Espejismo de cristal

1078 Palabras
Caminando sin cesar ha transcurrido un par de horas. No comparto mis sospechas con Basima, pero estoy casi segura de que hemos pasado por el mismo sitio cerca de tres veces. Los hombres se asemejan unos a otros; en cambio, las edificaciones son diferentes. Había soñado durante mucho tiempo con salir de mi encierro y conocer la ciudad, pero ahora extraño la comodidad de mi mullido colchón y los manjares de la cena. La sed y el hambre atosigan mi estómago. El viento seco del desierto ha agrietado mis labios. Necesito agua, y hay allí, en la fuente; pero no puedo tomarla. Se vería sospechoso que dos mujeres se inclinasen a beber como lo hacen los perros callejeros. Todo lo nuevo que siempre he imaginado me suena a falacia, a espejismo de cristal. Alucino dentro de la vida real. Los últimos días han trascurrido tan aprisa que ya no sé si estoy en el interior de una pesadilla o si esta se ha salido de mis sueños. Comienzo a creer que soy la invención de un artista, el personaje de un libro escrito en letras mayúsculas y sin muchas ganas. El novelista me odia y yo a él. El estrés me está pasando la cuenta. Mientras camino alrededor de la ciudadela, mis reflejos se me van embotando en lugar de aguzarse. El ardor en las plantas de los pies me recuerda que aún soy humana aunque me sienta como una basura andante. Tengo las manos ampolladas, enrojecidas y con prurito a causa de las resinas de la hiedra. Mis músculos se quejan de las agujetas tras realizar cada movimiento. Vivo dentro de las Crónicas de una Muerte Anunciada y soy la protagonista de la historia. Basima es una soñadora empedernida; y yo, el pesimismo hecho persona. Pero, incluso ella, comienza a flaquear y a perder la fe. La arena se ha metido dentro de los zapatos y entorpece mis pasos. No hay rastro del predicador que buscamos ni de algún otro a quien preguntar o pedir ayuda. ¿Adónde ir? ¿Continuamos moviéndonos hasta que el cansancio nos venza u ocurra un milagro? Ya quisiera encontrar una sabia respuesta para mis preguntas. De vez en vez, miro a mi acompañante con el rabillo del ojo y espero que salga de ella algún tipo de sugerencia sabionda. En cambio, mantiene la cabeza hundida entre los hombros y avanza sin resoplar. No entiendo si lo hace para infundirme ánimos o si en verdad siente lo que profesa. Al fin, al cabo de unos ocho kilómetros andando en círculos, se atreve a detenerse. —Tal vez sea mejor salir del pueblo y hallar un sitio donde pasar la noche —sugiere. Ella debe estar tan exhausta como yo, con la diferencia de que le llevo de ventaja unas horas de ayuno involuntario. —Necesitamos comer algo y ya no me queda algún objeto valioso que ofrecer a cambio —le explico con parquedad. Ella asiente. Sabe que el plan que hemos seguido muere por su propio peso, pero ya estamos llevándolo a cabo y no hay modo de volver atrás. Comenzamos a apartarnos del centro de la ciudad en dirección al suroeste, lo más lejos posible de nuestra casa. Cuando terminan las edificaciones, nos internamos en el desierto. Muy despacio, casi a rastras, llegamos a un sitio en el que se alzan unos mogotes con extrañas formas. —¿Quieres adivinar a quién se parece este? —me pregunta Basima. Señala un bulto que remeda a un gigante enojado. ¿Cómo es capaz de bromear en semejante momento? Estamos andando a ciegas por el borde del precipicio y aún no se da por enterada. ¿Qué cosa tiene esa chiquilla en el cerebro? —Solo deseo descansar —protesto con parsimonia. Me tiro a la larga sobre la arena. Procuro llenar mi panza con horas de sueño y satisfacer la sed con el descanso. Sin embargo, por más que cierro los ojos y me empeño en encontrar la paz, no lo logro. Ya que los dragones de mi estómago han ganado la contienda y se mantienen en vilo, decido hacer astroturismo. Siempre he deseado pasar la noche al aire libre en uno de los sitios de observación de estrellas más bellos del mundo, pero en otras condiciones. Cumplo mis sueños con bastantes desperfectos. En ocasiones, solo por unos segundos, anhelo que vengan a mí todos los depredadores que habitan en el desierto. Así terminaría de un tirón con este suplicio, pero Ghaaliya no merece que me rinda. Si ha dado su vida por la nuestra, lucharemos con uñas y dientes. —Le extraño —musita Basima. No necesita mencionar su nombre para hablar de ella. Ambas llevamos dentro el sentimiento descorazonador que nos lastima. Aferradas al recuerdo de Ghaaliya, tratamos de dormir. En un plano astral, ella nos arrulla y nos libra del frío. Odio el clima de este sitio. Durante el día nos calcinamos y en las noches nos congelamos. Alguien en el cielo nos debe estar jugando una broma pesada. Despierto antes del amanecer con una tonelada de arena dentro de los ojos, la boca y las orejas. Cientos de cardenales y ampollas matizan mi cuerpo. Al menos, he logrado descansar a intervalos, entre miedos y sombras. A tientas, me levanto y giro en círculos. Le busco entre las dunas sin emitir sonido a causa del más crudo temor que me envuelve; pero me regresa al alma al cuerpo al divisarle. Se ha desplazado cerca de tres metros del sitio en que nos acostamos. Suele suceder que cuando una persona duerme en lo alto de un montículo, la pendiente le arrastra hacia abajo. —Despierta, dormilona —murmuro casi dentro de su oído—. Busquemos a tu predicador. Tengo prisa por regresar a la ciudad. Me conformo con beber un poco de agua de la fuente a escondidas de mis convecinos antes de que sol salga y las calles se llenen de siluetas sin rostros. Luego, me sentiré un desecho humano. Ahora, siquiera alcanzo ese estatus. —¡Lista, jefa! —me asegura Basima.Se cuadra como un soldado, en son de burla. ¡Todavía le sobra la energía para andarse con juegos! Yo, a duras penas, me mantengo en pie. Desandamos el camino que nos lleva al pueblo con ayuda de las estrellas. Me es sencillo extrapolar la teoría a la práctica. De algo sirve ser una astrónoma frustrada que lee cuanto libro raro pasa por sus manos.
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