La madera de la puerta es bastante resistente, al igual que los goznes. Deberíamos ganar algo de tiempo antes de que el desconocido la abra.
Echo a correr escaleras abajo. La falda de la abaya me estorba, se enreda con los peldaños de mármol. Dejo trozos de mis uñas en la verja y un pedazo de la piel del codo en la fuente del jardín. Aunque me esfuerzo, no avanzo tan rápido como Basima. Ella tiene más práctica que yo en el arte de la carrera con obstáculos, pues suele pasar los días yendo a toda prisa de un lado a otro.
Vocifero cuando las espinas de un rosal se me clavan en la piel. Mi amiga me echa la bronca con la mirada. Ambas estamos conscientes de que ser la niñata hija de mami y papi no funciona. Tengo que recorrer exactamente veinte metros hasta llegar al muro. Mientras, debo crecer a paso acelerado. Ya no es tiempo de andar con remilgos.
El pecho se me aprieta. Freno en seco y me inclino hacia delante en un intento por tomar aire, o quizás para camuflarme con las yerbas que se empeñan en crecer a pesar de los esfuerzos del viejo jardinero. Todavía no estoy segura. Lo que sí sé es que necesito oxígeno puro, no esta mezcla de polvo con lava que me entra por los pulmones y me quema la nariz.
—¿Estás bien? —Con una rápida ojeada, Basima pasa lista a mi integridad física. Luego, sin esperar la respuesta que se pierde en el jadeo entrecortado de mi respiración, prosigue:— Debes poner de tu parte. La puerta cederá tarde o temprano. Ghaaliya nos espera junto al muro. Ahora que los guardias han muerto o se enfrentan a los atacantes, escalaremos hacia la libertad.
¿A esta qué insecto le ha picado? ¿Acaso piensa que soy la mujer araña?
—Escúchame bien, Basima, porque al parecer te pierdes en un punto importante. Aunque no haya empleados, el muro mide cerca de metro y medio. La última vez que chequeé no poseíamos superpoderes.
Intento utilizar una broma para apaciguar las malas noticias. Le agradezco su esfuerzo. De no haber regresado a ayudarme, en estos momentos tal vez estaría en la cama de un bárbaro con ropas o… sin ellas.
Atrás quedan los sonidos de los disparos y el bullicio de los hombres. Aunque no sé qué decir ni hacer, me subordino a mi sierva. Suena curioso, pero ella me ha demostrado que en este instante es mucho más fuerte que yo.
No movemos agazapadas entre las ramas de los arbustos. Intento desplazarme sin detenerme. Ver a mis perseguidores me pondría el espíritu en un temblor. ¡Cuán largo es el trayecto hasta el muro! ¡Lo he recorrido tantas veces sin siquiera imaginar que en ello me jugaría la vida! Las balas resuenan cada vez más cerca. ¿En qué sitio andan mis padres cuando les necesito? ¿Habrán muerto?
Por fin llegamos al lugar en que nos espera Ghaaliya. La ansiedad le hace moverse de un sitio a otro con grandes zancadas a pesar de que debiese reservar fuerzas para la huida.
El muro se nos viene encima. Se burla de nosotras con sonoras carcajadas. Es tan alto y liso que subirle sería una proeza para un ser humano común.
—¡Esto es una locura! —vocifera Ghaaliya, algo histérica—. Quizás, si nos rendimos, ellos les dejen vivir como esclavas.
Reconozco que ese joven desmañado ha sido bendecido por los dioses, pero no deseo ser el juguete de un hombre. La vida no tendría sentido si solo cambio de dueño.
—Prefiero el trabajo físico antes de estar muerta —le dice Basima con sencillas palabras—. Pertenecer a Abdul Salem o a Pepe, el cojo, me da exactamente lo mismo, pero debemos luchar hasta el final. No cambiemos lo incierto por lo dudoso.
Concuerdo con ella. Mi destino puede ser oscuro con pespuntes grises o gris con pespuntes oscuros. De igual modo, terminaré en la cama de un desconocido. No he debido burlarme del asaltante. Cuando caiga en sus garras —y eso será cuestión de tiempo—, me lo hará pagar caro.
Me arrodillo sobre la húmeda hierba. Ya no puedo continuar. Este estrés es superior a mis fuerzas. Las lágrimas ruedan por mi rostro aunque quiero detenerlas. Sé que nada resuelven, pero de la lógica a las emociones hay una gran distancia. Hundo los dedos en la tierra para expresar en silencio un dolor desordenado que me escuece el alma.
