Al fin, al llegar a la fuente, me libero de mis trazas de humanidad y actúo como un animal. ¡Agua! Necesito ese líquido trasparente que se burla de mí. Debo atraparlo entre mis labios y empujármelo dentro del gaznate mientras aún las fuerzas me acompañen.
Le propino un pellizco a Basima para instarla a que me imite. Cuanto antes dejemos de hacer el ridículo, menos personas nos señalarán con el dedo. Sin embargo, ella no me responde. Se mantiene extasiada, con la mirada fija en un punto lejano. Me preocupa que un bicho del desierto se le haya introducido en el oído y carcomido el cerebro. Ya sé que esas cosas no son frecuentes, pero luego de mi estrecho contacto con la naturaleza tengo puesto el canal de documentales a todo volumen en mi cabeza sin seso.
Sigo la mirada de Basima hasta toparme con esos ojos grises que bien conozco. Su dueño luce la misma sonrisa desmañada que la tarde anterior, pero hoy parece un ser humano. Al menos, no viste como un pirata desalmado. Lleva un thawb de color blanco que le llega a los tobillos y se desenvuelve bien dentro de él… tal vez demasiado.
Le disgusta habernos encontrado. Lo sé por su expresión facial (ha hablado mi faceta fanática a los libros de Agatha Christie). Tengo madera de detective y un cierto nivel de estudios empíricos. Con algo debía matar el tiempo mientras me dedicaba a hacer nada útil en casa. Así que soy capaz de describir y comparar a un idiota bien vestido y a un mal vestido... de igual modo, idiota.
Mis padres han filtrado cuánto veo en la televisión para moldear mi carácter según su voluntad, pero se han olvidado de los libros. Les consideran tan pequeños e insignificantes, que han cometido el error de minimizar el alcance de sus páginas.
El asaltante no huye de nosotras. Se mantiene a una distancia prudencial y espera mi reacción, tal como lo hizo en mi habitación.
Aunque siento temor, pienso en Ghaaliya y me le acerco. Tal vez sea esa la única manera de encontrarle con vida.
—Te juro que si le has hecho daño a mi amiga, te sacaré los ojos con las uñas. —Le agredo sin cortesía.
No es el mejor modo de recuperar a un rehén, pero nunca me ganaré un sobresaliente en materias de comunicación y propaganda. En cuestiones de hablar soy pésima.
Aunque destellos de ira matizan mis ansias, estamos en un lugar público. Este no es el mejor sitio para dar rienda suelta a mis emociones. Varias personas se cruzan con nosotros y siguen su camino. Dejémoslo así. Si armo un zafarrancho, seré la primera víctima de un combate desigual. Por eso, me muerdo la punta de la lengua y la guardo dentro de mi bocaza para situaciones más ventajosas.
—No entiendo lo que dices. ¿Te golpeaste la cabeza al saltar de lo alto del muro? —me pregunta el joven.
Aunque murmura y arrastra las palabras fuera de los labios como si le molestase contestarme, no deja de hacerlo con sorna. Los ojos le brillan. Es un jugador por naturaleza y yo le he dado en la vena del gusto. Moriría por hacerme trizas y salir victorioso.
—La señora que se quedó del otro lado del muro es muy importante para mí… para nosotras, más bien como una madre. —Me rectifico con el propósito de incluir a Basima, que no se pierde pie ni pisada de la conversación—. No me considero una persona violenta, pero te juro que si algo malo le sucediese, no me olvidaré nunca de ti. Te buscaré sobre cielo y tierra y no cejaré hasta colgar tu cabeza en un madero. Te prometo que si...
Dejo la frase en suspenso. A pesar de que he abierto la boca para soltar hasta la última letra del alfabeto, mi cerebro se queda sin energía. Antes de que recomience mi jerigonza y agote los improperios del diccionario callejero, él se gira a una velocidad que daría envidia a Superman y devora la distancia que nos separa.
Aunque los pregoneros vociferan a viva voz mientras caminan rumbo al mercado, juraría que todo alrededor nuestro se ha quedado en silencio. Mi pecho sube y baja con un vaivén desordenado. Me duele respirar, juro que la cercanía del asaltante me ahoga. El palpitar de mi corazón sacude el velo que esconde mi rostro. Caerá de un segundo a otro. Volará a su sus pies y, entonces, solo me cubrirá la vergüenza.
—Con tus vulgares amenazas solo has logrado asemejarte a tu padre, ese hijo de la gran p*** que solo ha venido al mundo a hacerle daño a sus semejantes. Maldita sea la hora en que sus ojos vieron la luz. Él no parece haber nacido de una madre y sí de un animal inmundo.
—Deja en paz a mi padre y a todos sus ancestros y centrémonos en Ghaaliya. Dime, dónde le has escondido. Te juro que si no me la devuelves sana y salva...
—Ya te he escuchado. Has dicho que me arrancarás los trozos. No seas reiterativa. Me aburres. —Plasma en sus labios una mueca siniestra.
Escudriño los pedazos de su rostro e intento componer el mapa de sus facciones. Hay varias emociones que nunca he visto y, por tanto, no sé cómo descifrar. Las clases recibidas por el canal de documentales no han sido suficientes.
—Y tú a mí. Créeme, no estoy apta para bromas.
La dentellada que tiro al vacío no se impacta en sus carnes. Él se me queda mirando, impasible, como si yo hubiese hablado con una pared.
