A Jaime se le paró el corazón y pego más aún su oído a la pared, evocando en su mente las imágenes de la figura de Carol, retorcida, saltando entre intensidades de placer y relax, el sonido de su fluido mojando su juguetitos. Carol se lo estaba tomando en serio, pensó Jaime, quien a duras penas consiguió controlar su excitación. Estaba a punto de alcanzar su clímax. Agarró algo de papel higiénico y, procurando limitar el ruido, se dejó llevar por el orgasmo. Al poco, escucho como su hermanastra se dirigía al baño y aprovecho, se levantó poco a poco y fue al salón, no quería dejar ninguna sospecha de que la hubiese escuchado. Cuando llegó a la escalera, miro atrás y miró hacia la puerta del baño pensando en ella. Y de repente, la puerta se abrió. Cruzándose las miradas de ambos por un

