—No, no, nada —lo tranquilizó ella, mirándolo nerviosa y dejando el CD en su sitio—. Me encanta el Réquiem de Mozart y «Lacrimosa» es mi parte favorita. No sabía que a él también le gustaba. Me ha... sorprendido.
—Tómalo prestado. —Paul se lo volvió a dar—. Si Kaulitz pregunta, le diré que lo tengo en mi casa. Llévatelo el fin de semana, lo cargas en el iPod y lo devuelves el lunes.
______ se quedó mirando el CD.
—No sé...
—Hace una semana que lo tengo y no ha preguntado por él. Tal vez esté de mejor humor. Empezó a escucharlo cuando regresó de Filadelfia. No sé por qué.
Impulsivamente, ella se lo guardó en su maltrecha mochila.
—Gracias.
—Por ti lo que sea, _______—replicó él, sonriendo.
Habría querido darle la mano. O, al menos, apretársela durante un instante, pero era asustadiza, así que se reprimió y se mantuvo a distancia mientras volvían al pasillo y le seguía enseñando la biblioteca.
—El Festival de Cine de Toronto es este fin de semana. Tengo una entrada doble para ver varias películas el sábado. ¿Te gustaría acompañarme? —le propuso, tratando de no parecer nervioso mientras se acercaban a los ascensores.
—¿Qué películas?
—Una es francesa y la otra alemana. Yo prefiero el cine europeo —reconoció con una tímida sonrisa—, aunque podría cambiarlas por otras entradas para ver algo más local...
_____negó con la cabeza.
—A mí también me gustan las películas europeas. Siempre y cuando estén subtituladas. Tengo escasas nociones de francés y en alemán sólo conozco palabrotas.
Paul apretó el botón de la planta baja y se volvió para mirarla con curiosidad.
—¿Sabes palabrotas en alemán? —le preguntó con una sonrisa traviesa—. ¿Cómo es eso?
—En la universidad, vivía en la residencia internacional y una de las estudiantes de intercambio era de Frankfurt. Siempre estaba diciendo palabrotas. Al final de aquel curso, todas las alumnas decíamos palabrotas en alemán. Cosas de las residencias de estudiantes, ya sabes —dijo, ruborizándose un poco y arrastrando un pie calzado con una zapatilla deportiva de un lado a otro.
Paul era un alumno de doctorado, así que lo más seguro era que hubiera estudiado francés y alemán. Probablemente se burlaría de su falta de conocimientos, como había hecho Christa en el primer seminario. Esperó en tensión un comentario burlón, pero no llegó.
El chico sonrió mientras le aguantaba la puerta del ascensor para que saliera.
—Mi alemán es espantoso. Tal vez podrías enseñarme unas cuantas palabrotas. Sería una gran mejora.
Ella le devolvió la sonrisa, esta vez más relajada.
—¿Por qué no? Me encantará acompañarte al cine el sábado. Gracias por invitarme.
—De nada.
Paul estaba muy contento. La encantadora ______ lo acompañaría al festival de cine y después irían a cenar. Todavía no la había llevado nunca a su restaurante hindú favorito. Aunque también podrían ir esa misma noche y después del cine a un restaurante chino. Luego la llevaría a Greg’s para que probara el helado casero. Y una vez allí, la invitaría a acompañarlo a la Galería de Arte de Ontario el siguiente fin de semana, para ver la remodelación que había hecho Frank Gehry.
Mientras seguían la visita, Paul se recordó que debía ser paciente. Muy paciente. Y muy cauteloso cada vez que alargara la mano para ofrecerle una zanahoria o para acariciarle el suave pelaje. Si no, el Conejito se asustaría y no tendría la oportunidad de ayudarlo a convertirse en un ser real.
A la mañana siguiente, _______estaba sentada en su estrecha cama, trabajando en su propuesta de proyecto con su viejo ordenador portátil y escuchando a Mozart. Los gustos musicales del profesor Kaulitz la sorprendían bastante. ¿Cómo le podía gustar aquella música a alguien que escuchaba a los Nine Inch Nails? ¿Habría escuchado el Réquiem sólo como homenaje a Grace? ¿O tendría alguna otra razón para torturarse con la misma pieza deprimente una y otra vez?
