Nos internamos en las callejuelas sin poner rumbo fijo a nuestros pasos. Las pocas personas que se cruzan con nosotras nos miran de reojo. En su momento, utilizar el velo para cuidarnos las manos me pareció una idea acertada. Ahora la veo como un completo disparate que debe ser resuelto. Es preciso que pasemos desapercibidas si queremos llegar a algún sitio.
Una niña me apunta con el dedo. También a ella le desagrada nuestra inusual apariencia. A diferencia de los mayores, se expresa sin tapujos. Su madre, o quien quiera que sea la persona que le lleva del brazo, le tapa los ojos para que no sea testigo de la ignominia en forma de mujeres. El resto de los transeúntes nos tacha de mesalinas con las miradas y voltea la cara hacia otro sitio. Tal vez, hubiese sido preferible cubrirnos con la tela impregnada en resinas de la hiedra aunque las mejillas se nos llenasen de ronchas y eritemas.
Los primeros pasos los he dado con la frente gacha. Andar sin el hijab se asemeja a llevar el cuerpo desprovisto de ropas. Sin embargo, al cabo de unos minutos, me yergue una oleada de amor propio. Levanto la vista del suelo y desafío a los extraños con la mirada. Es una sensación arrolladora que me lleva al éxtasis y me hace tocar las nubes con la punta de los dedos. Me guio por mis instintos primitivos, los mismos que han sido encerrados en una enorme torre de cristal hasta hoy. Al fin, han paladeado el mosto de la libertad y actúan en consecuencia.
Pero no puedo perderme en un abismo de emociones irrefrenables. Es preciso centrarme en sobrevivir.
Varias mujeres vestidas con abayas oscuros se mueven hacia el corazón de la ciudad. Son siluetas sin rostros que se diferencian entre sí por la calidad de los ropajes. Si algo he aprendido de esta historia es que siempre debo cargar un hijab de repuesto en el bolsillo para utilizarlo en caso de contingencias. Ser invisibles es lo que precisamos con carácter urgente.
Me acerco a una vendedora ambulante que acompaña a su esposo. Ambos llevan la miseria reflejada en las carnes. Sus ropas ajadas y los zapatos polvorientos piden un recambio urgente. Se nota a simple vista que pasan necesidad y hasta hambre. Quisiera dilucidar si debo dirigirme a ellos con petulancia, usando la piel de mis padres como disfraz; o si he de mostrar humildad, de la manera que me ha enseñado Ghaaliya.
La anciana retrocede hacia la pared con paso resuelto. Ha visto en nosotras lo que todos ven, un gran cartel de peligro.
—No queremos problemas. —El hombre extiende su mano en señal de pare.
Recibo su rechazo como saludo, pero nadie se poncha con el primer strike. Decidida, echo mano al segundo lanzamiento.
—Dos velos es cuanto necesitamos. Tengo cómo pagarles.
Las inflexiones de mi voz me traicionan, muestran a mis interlocutores que es el miedo lo que rige mis decisiones. ¿De qué manera hago para que no se me ponga la carne de gallina y mis músculos tiemblen como si perteneciesen a un pajarillo recién salido del cascarón?
Llevo la mano derecha al cuello y deslizo uno de los dedos índices por mi cadena. El oro refulge tanto como mi nívea piel. Noto en los ojos de los vendedores el deseo irrefrenable de caer en la tentación. Aunque no ando sobrada de tiempo, jugueteo con los eslabones. Todos sabemos que estamos hablando de una prenda fina, algo que les haría ganar un buen dinero en el mercado n***o.
El esposo da un paso hacia atrás. Esa joya puede ser la salvación económica de su hogar… y también la perdición de sus almas.
—Estoy dispuesta a mantenerme en silencio si me atrapan. No les conozco, jamás les conocí y no volverán a saber de mí. Pagaré un alto precio por dos pedazos de tela sin valor alguno. —Insisto con vehemencia.
Tal vez sea demasiada, pero la urgencia me obliga.
Ambos intercambian varios gestos. Se han acostumbrado a comunicarse sin palabras. En un instante, me quedo fuera de juego y nado contra corriente.
—Dios les ha dado un regalo. No lo desaprovechen. —Les insta Basima. Me desagrada que ella mezcle el nombre de Dios con una estafa, pero ya he aprendido que situaciones desesperadas exigen medidas desesperadas.— Jamás tendrán un mejor negocio puesto en la mesa. Dicen que a la oportunidad le pintan calva.
Ha dejado de llorar aunque aún no es ella misma. Tampoco yo me parezco a mí. Soy solo una sombra de lo que acostumbraba a ser hasta hace pocos días.
El matrimonio vuelve a interactuar con un idioma mudo. Al parecer, tienen opiniones divergentes y no se ponen de acuerdo. Cuando se cansan de perder el tiempo, comienzan a conversar en un idioma que no entiendo.
La señora se vuelve de espaldas y lanza un gruñido. Eso sí lo comprendí. También el hombre refunfuña, pero baja la cabeza. Han tomado una decisión en equipo. Si es acertada o no, lo sabrán en un futuro cercano.
La mujer rebusca en su bolso y saca dos velos de color oscuro. La calidad de la tela no compagina con mis vestidos, pero lo importante es que Basima y yo dejamos de ser fugitivas. Nos hemos tornado siluetas sin rostros.
Aminoramos el paso e intentamos mezclarnos con la multitud de personas que van y vienen del mercado. Actuamos con naturalidad. El miedo es un arma de doble filo. Si nos vestimos de él, saldrá a través de la piel y se nos tatuará en la frente.
—Busquemos al predicador —sugiere Basima—, él nos ayudará. Luego, rescataremos a nuestra amiga. —Se aferra a la esperanza como a un clavo caliente aunque le ardan las manos.
No le comento mis más hondos temores. Solo anhelo que, en un último segundo de lucidez, Ghaaliya haya utilizado el cuchillo para cortarse el cuello. Así tendría una muerte rápida y sin dolor. De lo contrario… Un escalofrío me recorre el espinazo. ¿Qué le estaría sucediendo?
¡Ahuyéntate, idea perversa! Es imprescindible que mi mente se llene de pensamientos positivos para expulsar los miedos.
Lanzo un suspiro suave, apenas perceptible. Quizás sea mejor hablar con Basima acerca de su enamorado secreto. Mientras menos mentemos la ausencia de Ghaaliya, más firmes nos mantendremos.
—¿Tienes idea de donde se encuentra tu presbítero? Insinúas que busquemos una aguja en un pajar.—Enfatizo el pronombre posesivo con un tono burlón.
Basima carraspea y da vueltas en círculos. Los nervios se le salen por encima del abaya. No hay que ser un experto en la materia para dilucidar que está enamorada. Sus ojos sonríen siempre que aludo a ese chico. Cualquier coincidencia… no es coincidencia.
—Le he visto cerca de la fuente de la plaza. Por lo que escuchado, vive en las afueras de la ciudad. —Carraspea como si fuese una mujer mayor.
Tal cual lo imaginaba, es una aguja en un pajar. Pronto, los transeúntes regresarían a sus casas, la ciudad dormiría y nosotras estaríamos solas y desprotegidas, a merced de los traficantes de esclavas, los asaltantes, los cazarecompensas y los guardias de mi padre. En cualquiera de los cuatro casos, volveríamos al punto de partida.
No creo en las casualidades ni en la providencia. Solo en lo que estas dos manos translúcidas y delgadas son capaces de hacer. El cuento de la Lumbrera de Ruhit es otro gran timo que solo me ha traído problemas en lugar de darme beneficios.