acariciándole la parte baja de la espalda y la otra la mejilla. Fue un beso tierno y dulce, el tipo de beso que _______se imaginaba que un amante le daría a su amada después de una larga ausencia.
La estaba besando como si la conociera, como si le perteneciera. Era un beso apasionado, lleno de emoción, como si cada fibra de su ser se hubiera fundido y extendido sobre sus labios para poder transmitírselas a ella. Su corazón dio un brinco ante esa idea. Nunca se habría imaginado que un primer beso pudiera ser así. Cuando la presión de los labios de Tom disminuyó, sintió ganas de llorar. Era consciente de que nadie volvería a besarla así nunca más. Ningún hombre podría estar nunca a su altura. Nunca. Él suspiró hondo y la besó en la frente antes de apartarse.
—Abre los ojos.
Al hacerlo, ______se encontró con un par de ojos cafeces excepcionalmente claros y llenos de sentimiento, aunque no fue capaz de descifrar sus emociones. Tom sonrió y la besó en la frente una vez más antes de tumbarse y mirar las estrellas.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, cambiando de postura y acurrucándose a su lado, muy cerca de él pero sin llegar a tocarlo.
—Pensaba en lo mucho que te he esperado. Esperaba y esperaba y nunca llegabas —respondió él con una sonrisa melancólica.
—Lo siento, Tom.
—Pero ahora estás aquí. Apparuit iam beatitudo vestra.
—No sé qué significa —contestó tímidamente.
—Significa «ahora aparece tu bendición», aunque debería ser «mi bendición», porque soy yo el que recibe la bendición de tu presencia. —Tom la abrazó. Pasándole un brazo por detrás, la sujetó por la cintura, abriendo los dedos—. Durante lo que me quede de vida soñaré con tu voz susurrando mi nombre.
_______ sonrió en la oscuridad.
—¿Te has quedado dormida alguna vez entre los brazos de un chico, Beatriz?
Ella negó con la cabeza.
—Pues me alegro de ser el primero. —Cambió de postura para que le apoyara la cabeza en el pecho, cerca del corazón. Su delicado cuerpo encajaba a la perfección a su lado—. Como la costilla de Adán —murmuró Tom contra su pelo.
—¿Tienes que marcharte? —susurró ______, acariciándole el pecho con dedos vacilantes.
—Sí, pero no esta noche.
—¿Volverás? —Su voz era casi un gemido.
Él suspiró profundamente.
—Mañana seré expulsado del Paraíso, Beatriz. Nuestra única esperanza es que tú me encuentres. Búscame en el Infierno.
La volvió delicadamente, tumbándola en el suelo. Luego colocó una mano a cada lado de su cuerpo y se cernió sobre ella. Con los ojos muy abiertos, la miró con nostalgia, intensamente, como si pudiera ver dentro de su alma. Y entonces, la besó.
Rachel estaba sentada a la barra de la cocina de Tom, tomándose un café con leche y hojeando el Vogue, edición francesa. No era su lectura habitual. Su mesita de noche en Filadelfia estaba siempre llena de libros de política, relaciones públicas, economía y sociología, con la esperanza de que algún día sus superiores le pidieran su opinión en vez de pedirle que fotocopiara la opinión de alguna otra persona. Ahora que estaba de baja, tenía tiempo de leer otras cosas aparte de política municipal.
Esa mañana se encontraba mejor. Mucho mejor. La conversación con Aarón de la noche anterior había ido bien. Aunque seguía disgustado por la cancelación de la boda, no había dejado de repetirle que prefería mil veces tenerla a ella que una boda.
«No hace falta que nos casemos ahora mismo. Podemos aplazarlo hasta que hayas superado el duelo. Pero te quiero a mi lado, Rachel. Siempre te querré a mi lado. Como mi esposa, como mi amante... Aceptaré tus condiciones porque te amo. Vuelve conmigo.»