Cerró los ojos y se concentró en las palabras de «Lacrimosa», cantada a todo pulmón por el coro, en latín:
Día de llanto,
en el que de las cenizas resurgirá el culpable para ser juzgado.
Ten piedad, oh, Dios, de ese hombre.
Ten piedad, Oh, Señor, de él.
Señor Jesús, tú que tienes piedad de todos,
Otórgale el descanso eterno. Compasivo Señor Jesús, otórgale el descanso.
Amén.
«¿Qué problema tiene Tom que necesita escucharlo una y otra vez? ¿Y yo? ¿Por qué me siento más cerca de él oyendo esta música? Lo único que he hecho ha sido sustituir su foto por este CD. Estoy enferma. Menos mal que, al menos, no duermo con el CD debajo de la almohada.»
______ sacudió la cabeza y trató de concentrarse en el proyecto. Para librarse de la melancolía de la pieza, pensó en Paul y en las actividades del día anterior.
Se había mostrado muy servicial. Aparte de darle una llave del despacho de El Profesor, le había ofrecido consejos sobre cómo estructurar el proyecto. Y la había hecho reír más de una vez. Hacía tiempo que no se reía tanto. Era todo un caballero. Le abría las puertas y llevaba su fea y pesada mochila. Era tan amable y educado que era imposible que no le gustara. Resultaba agradable estar con alguien guapo y dulce al mismo tiempo. Era una combinación que se encontraba con poca frecuencia y que muchas veces no era valorada. Le estaba muy agradecida por sus consejos. ¿Quién mejor que Virgilio, que había guiado a Dante en el Infierno, para guiarla a ella en su proyecto?
Quería que su propuesta impresionara al profesor Kaulitz; que se diera cuenta de que era una estudiante capaz, inteligente. Aunque sabía que probablemente él estaría en desacuerdo con ambos calificativos, sin importarle la opinión del catedrático Matthews de Harvard. Y mentiría si dijera que no estaba tratando de manera subliminal de que Kaulitz se acordara de ella.
Se preguntó qué sería peor, ¿qué Tom la hubiera olvidado o que se hubiera convertido en el profesor Kaulitz? La segunda opción la ponía enferma, así que la descartó rápidamente. Era preferible que la hubiera olvidado pero siguiera siendo el hombre dulce y tierno que la había besado en el viejo huerto de los manzanos, a que la recordara convertido en el profesor Kaulitz, con todos los vicios y defectos de éste.
El proyecto de tesis de _______ era sencillo. Pretendía comparar el amor cortesano propio de la casta relación entre Dante y Beatriz y la lujuria apasionada de los adúlteros Paolo y Francesca, los dos personajes que Dante sitúa en el círculo de la lujuria en el Infierno. ______quería abordar las virtudes y defectos de la castidad, un tema por el que sentía un gran interés, y compararla con el erotismo subliminal de La Divina Comedia.
Mientras trabajaba en su propuesta, se encontró con que la vista se le dirigía alternativamente al cuadro de Holiday y a una postal que mostraba la escultura de Rodin El beso. Rodin había esculpido a Paolo y Francesca de tal manera que sus labios no llegaban a tocarse, pero la escultura era sensual y erótica. ______no había comprado una réplica de la escultura porque la excitaba demasiado. Y, al mismo tiempo, le rompía el corazón.
Se había conformado con una postal pegada a la pared con cinta adhesiva.
Sabía el francés justo para desenvolverse sin problemas en una boulangerie y en una fromagerie, pero su nivel básico del idioma le permitía darse cuenta de que buena parte del poder subversivo de la escultura de Rodin estaba en su título, Le baiser. Porque, en francés, baiser podía aplicarse tanto a un inocente beso, como a un acto tan poco inocente como follar. Uno podía decir baiser y referirse a un beso, pero si alguien decía baise-moi, estaba rogando que lo follaran. La inocencia y el ruego estaban reflejados en el abrazo de los amantes cuyos labios no llegaban a tocarse: inmovilizados juntos, pero separados por toda la eternidad. ______quería liberarlos de su abrazo congelado y, secretamente, deseaba que su proyecto le permitiera hacerlo.
