Lo que trajo el Nilo

2002 Palabras
No le persigo aunque atisbo los resquicios de su sombra desapareciendo tras un sicomoro. Mi orgullo me impide protestar o suplicar, pero debo aprender a reprimirlo si pretendo sobrevivir. —Aún tenemos un objetivo que cumplir —me recuerda Basima—, te ciega la ira. Eso nos hará mal. Elevo la mandíbula, aprieto los dientes detrás del velo y camino tras ella mientras mascullo a quien viva en el cielo una oración desestructurada. Aunque he aplacado la sed, los dragones que habitan en mi estómago pugnan por desencadenarse y tomar el control de mi voluntad. Eso se llama Hambre y tiene Hipoglucemia y Desfallecimiento por apellidos. Si no me echo algo rápido a la boca, me convertiré en la «novia cadáver». En un intento por controlarme, encamino mis reflexiones bien lejos de mis problemas. Pienso en aquellos lejanos momentos en que Ghaaliya cuidaba de mí. ¡Parecen tan distantes de mi presente! Apoyo los dedos en las paredes de piedra para impulsarme a seguir adelante. Y así, como una sombra, deambulo por las calles sin rumbo alguno. Ya no sé si existo o soy simplemente una versión de mí misma hecha con material reciclado. He perdido la esperanza de encontrar al famoso predicador; pero no me detengo porque hacerlo será reconocer que todo ha terminado y necesito una razón que me impulse a vivir. El tiempo deja de tener sentido. Los segundos se convierten en minutos, estos en horas. Solo continúo hacia adelante sin mirar a los lados hasta que Basima lanza un «Amén». Estoy convencida de que el sol del desierto le ha frito el juicio. —Amén —repite con efusividad y señala con el dedo a tres hombres vestidos a la usanza occidental. Sonríe como una pequeñuela desdentada y me pregunta: —¿Ya ves que Dios sí existe? Nunca lo he dudado, pero él y yo no hablamos el mismo idioma. —¿Está allí la persona que buscamos? —Recobro la voz aunque suelto la cuota asignada de palabras a cuentagotas. Ardo en deseos de conocer al enamorado enigmático. Sin embargo, Basima niega con un gesto. Ninguno de ellos tres se asemeja al gallardo caballero que ella pinta en sus bocetos. Dos son hombres mayores, cercanos a los sesenta años; el otro es un jovenzuelo imberbe de grácil semblante. Basima no me responde. ¡Cómo odio que me deje con la lengua afuera de la boca y repleta de moscas! Se dirige hacia los hombres de Dios y les acribilla a preguntas de carácter teológico. No niego que su accionar me saca los bostezos. Luego de haber pasado tan mala noche, la espalda me pide una almohada rellena de plumas. No sé si burlarme o seguirle el ritmo. Me rozo con la lengua los labios cuarteados e intento prestar algo de atención a la plática. A pesar de que me resulta difícil creer en un infierno peor que mi propia vida, nunca he pecado de irrespetuosa. Basima les persigue por las callejuelas, se les pega como la sombra al cuerpo. Me hace apresurarme hasta que mis pies se niegan a dar un paso, y aun así, me toma de la mano y arrastra lo poco que queda de mí hacia un sitio apartado, casi en las afueras de la ciudad. De vez en vez, el predicador más joven me mira y se sonríe. ¿Pensará que es el objeto de nuestras pesquisas? A medida que nos aproximamos, él enlentece los pasos. Sus cabellos ensortijados caen en desorden sobre su rostro. A través de esa cortina, logro apreciar una pizca de picardía en sus ojos azules. El fuego de su mirada traspasa el hijab y se mueve entre mis secretos. Mis mejillas mudan de color, y otra vez agradezco usar los trapos encubridores que ocultan mi timidez. Estoy avergonzada antes de abrir la boca. Mis mayores me han enseñado a encerrarme en mi concha como un caracol. Me cuesta romper las barreras y salir de allí. Aunque he escapado de mi habitación, llevo las cadenas conmigo a cada sitio que voy. —¿Les podría ayudar en algo, señoritas? Su dulce voz difiere de cuanto he escuchado hasta entonces. Sin dejar de ser varonil, acaricia los oídos. Presiento que estoy a salvo a pesar de las pocas palabras que han mediado entre ambos. —Buscamos a un predicador llamado Bryan Smith. —Es Basima quien se adelanta y entabla conversación. —¿Mi primo? —La duda y el asombro sazona su pregunta.