Sus palabras atravesaron la nebulosa de dolor y depresión que se había apoderado de la mente de ella y, de pronto, lo vio todo claro.
Había creído que huía de Scott, de su padre y del fantasma de su madre, pero tal vez también hubiese estado huyendo de Aarón. Al oírlo decir esas palabras se dio cuenta de que no podría abandonarlo nunca. No podría vivir lejos de él.
Su declaración había roto sus defensas y le había hecho darse cuenta de que realmente deseaba ser su esposa. Fue consciente de que no quería esperar mucho para que Aarón se convirtiera en su marido. La vida era demasiado corta para desperdiciarla siendo infeliz. Su madre así se lo había enseñado.
Tom entró en la cocina. Llevaba puestas las gafas. Tras besarla en la cabeza, le puso delante un fajo de billetes. Rachel se los quedó mirando con desconfianza. Tras comprobar de cuánto dinero se trataba, abrió mucho los ojos.
—¿Para qué es esto?
Él se sentó a su lado, aclarándose la garganta.
—¿No ibas a ir de compras con _________ Mitchell?
Su hermana puso los ojos en blanco.
—Se llama ______, Tom. Y no. Está ocupada. Pasará todo el día haciendo un trabajo con un tipo llamado Paul. Y cuando acaben, irán a cenar.
«Follaángeles», pensó Tom. El insulto apareció en su mente sin pensar. Se tensó y gruñó para sus adentros.Rachel empujó el dinero en su dirección y siguió leyendo la revista. Él volvió a ponérselo delante.
—Quédatelo.
—¿Para qué?
—Cómprale algo a tu amiga.
Su hermana entornó los ojos.
—¿Por qué? Es mucho dinero.
—Lo sé —murmuró.
—Aquí hay quinientos dólares. Sé que los dólares canadienses no valen tanto, pero igualmente es demasiado, Tom.
—¿Has estado en su apartamento?
—No. ¿Tú sí?
Él se revolvió incómodo en el taburete alto.
—Sólo un momento. Estaba lloviendo y la acompañé a su casa en coche. Y...
—¿Y...? —Rachel le pasó un brazo por el hombro y se le acercó con una sonrisa cómplice—. Cuenta, cuenta.
Tom se liberó de su brazo con un movimiento de hombros y la fulminó con la mirada.
—No hay nada que contar. Vi un momento su apartamento y es espantoso. Ni siquiera tiene cocina, ¡por el amor de Dios!
—¿No tiene cocina? ¿Qué demonios...?
—Es más pobre que un ratón de iglesia. Por no hablar de esa espantosa mochila que lleva a todas partes. Gástate todo el dinero en comprarle una cartera decente si hace falta, pero haz algo, porque si vuelvo a ver esa bolsa, te juro que le prendo fuego.
Se pasó las manos por el pelo varias veces y luego las dejó allí mientras permanecía encorvado sobre la barra. Con el poder de percepción que sólo tiene una hermana, Rachel se lo quedó mirando. Tom aparentaba ser el jugador de póquer perfecto. Era impasible, frío, cerebral... No un poco frío, como la brisa o como el agua de un arroyo en otoño, sino muy frío. Frío como el contacto de una roca en la piel al anochecer.
Rachel pensaba que la frialdad era su peor defecto, esa capacidad tan suya de decir y hacer cosas sin preocuparse por los sentimientos de los demás, y en los demás incluía a su familia.
Pero a pesar de sus defectos, Tom era su hermano favorito. Y, como la pequeña de la familia, diez años menor que él, Rachel era la favorita de Tom. Nunca había discutido con ella de la misma forma que con Scott o con su padre. Siempre la había protegido. A su manera, la quería. Nunca le haría daño de manera intencionada. Sin embargo, le había hecho daño varias veces al ver cómo se lo hacía a los demás. Y, especialmente, cómo se hacía daño a sí mismo.