—Solo un poco más, Amira. Todavía podemos lograrlo —Basima intenta sonreír para animarme.
La mano arrugada de Ghaaliya se prende de mi antebrazo. Asiento y, poco a poco, le devuelvo la sonrisa aunque dudo, en mi fuero interno, que logremos llegar lejos.
Sin embargo, esta guerra no es solo mía, también es de ellas. No me rendiré mientras haya una oportunidad de que las tres salgamos airosas.
Una segunda ojeada al muro me confirma que mi mirada no tiene poderes mágicos. Por más que le examine, no se le forman peldaños.
El rostro de Basima se ilumina mientras el mío palidece. Algo se cocina en esa cabeza de inteligencia privilegiada que yo no comprendo.
—Siempre hay un roto para un descosido —afirma.
Rueda los ojos alrededor de las cuencas. Eso significa que está a punto de arder Troya. Cuando ella abra su boca saldrá una idea ardiente, fuego puro, el aliento de una dragona en cierne.
Señala la hiedra que se empeña en escalar a lo más alto del muro. Sus hojas verde oscuro le dan un tono colorido al apático jardín. Siempre le he considerado una planta luchadora y resistente, porque aunque su especie no suele desarrollarse en clima cálido, ella ha nacido silvestre y soportado las altas temperaturas.
A pesar de que quiero abrazar la idea de Basira, mi espíritu negativo analiza los contras de la situación. Reconozco que mi mayor defecto radica en buscar las cuatro patas del gato. Suelo ser tarda para reflexionar y aún más lenta para actuar.
—Veneno —musito a sabiendas de que es más probable que el tallo no soporte nuestro peso corporal a sufrir las consecuencias directas del contacto con los químicos de la planta. Pero me lo pienso dos veces y le cambio el sentido a mis palabras.— Es difícil que su resina nos irrite la piel. Estos trapos que vestimos dejan muy pocos sitios descubiertos.
Recuérdenme agradecer en persona a quien inventó la moda árabe si algún día me lo topo.
No necesitamos hablar para ponernos de acuerdo. Solo con mirarnos, sabemos cuál será el próximo paso a tomar. Hemos perdido demasiado tiempo. La puerta no resistirá en pie por la eternidad.
Cubrimos las manos con los niqabs para protegerlas de las resinas de la hiedra. Basima sube primero. Es mucho más diestra que yo debido al entrenamiento físico que se deriva de la práctica de las labores domésticas. También pesa unas libras menos porque soy unos quince centímetros más alta. Mientras ella asciende, me muerdo los labios hasta hacerme sangre y cruzo los dedos.
Todo es una locura, lo sé; pero no se avizora un mejor camino. Para bajar, ¡qué Dios nos ayude! Siento el crujido del impacto de los pies de Basima en el suelo. Ha llegado al otro lado del muro aunque desconozco en qué condiciones.
—¿Te has hecho daño? —le pregunto con la voz entrecortada por los miedos.
Sin embargo, no atino a oír la respuesta. La madera ha cedido. Una tropa de cerca de seis hombres se dirige hacia nosotras. Otra vez, es mi nombre lo que agitan como estandarte. La jauría de lobos hambrientos buscar hundir sus afilados colmillos en mi carne fresca.
—Es tu turno. Amira —me dice Ghaaliya—. Apresúrate. Iré justo detrás de ti.
No hay tiempo para pensamientos o quejas. Aunque los perseguidores me pisan los talones, durante los últimos minutos he saboreado algo semejante a la libertad.
Comienzo a trepar sin mirar atrás. Me concentro en la misión y aúno mis fuerzas en pro de conseguirla. Las manos me arden, se resbalan dentro de las telas, pero me apresuro mientras las voces se acercan con rapidez. Casi puedo sentir el jadeo de la respiración de mis atacantes posado en mi nuca.
Llego arriba sin hacer tanto esfuerzo. A un lado me espera Basima con los brazos estirados. No parece haberse hecho daño. Me vuelvo para ayudar a Ghaaliya. Le creo cerca de mí, pero me he equivocado. Está acuclillada en la base del muro y con un cuchillo afilado corta los tallos de la planta. Ese siempre ha sido su plan. Jamás ha pensado en seguirnos. Solo nos ha dicho una sutil mentira para que no nos pesase la consciencia.
—¡Ghaaliya! —chillo con pesadumbre—. ¡No nos dejes!