La adrenalina se me agolpa en el rostro. Deseo arañarle, clavarle las uñas hasta hacerle sangrar y suplicar, patearle en el sitio donde más le duela y borrar de una vez y por todas esa sonrisa nefasta de su agraciado rostro. Sé que me es imposible dar un espectáculo de los grandes. Por su bien y por el nuestro, debemos pasar desapercibidos y no atraer sobre nosotros cientos de miradas malintencionadas.
En lugar de sentirse intimidado con mis amenazas, él lanza una sonora carcajada que atrae la atención de varios transeúntes. Pero su efusividad dura poco. Al cabo de un par de segundos vuelve a ser el idiota sarcástico que tanto odio.
—Lamento decirle, señorita, que mis hombres no llegaron a cruzar el jardín —Se acerca para tenerme en frente y sondear mi mirada—. Justo cuando usted trancó la puerta con tan malos modales, los guardias de la familia Salem recrudecieron sus defensas. Decidí dar por concluida la misión y retirarnos. De todas maneras, el mal estaba hecho. Usted misma se encargó de meter la cabeza en la jaula del león. A estas horas, Arabia le da por secuestrada. Dada la profecía ligada a su nombre, los cazadores de fortunas le buscan hasta debajo de las piedras. Dudo que, después de esta historia, su prometido le reciba con gusto. Nadie acepta como esposa a una mujer usada.
No hay ironía en su voz. Al menos, por una vez, siento que ha sido sincero. De igual modo, la rabia se apodera de mi cordura. ¿Cómo se atreve a insultarme de esa manera? Haberme visto sin el niqab no le da derecho a tratarme igual que a una cualquiera.
¿Y nadie me aceptaste como esposa? Tanto mejor. Lo menos que quiero es que me acoplen a un galán imberbe de poca monta o a un troglodita hambriento de desflorar a jóvenes inocentes, al que le encantará quebrarme los huesos
Mis ojos llamean. Ya que es lo único que se escapa de las telas, se han acostumbrado a expresarse sin palabras.
—Fueron los hombres de su padre quienes se apoderaron de la anciana que le acompañaba. Ignoro qué sucedió con ella. Nada bueno, supongo. De Abdul Salem, mal llamado señor, no se puede esperar algo esperanzador. Me temo que a estas horas ya esté muerta. Si hubiese sido una joven agraciada, como su otra sierva, tendría una posibilidad en un millón de continuar respirando y con la cabeza encina de los hombros. Pero en este caso, no es así. Una vieja esclava, según los líderes de su clan, para nada sirve más que para morir sin dignidad.—Prosigue Ahmed Hassim sin permitirme unir los pensamientos en una frase coherente. —Es cuanto puedo decirle, y ya sigo mi camino. Tanto usted como yo nos jugamos mucho en este instante. Sepa que le deseo la mejor de las suertes. Aunque odie a todo cuanto su familia significa, le considero una víctima más en esta historia; y siento pena.
Ha dado por terminada la conversación aunque me quedo llena de dudas, mucho peor que al principio. Se aleja con lentitud, como si disfrutase cada movimiento o buscase prolongar mi agonía. Emplea la muerte a cuentagotas, una nueva clase de tortura que recién he tenido el disgusto de conocer.
¿Será él el poderoso enemigo al que se refería mi madre en el mensaje? A juzgar por sus prendas de platino y diamante, no es un imbécil que no tiene dónde caerse muerto, sino un IMBÉCIL RICO, con letras mayúsculas como su dignidad merece.
Pero... No puede ser cierto lo que afirma con relación a Ghaaliya. Ni el más inhumano de los hombres sería capaz de hacerle mal a una persona cuyo único delito ha sido querer demasiado a alguien que no ha sido de su misma sangre. Si ha incurrido en fallos ha sido por amor a Basima y... a mí. Eso no debiese ser llamado delito ni acarrear un castigo. Al contrario, merece vítores y premios.
A mi pesar, las lágrimas se me escapan de los ojos y mojan el hijab. Penetran por dentro de las telas hasta llegar a mi adolorido corazón.
—¿De qué manera te llamas? —Anhelo poner un nombre a su rostro para tener a quien maldecir por mis desgracias.
Juraría que le pesan las palabras en la garganta cuando me responde:
—Use el mote que quiera, señorita pequeñaja chillona.
—¿Qué me ha dicho?
Permanezco aturdida por una rara sacudida. ¿De qué sitio ha sacado esa expresión? Muy pocas personas, solo las más allegadas, conocen que ese es el mote odioso con que me cataloga mi padre. Otra vez se me escapa una protesta explosiva, pero él no se da por enterado. Cada palabra que sale de su boca ha sido condimentada con apatía; y su mirada, con desinterés.
—De igual modo, no creo que nos volvamos a ver. Al menos, no en esta vida —asevera sin voltearse a observar mi pesadumbre.
No me había parecido tan peligroso mientras estaba envuelto en humo y pólvora. Sin embargo, sus palabras me ponen a temblar. Al instante, desvío la mirada, como debe hacer toda mujer árabe en presencia de un hombre extraño. ¿Para qué me calzo las espuelas y salgo a pelear a la valla si cuando el gallo abre el pico me desmorono? Reconozco que de valiente me faltan pelos.
Se ha ido. No me ha dado tiempo a reaccionar y exigirle una indemnización por daños y perjuicios. Ese idiota no ha aprendido que es de mala educación dejar con la palabra en la boca a una dama. Su fino traje no esconde su alma de patán.