Sabía que, si se fijaba bien, Tom no era tan buen jugador de póquer. Había demasiados detalles que delataban cuándo estaba sufriendo. Cuando estaba a punto de perder los nervios, cerraba los ojos; cuando se sentía frustrado se frotaba la cara, y recorría la habitación de un lado a otro cuando estaba preocupado o asustado. Al ver que empezaba a caminar por la estancia, Rachel se preguntó de qué tendría miedo.
—¿Por qué te preocupas tanto por ella? Cuando cenó aquí no estuviste demasiado simpático. Ni siquiera la llamabas______.
—Es mi alumna. Tengo que mantener una actitud profesional.
—¿Profesionalmente mezquina?
Él se detuvo y la fulminó con la mirada.
—Vale, vale. Me quedaré el dinero y le compraré una cartera. Aunque preferiría comprarle zapatos.
Tom volvió a sentarse en el taburete.
—¿Zapatos?
—Sí. ¿Y qué te parece si le compro también algo de ropa? Le gustan las cosas bonitas, pero no puede permitírselas. Y es guapa, ¿no crees?
El m*****o de él se movió inquieto bajo sus pantalones de lana gris. Cruzó las piernas para disimular.
—Gástate el dinero en lo que quieras. Lo único que pido es no volver a ver esa mochila.
—¡Bien! Le compraré algo fabuloso... aunque probablemente necesite más dinero. Y luego tendremos que llevarla a algún sitio para que luzca el nuevo modelito. —Rachel miró a su hermano mayor y parpadeó.
Sin molestarse en discutir ni en negociar, Tom sacó una tarjeta de visita de la cartera, cogió su estilográfica Montblanc y desenrolló el capuchón.
—¿La gente normal aún usa esas cosas o sólo los medievalistas? —Preguntó ella, inclinándose hacia él con curiosidad—. Me extraña que no uses una pluma de ave.
Tom frunció el cejo.
—Es una Meisterstück 149 —respondió, como si eso lo aclarara todo.
Rachel puso los ojos en blanco mientras su hermano usaba la reluciente plumilla de oro de dieciocho quilates para escribir una nota en el dorso de su tarjeta con una caligrafía segura pero anticuada. Decir que Tom era pretencioso era quedarse corto.
—Aquí tienes —dijo él, deslizando la tarjeta sobre la encimera de la barra—. Tengo cuenta en Holt Renfrew. Enséñale esto al conserje y él te llevará hasta Hilary, mi personal shopper. Ella se encargará de que lo carguen todo en mi cuenta. Pero no te vuelvas loca, Rachel. Ah, y quédate con el dinero en efectivo. Considéralo un regalo de cumpleaños con seis meses de adelanto.
Ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias. ¿Qué es Holt Renfrew?
—La versión canadiense de Saks Fifth Avenue. Tienen de todo. No te olvides, lo importante es sustituir la vieja mochila. Lo demás son... detalles insustanciales. —Su voz sonaba de pronto malhumorada.
—De acuerdo, pero ¿me podrías explicar por qué te altera tanto una mochila L. L. Bean? Todos los estudiantes tienen una. Yo misma tenía una, hasta que maduré y descubrí Longchamp.
—No lo sé —reconoció Tom, quitándose las gafas y frotándose los ojos.
—Hum. ¿Añado ropa interior a la lista? ¿Te gusta... de gustarte? —preguntó Rachel con una sonrisita irritante.
Su hermano resopló.
—¿Cuántos años tenemos, Rachel? Es mi alumna, ¿lo has olvidado? Esto no tiene nada que ver con romanticismo. Tiene que ver con penitencia.
—¿Penitencia?
—Penitencia por los pecados. Mis pecados.
Esta vez fue Rachel la que resopló.
—Realmente te has quedado anclado en la Edad Media. ¿Se puede saber qué pecado has cometido contra ______? ¿Aparte de comportarte como un idiota? Si ni siquiera la conoces...
