Capitulo 9

1219 Palabras
—¿Qué significa la V? —le preguntó, señalando el improvisado cartel. —No me gusta mi segundo nombre —respondió él, incómodo. —A mí tampoco me gusta el mío. Si no quieres decírmelo, lo entenderé —contestó ella, sonriendo, antes de volverse hacia la puerta cerrada. —Te reirás. —Lo dudo. Mi apellido es Mitchell. No me siento particularmente orgullosa de él. —Pues a mí me gusta. ______ se ruborizó, pero no demasiado. Paul suspiró. —¿Me prometes que no se lo dirás a nadie? —Por supuesto. Y yo te diré el mío: es Helena. —Es un nombre precioso. —Paul cerró los ojos e inspiró hondo. Luego esperó. Cuando no pudo más y los pulmones le estaban pidiendo a gritos oxígeno, soltó el aire rápidamente, diciendo—: Virgilio. —¿Virgilio? —repitió _______, mirándolo con incredulidad. —Sí. —Paul abrió los ojos, temiendo que ella empezara a reírse. —¿Estás estudiando para ser especialista en Dante y tu segundo nombre es Virgilio? ¿Me tomas el pelo? —Es un nombre común en mi familia. Mi bisabuelo se llamaba así y te aseguro que nunca leyó a Dante. Era granjero en Essex, Vermont. _______ le dedicó una sonrisa maravillada. —Pues me parece un nombre precioso. Es un gran honor llevar el nombre de un noble poeta. —Sí, igual que es un gran honor llevar el nombre de Helena de Troya, ______ Helena. Me parece muy adecuado para ti —añadió, mirándola con dulzura y admiración. Ella apartó la vista, avergonzada. Paul carraspeó para aligerar la tensión que se había creado. —Kaulitz nunca usa este despacho; sólo viene de vez en cuando a dejarme cosas. Pero es suyo, él paga la factura. —¿Son de pago? Él asintió con la cabeza y abrió la puerta. —Sí, pero lo valen. Tienen calefacción, aire acondicionado y acceso a Internet. Además, se pueden cerrar con llave, por lo que son muy prácticos para dejar libros que estás usando sin tener que devolverlos cada día. Cualquier material que necesites, incluso si es material de referencia, del que no se puede sacar de la biblioteca, puedes guardarlo aquí cuando quieras. _____ miró el cuarto pequeño pero cómodo como si fuera la tierra prometida. Abrió mucho los ojos al ver el espacio de trabajo con la mesa empotrada, las cómodas sillas y estanterías que iban desde el suelo hasta el techo. A través de una ventanita, se veía parte de la ciudad y la torre CN. Se preguntó cuánto costaría vivir allí. Sería mucho mejor que su agujero de hobbit, no apto ni para un perro. —De hecho —siguió diciendo Paul mientras retiraba unos papeles—, puedes usar este estante. Y te dejaré mi llave de repuesto. Cogió la llave y escribió un número en un trozo de papel. —Éste es el número del despacho, por si te cuesta encontrarlo al principio. Y ésta es la llave. _____ se lo quedó mirando con la boca abierta. —No puedo aceptarla —reconoció finalmente—. Me odia. No le gustará verme por aquí. —Que se joda. Esta vez fueron los ojos de ella los que se abrieron sorprendidos. —Perdón —dijo Paul—. Normalmente no digo tacos. Bueno, al menos, no tantos ni delante de las chicas, quiero decir, de las mujeres. ______ asintió, aunque no había sido su lenguaje lo que la había sorprendido. —Kaulitz no viene casi nunca por este despacho. Puedes dejar tus cosas tranquilamente; pensará que son mías. Si no quieres encontrártelo, no hace falta que trabajes aquí. Pásate de vez en cuando, yo suelo venir a menudo. Si te ve, supondrá que estamos trabajando juntos. O algo así. Sonrió con timidez. Le estaba dando la clave de lo que buscaba en su relación con ella. Quería que se vieran con frecuencia. Quería ver sus cosas en su estante. Quería estudiar y trabajar a su lado... Pero _____no quería que le diera claves ni llaves. —Por favor —insistió él, cogiéndole la mano y abriéndole los dedos con delicadeza. Al notar que dudaba, le acarició el dorso de la mano con el pulgar para tranquilizarla. Tras ponerle la llave y la nota en la mano, volvió a cerrarle los dedos con cuidado de no hacerle daño. Sabía que Kaulitz ya se había encargado de eso. —«Lo real no es algo que te venga dado. Es algo que te pasa. Y ahora mismo, necesitas que te pasen cosas buenas.» ______ se sobresaltó al oírlo. Paul no podía saber lo ciertas que eran sus palabras. «¿Está citando un cuento infantil? Imposible.» Al levantar la cara hacia él, vio que sus ojos eran cálidos y amables. No había en ellos nada grosero ni calculador. Nada turbio ni agresivo. Tal vez sencillamente le gustaba. O sentía lástima por ella. Fueran cuales fuesen sus auténticas motivaciones, en ese momento _____ decidió creer que el universo no era un lugar completamente oscuro y decepcionante; que siempre quedaban rincones luminosos con vestigios de bondad y de virtud, y aceptó la llave con la cabeza baja. —No llores, Conejito. —Paul alargó una mano para recoger una lágrima que aún no había caído, pero lo pensó mejor y dejó caer el brazo a un lado. ______ se volvió, avergonzada por la intensidad de las emociones que le estaban provocando cosas tan inocentes como una llave o un cuento infantil. Al mirar a su alrededor buscando desesperadamente algo con lo que distraerse, vio un CD en un estante y lo cogió: era el Réquiem de Mozart. —¿Te gusta Mozart? —preguntó, volviendo la caja para leer el dorso. Paul apartó la vista. Sorprendida, ella alargó el brazo para devolverlo a su sitio, pensando que lo había molestado al tocar sus objetos personales. —No, no pasa nada, puedes mirarlo si quieres. Pero no es mío, es de Kaulitz. Una vez más, _______ sintió un escalofrío y notó que le daba vueltas la cabeza. Al darse cuenta de su reacción, Paul empezó a hablar muy de prisa. —No se lo digas a nadie. Se lo robé. Ella levantó las cejas. —Lo sé, es horrible. Pero es que ponía el mismo tema una y otra y otra vez en su despacho mientras yo catalogaba su biblioteca personal. «Lacrimosa, Lacrimosa», jodida «Lacrimosa». ¡No podía más! Es deprimente. Así que robé el CD y lo traje aquí. Problema resuelto. _____ cerró los ojos y se echó a reír con ganas. Paul sonrió aliviado ante su reacción. —Pues no lo has escondido demasiado bien. Yo lo he encontrado en treinta segundos —dijo ella, ofreciéndoselo. Él le colocó el pelo detrás de los hombros para verle la cara sin obstáculos. —¿Por qué no lo guardas tú en tu casa? —propuso. _______ se puso tensa y dio un paso atrás. Paul la vio agachar la cabeza y morderse el labio inferior y se preguntó qué había hecho mal. ¿No debería haberla tocado? ¿Estaba preocupada por si Kaulitz encontraba el CD en su casa? —¿______? Lo siento —se disculpó en voz baja, sin hacer ningún movimiento—. ¿Qué he hecho mal?
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