A lo largo de los años, se había permitido pensar de vez en cuando en el episodio del viejo huerto de casa de los Clark y revivir aquel primer beso de Tom y algunas de las cosas que vinieron después. Pero casi siempre era en sueños. No solía pensar nunca en la mañana siguiente, cuando se despertó llorando, aterrorizada. Ésa era una evocación en extremo dolorosa. El recuerdo de esa traición sólo la visitaba en sus pesadillas, demasiado a menudo para su gusto. Y también era la causa de que nunca hubiera tratado de ponerse en contacto con él. Justo entonces sonó su móvil.
—Hola, soy Rachel, ¿tienes planes para esta noche?
______oyó a Tom al fondo, refunfuñando.
Inmediatamente apretó el botón de mute en el ordenador para silenciar a Mozart. Esperó unos instantes para asegurarse de que él no lo había oído.
—¿______? ¿Sigues ahí?
—Sí, aquí estoy.
Por el sonido de la voz de Tom, fue incapaz de distinguir si estaba enfadado o sólo protestaba. Cualquiera de los dos comportamientos era normal en él.
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí, perfectamente. Ejem, no, no tengo planes para esta noche —respondió finalmente, cuando se convenció de que Tom no había oído el CD.
—Bien, porque quiero ir a una discoteca.
—Oh, venga ya. Sabes que odio esos sitios. No sé bailar y la música siempre está demasiado alta.
Rachel se rio con ganas.
—Es gracioso que digas eso. Tom acaba de decir prácticamente lo mismo. Aunque él no reconoce que no sabe bailar. Dice simplemente que no quiere.
______ se incorporó en la cama.
—¿Tu hermano vendría con nosotras?
—Vuelvo a casa dentro de dos días. Va a llevarme a cenar a un buen restaurante y luego quiero ir a una discoteca. No está encantado con la idea, pero tampoco se ha negado en redondo. Me gustaría que te reunieras con nosotros después de cenar. ¿Qué te parece?
Ella cerró los ojos.
—Me encantaría, Rachel, pero no tengo nada que ponerme. Lo siento.
Su amiga se echó a reír.
—Ponte un vestidito n***o. Algo sencillo. Estoy segura de que tienes algo que puedas llevar.
En ese instante llamaron a la puerta.
—Un momento, Rachel, alguien está llamando.
______ vio que había un repartidor frente a la puerta de su casa y le abrió.
—¿Sí?
—Traigo un paquete para ______Mitchell. ¿Es usted?
Ella asintió y firmó el recibo de lo que resultó ser una caja rectangular muy grande.
—Gracias —murmuró, poniéndose la caja debajo del brazo y recolocándose el teléfono en la oreja—. Rachel, ¿sigues ahí?
Le pareció que su amiga se seguía riendo.
—Sí. ¿Quién era?
—Un paquete para mí.
—Ajá. ¿Y qué hay dentro?
—No lo sé, pero es una caja muy grande.
—¿A qué esperas? Ábrela.
_____cerró la puerta del apartamento y dejó la caja en la cama, sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro para poder seguir hablando mientras abría el paquete.
—Tiene una etiqueta. Pone... Holt Renfrew. ¿Quién me enviará un regalo? ¡Rachel! ¡No me digas que has sido tú!
______oyó sus carcajadas al otro lado del teléfono.
Al abrir la caja, vio un precioso vestido de cóctel lila con un solo tirante formado por tiras de tela entrecruzadas. No reconoció la marca, Badgley Mischka, pero era uno de los vestidos más femeninos que había visto nunca.
En un extremo de la caja, al lado del vestido, encontró una caja de zapatos con un par de Christian Louboutins de piel negra. Se quedó mirando las suelas rojas y los altísimos tacones con incredulidad. Los zapatos tenían un bonito lazo de terciopelo en la punta y ______ era muy consciente de que costaban el alquiler de un mes por lo menos. Casi oculto en otro rincón de la caja, vio un bolso pequeño, adornado con cuentas.
Por un momento, se sintió como Cenicienta.
—¿Te gusta? —preguntó Rachel, insegura—. La dependienta se encargó de elegirlo. Yo sólo le dije que te enviara un vestido lila.