— Ha salido de la ciudad. Regresará en unos días. —Necesitamos ayuda para escapar lejos de este lugar. —Suelto como una exhalación. A falta de un camino recto, dirijo mis pasos hacia una senda curva. Lo importante es encontrar una ruta alternativa que nos aparte de la ira de nuestros perseguidores. La suerte está echada. El destino se encargará de cobrarnos las presuntas faltas. El muchacho se mueve con lentitud, en silencio. Quizás mide el alcance de nuestra determinación, evalúa hasta qué punto somos capaces de vestirnos de valor y apedrear las raíces de sujeción con que hemos nacido. Es incómodo permanecer estática ante tal escrutinio, sin la posibilidad de defenderme, pero prefiero mantenerme así y dejar que saque él sus propias conclusiones. —¿Qué tipo de relación mantiene con mi primo? Sus ojos flashean mientras él habla. Nunca he hallado a alguien que exprese tantas emociones en un solo vistazo. Quiero guardarme esos iris en mi mesita de noche y usarlos cuando se me antoje. De inmediato, recuerdo el asaltante de mirada gris y un escalofrío recorre mi cuerpo. Empujo a Basima con suavidad para que destrabe su lengua. Al parecer, se le ha acabado la energía que rige sus movimientos. —Cuando le conocí en el poblado, él me ofreció una salida a mis males —dice— En ese entonces, no estaba segura de querer escapar, pero muchas cosas han cambiado en casa. Necesitamos ayuda. Se ha expresado con sencillez, sin palabras rebuscadas. No ha apelado a su buen corazón con súplicas ni lloriqueos. Luego, cierra de golpe su boca. Su labio inferior tiembla casi imperceptiblemente. Me he dado cuenta porque estoy adaptada a que el mío arme un terremoto. —Mejor hablamos dentro de la casa. —El joven apunta con uno de sus dedos en dirección al inmueble.— Mientras menos personas recuerden habernos visto juntos, será mucho mejor. Las preguntas me torturan la punta de la lengua, pero no hay tiempo para pronunciarlas. Camino tras el muchacho sin soltar la mano de Basima. Lo hago con el propósito de infundirle seguridad aunque temo por ambas. Desde el portal aprecio que la vivienda no es espaciosa como la mansión de la familia Salem; pero al igual que ella, tiene guardias armados alrededor y rejas en las ventanas. Respiro una bocanada de miedo fresco cuando se abre la puerta. Quizás solo esté cambiando la comodidad de mi infierno personal por otro con peores condiciones. Una docena de mujeres nos mira de reojo. Algo se escapa de esos ojos grises que gritan a viva voz. Quiero correr al desierto aunque los pies se me destrocen, pero ya he perdido la oportunidad. Luego de que la puerta se ha cerrado, ya no hay solución. Continúo sonriendo mientras mis neuronas de reserva danzan en un frenesí desordenado. Es una manera de ganar algo de tiempo hasta que sea capaz de pensar. —¡Ey, tú —grita uno de los hombres mayores a una de las chicas—, recíbeme como me merezco! Ella se acerca con prisas. Intenta sonreír; pero, a su pesar, solo esboza una mueca. Sin atreverse a mirarle a la cara, se tira de rodillas y le descalza las botas. El olor nauseabundo de sus pies revuelve mi estómago, lo cruza en dos y pone en pugna a mis feroces dragones retorcidos. Con los párpados entrecerrados, aprieto la mano de Basima hasta hacerle daño. Sé que también ella se ha