Él volvió a ponerse las gafas y se removió incómodo en el asiento. Su m*****o no paraba de dar brincos sólo de pensar en la señorita Mitchell y pecado en la misma frase. Los dos juntos en la misma habitación. Sin ropa. Quizá ella sólo con unos zapatos de tacón... que él por fin podría tocar...
—¿Tom? Estoy esperando.
—No tengo que confesarte mis pecados, Rachel. Sólo tengo que expiarlos —respondió, arrebatándole la revista de las manos.
—¿Hablas francés? ¿Y te interesa la moda femenina? —preguntó su hermana apretando los dientes.
Tom miró la revista abierta y vio la foto de una modelo muy pintada y despatarrada, cubierta con un biquini très petite. Los ojos se le abrieron. Rachel se cruzó de brazos y lo miró enfadada.
—A mí no me hables en ese tono. No soy una de tus alumnas y no pienso aguantar tus tonterías.
Suspirando, él volvió a quitarse las gafas para frotarse los ojos.
—Lo siento —murmuró, devolviéndole la revista, no sin antes echarle otro vistazo a la modelo, por interés puramente académico, bien sûr.
—¿Por qué estás tan tenso? ¿Problemas de mujeres? ¿Estás saliendo con alguien ahora mismo? ¿Cuándo saliste con una mujer por última vez? Y, por cierto, ¿qué significan esas fotos en tu...?
—No pienso hablar de estas cosas contigo —la interrumpió Tom—. Yo no te pregunto a quién te estás tirando.
Rachel se mordió la lengua y respiró hondo.
—Voy a pasar por alto ese comentario, a pesar de que ha sido de muy mal gusto. Cuando estés de rodillas haciendo penitencia, no te olvides de añadir el pecado de envidia a los demás. Sabes que nunca he estado con nadie más que con Aarón y también sabes que lo que hay entre nosotros es mucho más que tirarse a alguien. ¿Qué demonios te pasa?
Él murmuró una disculpa, pero no levantó la mirada. Aunque sabía que su comentario había estado fuera de lugar, había logrado su objetivo, que era que se olvidara de las preguntas que le había hecho. Así que, en realidad, no se arrepentía. Su hermana jugueteó con la tarjeta de visita mientras se calmaba.
—Si no te gusta _______, entonces es que sientes lástima por ella. ¿Por qué? ¿Porque es pobre?
—No lo sé —respondió él, suspirando y negando con la cabeza.
—______ suele despertar el instinto protector de la gente. Tiene ese aspecto frágil, como de oveja perdida. Pero no te equivoques. Es una mujer fuerte. Sobrevivió a una madre alcohólica y a un novio que...
Tom se volvió hacia ella con interés.
—¿Un novio que...?
—Me dijiste que no querías saber nada de su vida privada. Es una lástima. Si no tuvierais una relación profesional, creo que te gustaría. Creo que incluso podríais ser buenos amigos.
Sonrió mirando a su hermano para ver cómo reaccionaba, pero él volvió a bajar la vista y se frotó la barbilla, absorto en sus pensamientos.
—¿Quieres que le diga que la cartera y los zapatos son un regalo tuyo? —preguntó Rachel, tamborileando con los dedos sobre la encimera.
—¡Por supuesto que no! Podrían despedirme sólo por eso. Alguien sacaría conclusiones equivocadas y me llevarían ante un tribunal académico.
—Pensaba que los profesores adjuntos teníais plaza fija.
—Eso no importa —murmuró él.
—A ver si lo he entendido. Quieres gastarte un montón de dinero en ______, pero no quieres que ella se entere de que eres tú quien paga. Esto es un poco como Cyrano de Bergerac, ¿no crees? Ya veo que el francés te resulta más familiar de lo que pensaba.