Es mi corazón quien ha hablado. El raciocinio sabe que nos ha comprado algo de tiempo para viabilizar la huida.
—Dile a Basima que la amo. Ustedes dos son la luz de mi vida. Por favor, Amira, si en verdad eres la Lumbrera de Ruhit, nunca le dejes. Tómala de la mano hasta llevarla a un sitio seguro. Sé la hermana mayor que ella nunca ha tenido. Prométeme que lo harás. —Su voz cascada suena resuelta, sin un átomo de duda.
—Tiene mi palabra. No la abandonaré, pero tampoco a ti. Por favor, ven con nosotras — susurro entre lágrimas.
Por un instante, me pierdo en sus pupilas azafranadas y en su infinita sonrisa desdentada. Luego, me deslizo en las arrugas que exhibe su rostro. Cada una de ellas muestra su talante de guerrera indomable.
Estiro mis dedos al vacío. Ya no soy capaz de alcanzarle. Le he perdido para siempre.
—¡Salta, Amira! No permitas que mi sacrificio sea en vano —grita sin mirarme.
Sé que está llorando. No por la muerte a la que se enfrenta, sino por abandonarnos en un momento crucial. Si veo sus lágrimas caer, no creo que logre escapar y desairar mi destino.
Antes de que me marche, ella vuelve a su labor. Se ha propuesto no dejar un tallo en pie. Los hombres no nos seguirán a menos que den la vuelta por la entrada principal de la vivienda. Les llevamos una ventaja de cerca de trescientos metros.
—¡Salta! —Repite Ghaaliya—. Enamórate y sé feliz.
Eso espero, aunque no es tan sencillo. Hay muchos más muros que se interponen entre mis sueños y el presente.
Aprieto los puños hasta que las resinas que embeben el velo penetran en mis fluidos. Es difícil luchar contra este sufrimiento y seguir adelante como si nada sucediese. Abandonarle a su suerte duele mucho más que todos los castigos que he sufrido; es tener una herida en el pecho de la que no brota la sangre, pero que igual te hace desfallecer. Me corroe las entrañas como jamás hubiese imaginado. Todas las novelas que he leído se han quedado cortas en la descripción de escenas semejantes. Conjeturar no es lo mismo que sentir.
Me dejo caer en brazos de Basima. Contengo la respiración para contarle lo que ha sucedido, pero las palabras se me aglomeran en la garganta y no se abren camino hacia la luz.
Mi vida poco me importa. Sin embargo, ahora tengo una razón de peso para seguir adelante. Ghaaliya lo ha dado todo. Su amor verdadero me ha hecho despertar.
¿Qué rayos estoy haciendo? Divago entre las tinieblas que entenebrecen mi mente. La ausencia de mi nana me ha enterrado en arenas movedizas. Sin embargo, todavía conservo los diminutos dedos de Basima entre las míos. Por una vez, es mi turno de dar y no de recibir.
—¿Dónde está Ghaaliya? —me pregunta.
Sus manos se apoyan en mis hombros y me bambolean de un lado a otro.
—¡Ay! —chillo por la acumulación de tantos golpes físicos y espirituales recibidos.
Ahora soy yo quien jala a Basima. Ella se ha quedado recostada al muro y no atina a moverse. El sufrimiento le ha hecho echar raíces.
Le atraigo a mi pecho y me tomo apenas un par de segundos para abrazarle. Ahora necesitamos mantenernos unidas. Así somos menos débiles.
Pronto recuerdo que las lágrimas se han de quedar en pausa. Debemos desaparecer antes de que sea tarde. Como no llevamos el niqab, atraeremos la atención de los transeúntes. Por suerte, ha caído la noche. Entre las sombras será más fácil pasar desapercibidas.
Las campanas del poblado comienzan a repicar. Alguien ha dado la alarma. Dentro de poco, las calles y callejuelas se llenarán de paisanos que acudirán a apoyar a la familia Salem a cambio de una recompensa. Esos serán iguales de peligrosos que los asaltantes. Nadie que logre poner su mano en la Lumbrera de Ruhit la devolverá sin ganar un buen dinero o asegurar su descendencia.
Las lágrimas de Basima se cuelan a través de mis ropas, y las mías se juntan con las suyas en un río de emociones desenfrenadas. De pronto, la separo con un movimiento brusco y le digo una sola palabra:
—¡Vamos!
Me han enseñado a ordenar; y a ella, a obedecer. Así que no hay protestas. Correr es cuanto nos queda.