dado cuenta de que hemos entrado por voluntad propia a la madriguera de un lobo tan cruel o peor que mi padre. —Veamos que ha traído el Nilo, Seth. —El otro hombre suelta estruendosas carcajadas. Ambos se voltean hacia mí, pero el chico más joven se les adelanta. Tras dar tres pasos, se sitúa tan cerca que siento su respiración en mi cuello. El tufo a vino barato se me impregna en la piel. Cuento los segundos hasta que él se abalance sobre mí y aunque tiemblo, me mantengo tranquila. Ignoro de donde saco la fuerza de voluntad necesaria para permanecer en pie. Mientras boqueo como un pez fuera del agua, los dedos de Basima se escapan de entre los míos. —¡Suéltenme, por favor! —Escucho sus sollozos y sus súplicas. El peso de una enorme puño se descarga sobre el rostro de mi amiga. No puedo acallar un grito de terror al verle caer al suelo, sin sentido. —¡Llévensela y domestíquenla para la venta! —ordena Seth. Rápidamente, dos mujeres se acercan a Basima. Una de ellas le toma de las manos y, la otra, por los pies. Pronto, se la llevan a un sitio lejos del alcance de mi vista. A través de un abismo de niebla, comprendo que es preferible callar y mostrar sumisión si quiero que ambas sobrevivamos. Aunque sé que seré la próxima víctima e intento parecer fuerte. —Quiero a esta para mí —insiste el jovenzuelo rubio—. Sé que vale mucho dinero, pero nunca me he antojado de una esclava. Nao, padre, considérenla el pago por mis servicios. Su mirada expresa la actitud medio lujuriosa y medio despectiva que quien anhela tomar algo que considera inferior. Brillan sus ojos cuando me destapa el hijab de un manotazo y se topan con el tono marfileño de mi piel. El asombro frena sus ímpetus… al menos por un instante. Tiemblo perceptiblemente. Aunque intento concentrar mis pensamientos en un sitio alejado de mi incipiente desnudez, no lo consigo. Nunca antes he estado tan expuesta enfrente de extraños. Estoy adaptada a que dispongan de mí igual que de un objeto, pero no a que me manipulen como tal. —Esta es diferente —Nao me echa una ojeada demasiado profunda.— No parece árabe. —Te has antojado de un diamante en bruto, hijo. Toma a la otra para ti. Aunque también debe ser virgen, vale mucho menos. Reservaré a esta chica para un prestigioso cliente. —Carraspeó entre risas e interjecciones. Al parecer, construía en su mente mi nuevo destino.— ¡Que nadie se atreva a poner un dedo sobre ella! Hemos encontrado a la gallina de los huevos de oro y eso es lo que recibiremos de ella. ¡Oro puro! Sus palabras se acompañaron de risas groseras y miradas indiscretas al interior de mi túnica rasgada. ¿Cómo he llegado a este sitio? El futuro que me había imputado mi padre apestaba, pero no más que el que me he ganado por cabezota. Esos hombres no parecen estar en sus cabales. Siquiera actúan como seres humanos, sino igual a los depredadores violentos. —¡Llévense a la esclava entonces! —gruñe el joven. Paladeo la palabra con asco. Desde que cruzamos el umbral de la casa he imaginado qué rumbo tomaría mi historia, pero escucharla en alta voz hace que el corazón me galope en el pecho a un ritmo desordenado. Aunque las mujeres se me acercan con rapidez, no me maltratan como a Basima. Temen despertar la ira de Seth, quien por lo poco que he comprendido, es el líder. —Será mejor si nos acompaña —Una de ella entrecorta las palabras. Sin dudarlo un segundo, camino detrás de ellas por unas escaleras que llevan a un sitio incierto. Los pies me arden, están hartos de andar; pero con tal de alejarme de esos hombres soy capaz de bajar a las entrañas de la tierra. Sin embargo, estoy consciente de que mi descanso es temporal. Esta tortura recién comienza.
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