Tom se levantó sin decir nada y se dirigió hacia la enorme cafetera exprés que tenía en otra de las encimeras. Se concentró en el proceso algo laborioso de preparar un café perfecto y aprovechó para darle la espalda a su irritante hermana. Rachel suspiró.
—De acuerdo, quieres hacer algo por _______. Tú prefieres llamarlo penitencia, aunque tal vez sea simple amabilidad. Bueno, simple no. Es doble amabilidad, porque no quieres que sepa de dónde sale el dinero para que no se sienta avergonzada o en deuda contigo. Estoy impresionada. Bastante.
—Quiero que sus pétalos vuelvan a abrirse —susurró Tom.
O eso le pareció oír a Rachel, aunque lo descartó en seguida. No tenía sentido.
—¿No crees que deberías tratarla como a una persona adulta y decirle de dónde han salido los regalos? ¿Dejar que sea ella quien decida si quiere aceptarlos o no?
—Si supiera de dónde salen no los aceptaría. Me odia.
Su hermana se echó a reír.
—_____no es del tipo de personas que odian a los demás. Es demasiado indulgente. Si de verdad te odia, probablemente te lo mereces. Pero tienes razón. No acepta caridad. Sólo en ocasiones muy especiales me deja que le compre algo.
—Dile que son regalos de Navidad atrasados. O que son de parte de Grace.
Ambos hermanos intercambiaron una elocuente mirada.
—De la única persona que _____ aceptaba caridad era de mamá —dijo Rachel con los ojos llenos de lágrimas—. Era como una madre para ella.
Tom se le acercó rápidamente y la abrazó para consolarla. En el fondo, sabía que al intentar convencer a su hermana de que le comprara cosas bonitas a ______ estaba buscando indulgencia. Comprando una bula para un pecado que aún no había cometido. Nunca le había pasado nada parecido con ninguna otra mujer. Pero no quería pensar en ello, no serviría de nada. Sabía que vivía en el Infierno y lo aceptaba. No solía quejarse, pero para ser sincero, tenía que admitir que deseaba escapar de allí desesperadamente. Por desgracia, no tenía a un Virgilio ni a una Beatriz que fueran a buscarlo. Sus oraciones no recibían respuesta y sus intentos de reformarse siempre se veían frustrados por una cosa u otra. Casi siempre por alguna rubia de pelo largo, con zapatos de tacón, que le arañaba la espalda mientras gritaba su nombre una y otra vez. Y otra. Y otra.
En su actual estado de ánimo, la mejor manera que se le ocurría de gastarse el dinero manchado de sangre de su padre en un ángel de ojos castaños. Un ángel que no se podía permitir un apartamento con cocina y cuyos pétalos se abrirían un poco si su mejor amiga le regalaba un vestido bonito y unos zapatos nuevos.
Tom quería hacer mucho más que comprarle una cartera, pero nunca admitiría que lo que deseaba en realidad era verla sonreír.
Mientras los hermanos discutían sobre penitencia, perdón y ridículas abominaciones que hacían las veces de mochila, Paul esperaba a ______ en la entrada de la biblioteca Robarts, la más grande del campus de la Universidad de Toronto. Aunque _____sólo lo sospechaba, durante el corto tiempo que había pasado desde que se conocieron, Paul le había cogido mucho cariño a su compañera de clase.
Era muy sociable y tenía muchos amigos, gran parte de los cuales eran mujeres. Había salido con un montón de chicas, tanto centradas como con problemas. Ahora, su última relación había llegado a su fin.
Allison quería quedarse en Vermont y trabajar como maestra de escuela. Paul quería trasladarse a Toronto y seguir sus estudios para llegar a ser profesor universitario. Tras dos años de relación a distancia, se habían rendido a la evidencia: su relación no iba a ninguna parte. Sin embargo, su ruptura no había sido traumática. Nadie había salido derrapando de ningún aparcamiento ni se habían quemado fotos. Seguían siendo amigos y Paul se sentía muy orgulloso de haber podido mantener esa amistad.