—Es precioso, Rachel. Todo. Un momento, ¿cómo sabías mi talla?
—No estaba segura, pero no me pareció que hubieras aumentado de peso. De todos modos, será mejor que te lo pruebes.
—Pero es demasiado. Sólo los zapatos ya... No puedo aceptarlo.
—______, por favor, estoy tan contenta de que volvamos a ser amigas... Aparte de encontrarme contigo y de visitar a Tom, no me ha pasado nada bueno desde que mi madre se puso enferma. Por favor, no me quites esta alegría.
«Caramba. Rachel sabe cómo hacer que alguien se sienta culpable.»
______ respiró hondo.
—No sé...
—No lo he pagado con mi dinero. Es dinero de la familia. Cuando mamá murió... —Dejó la frase a medias, esperando que su amiga sacara sus propias y erróneas conclusiones.
Y eso fue exactamente lo que pasó.
—A tu madre le habría gustado que te gastaras el dinero en ti.
—A ella le gustaba que todos sus seres queridos fueran felices y tú te contabas entre ellos. No tuvo demasiadas oportunidades de malcriarte después de... de lo que pasó. Estoy segura de que en este momento nos está viendo y está sonriendo. Hazlo por mí. Hazla feliz a ella, ______.
Rachel notó que su amiga estaba a punto de llorar y empezó a sentirse mal por ser tan manipuladora.
Tom, que no tenía ganas de llorar ni se sentía culpable, sólo esperaba a que acabaran de hablar de una vez para poder usar su teléfono.
—¿Puedo pagar una parte? ¿Puedo pagarte los zapatos... poco a poco?
Tom debió de oírla, porque se lo oyó maldecir. No paraba de refunfuñar. Decía algo sobre un ratón y una iglesia.
—Tom, déjame a mí —dijo Rachel.
______ oía fragmentos de la discusión entre los hermanos.
—Si eso es lo que quieres, así lo haremos. Tom, cállate. Pero es nuestra última noche juntas y quiero que vengas. Así que cámbiate y ven con nosotros. Ya hablaremos de dinero más tarde. Mucho más tarde. Cuando esté en Filadelfia, viviendo a cargo del Estado.
______ suspiró y elevó una oración de gracias a Grace, que siempre se había portado muy bien con ella.
—Gracias, Rachel. Te debo una. Otra vez.
—¡Tom! ¡_______ va a venir! —gritó su amiga.
Ella se apartó el teléfono de la oreja para no quedarse sorda con sus gritos.
—Pasaremos a buscarte por tu casa hacia las nueve. Tom dice que ya conoce el camino.
—Es bastante tarde. ¿Estás segura?
—¡Oh, vamos, por favor! Tom ha elegido la discoteca. Dice que no abren hasta las nueve, así que, de hecho, seremos de los primeros. Mientras te arreglas, el tiempo se te pasará volando. ¡Estarás impresionante!
Con esas entusiastas palabras, ______colgó el teléfono y empezó a admirar su precioso vestido nuevo. Rachel había heredado de su madre su carácter generoso y caritativo. Era una lástima que parte de ese carácter no se le hubiera pegado a Tom.
Se preguntó si sería capaz de bailar subida a aquellos zapatos, tan seductores como peligrosos. Y se planteó la excitante pero levemente amenazadora posibilidad de bailar con cierto profesor.
«Pero a Rachel le ha dicho que no baila. ¡Qué raro!»
En un momento de inspiración, se dirigió a la cómoda y abrió el cajón de la lencería. Sin mirar la foto que tenía escondida al fondo del mismo, eligió un pequeño y sugerente trozo de tela que había que ser muy caritativo para calificar de ropa interior. El término era adecuado porque iba a llevarlo debajo del vestido, no porque pudiera considerarse «ropa».
_______ sostuvo el tanga en la palma de la mano —tan pequeño era—, meditando como si estuviera ante una imagen de Buda. Finalmente decidió ponérselo. Como si de un talismán se tratara, esperaba que le diera el valor que necesitaba para hacer lo que tenía que hacer. Lo que quería hacer. Que era recordarle a Dante a lo que había renunciado al abandonarla.
No más «Lacrimosa» para Beatriz.