero con lentitud; luego con movimientos repetitivos cada vez más fuertes. Incluso, atino a sonreír porque me creo a salvo. A André no le agrada mi negativa. Está acostumbrado a obtener lo que desea por la fuerza y a ser obedecido sin chistar. —Pues tendré que castigarte. —Yergue su puño cerrado sobre su cabeza. Las brasas de fuego que irradian de su mirada desbastan mis ilusiones.— Lo que suceda a partir de ahora es tu responsabilidad. ¡Victorio! —gruñe en idioma simio. Me estremezco de los pies a la cabeza. Aunque no entiendo a qué se refiere, sé que los hombres de su calaña no hablan en balde. Estoy consciente de que algo malo sucederá. Simplemente, no entiendo cómo ni qué. Abro los ojos a todo lo que dan para no perder detalle de los acontecimientos inmediatos. El aludido se le acerca cabizbajo. Blande una fusta en su mano mientras masca el mocho de un tabaco. Su estampa me produce miedo, al igual que la de la mayoría de los hombres de Nao y Seth. Trago en seco. Los labios me arden a pesar de que agua es lo único que se sobra en la pileta. Hasta la comida la dan racionada dos veces al día. —¡Abre la puerta! —André muerde las letras de cada palabra. Victorio se demora en responderle. Ya ha aclarado que no tiene la llave. ¿Le toma por mago o mentiroso? —Es imposible —le repite. —Me refiero a aquella. —Apunta a la celda de Basima sin dejar de mirarme. Una sonrisa siniestra se dibuja en sus labios, sonrisa que nunca cesará de atormentarme en mis noches más oscuras.— Esa rata es un regalo de mi padre. Me pertenece en cuerpo y espíritu, y la usaré hasta que la destroce. —¡No le toques! —grito con los pocos vestigios de fuerza que aún poseo—. Haré lo que me pides. Que me tome, que destruya mis huesos y haga de mí un guiñapo humano. No me importa mientras no le dañe. Ya he perdido a Ghaaliya. Si pierdo a alguien más, se me escapará el alma por los poros de la piel. En menos de un segundo, me pongo en pie y corro hacia los barrotes para suplicar de todas las maneras posibles. A través de ellos no me hará tanto mal, pero Basima correrá una peor suerte. —Sé que así será, bonita. Sin embargo, primero se me antoja un aperitivo. Después de esta noche, jamás me dirás que no. Aprenderás a obedecerme sí o sí. Silba una tonadilla de moda a medida que se aleja. A duras penas logro respirar. Mis gritos me ahogan.
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