Capítulo 25

1389 Palabras
Tom cerró los ojos, pero sólo un instante. Una sonrisa, dulce y lenta, apareció en su rostro. Su mirada se volvió suave y muy cálida. —Me has encontrado. ____ se mordió el interior de la mejilla para no echarse a llorar al oír su voz. Era la voz que recordaba. Llevaba mucho tiempo esperando volver a oírla. Llevaba muchos años esperando que él regresara a su vida. —Beatriz. —Agarrándola de la muñeca, tiró de ella. Se apartó un poco en la cama para hacerle sitio, rodeándola con los brazos mientras _____ apoyaba la cabeza en su pecho—. Pensaba que te habías olvidado de mí. —Nunca —contestó, sin poder contener las lágrimas por más tiempo—. He pensado en ti cada día. —No llores. Me has encontrado. Tom cerró los ojos y volvió la cabeza. Su respiración empezaba a regulársele otra vez. _____ trató de quedarse quieta para no molestarlo con sus sollozos, pero el dolor y el alivio mezclados eran tan fuertes que no pudo evitar que la cama temblara un poco. Las lágrimas formaron dos riachuelos que descendían por sus mejillas y se unían sobre el pecho bronceado y tatuado de él. Su Tom había recordado. Su Tom había regresado. —Beatriz. —Le rodeó la cintura con un brazo y susurró en su pelo, todavía húmedo de la ducha—. No llores. Y con los ojos cerrados, la besó en la frente, una, dos, tres veces. —Te he echado tanto de menos —murmuró ____, con los labios pegados a su tatuaje. —Me has encontrado —musitó Tom—. Debí haberte esperado. Te quiero. Ella se echó a llorar con desesperación, abrazándose a él como si se estuviera ahogando y fuera su tabla de salvación. Le besó el pecho con suavidad mientras le acariciaba el abdomen. Como respuesta, los dedos de Tom le acariciaron la piel erizada de los brazos antes de deslizarse bajo la camiseta. Tras recorrerle la espalda con delicadeza, se acomodaron en la parte baja de su espalda, donde permanecieron quietos cuando él regresó al país de los sueños con un suspiro. —Te quiero, Tom. Te quiero tanto que me duele —dijo ____, apoyándole la mano sobre el corazón. Y luego le susurró las palabras de Dante, algo cambiadas: El amor se adueñó de mí durante tanto tiempo que su señorío acabó por resultarme familiar. Y aunque al principio me irritaba, aprendí a apreciarlo. Lo guardo en mi corazón, que es donde mejor se guardan los secretos. Y así, cuando me destroza la vida como nadie sabe hacerlo. Y parece que no me quedan fuerzas para nada más. Mi yo más profundo se siente libre de angustia, liberado de todo mal. Porque el amor hace brotar de mí tanto poder que mis suspiros más que hablar, gritan. Lastimeramente suplican que mi Tom me salude. Cada vez que me abraza, todo es más dulce de lo que las palabras pueden expresar. Cuando se le secaron las lágrimas, _____ le dio varios besos inseguros en los labios y cayó en un sopor profundo y sin sueños entre los brazos de su amado. Cuando se despertó, eran ya las siete de la mañana. Tom seguía profundamente dormido. De hecho, estaba roncando. Aparentemente, ninguno de los dos se había movido en toda la noche. ____ nunca había dormido tan bien como esa noche. Bueno, sí, una vez. No quería moverse. No quería separarse de él ni un centímetro. Quería permanecer en sus brazos para siempre y fingir que nunca se habían separado. «Me reconoce. Me ama. Por fin.» Nunca se había sentido amada antes. No realmente. Él se lo había susurrado anteriormente y su madre se lo había dicho a gritos, pero sólo cuando estaba borracha, por lo que sus palabras no habían calado en la conciencia de _____. Ni en su corazón. No se lo había creído, porque eran palabras huecas, no respaldadas por sus actos. Pero creía a Tom. Y así, esa mañana, por primera vez, ____ se sintió amada. Sonrió con tantas ganas que pensó que se le iba a romper la cara. Acercó los labios al cuello de Tom y le acarició con ellos la piel cubierta por la incipiente barba. Él gimió débilmente y la abrazó con más fuerza, pero su respiración honda y regular le indicó que seguía profundamente dormido. _____ tenía la suficiente experiencia con alcohólicos como para saber que estaría resacoso y probablemente de mal humor cuando se despertara, así que no tenía demasiada prisa por que lo hiciera. Había sido una suerte que la noche anterior se hubiera comportado como un borracho seductor e inofensivo. Ese tipo de borracheras ella sabía cómo manejarlas. Era el otro tipo el que le daba miedo. Pasó casi una hora empapándose de su calor y su olor corporal, disfrutando de su cercanía, acariciándole delicadamente el torso. Aparte de la noche que había compartido con él en el bosque, esos momentos estaban siendo los más felices de su vida. Pero al final tendría que marcharse. Sigilosamente, salió de debajo de su brazo y fue de puntillas hasta el cuarto de baño, cerrando la puerta. Vio una botella de colonia Aramis en el tocador y la abrió para olerla. No era el aroma que recordaba del huerto. Su olor en aquella época había sido más natural, más... salvaje. «Éste es el aroma del nuevo Tom. Es como él... imponente. Y ahora es mío.» _____ se cepilló los dientes, se recogió el pelo, rizado y alborotado en un nudo y se dirigió a la cocina en busca de una goma elástica o de un lápiz para sujetárselo. Resuelto el tema del pelo, fue a sacar la ropa de la lavadora y la metió en la secadora. No podía volver a casa hasta que estuviera seca, pero no tenía intenciones de marcharse ahora que él la había recordado. «¿Y qué pasa con Paulina? ¿Y con MAIA?». _____ apartó esos pensamientos de su mente. Eran irrelevantes. Tom la amaba. Por supuesto, dejaría a Paulina. «Pero ¿cómo vamos a resolver el problema de que sea mi profesor? ¿Y si es alcohólico?» Años atrás, se había jurado que no tendría nunca una relación con un alcohólico. Pero en vez de plantearse esa posibilidad de manera directa y honesta, desechó todas las sospechas y dudas a un rincón de su mente. Quería creer que su amor sería capaz de vencer todos los obstáculos. «Que a matrimonio de alma y alma verdadera no haya impedimentos», recitó _____ mentalmente, citando a Shakespeare, como un talismán contra sus miedos. Creía que los vicios de Tom nacían de la soledad y la desesperación. Y que, ahora que se habían reencontrado, su amor bastaría para rescatarlos a ambos de la oscuridad. Juntos serían mucho más fuertes y mucho más cuerdos que por separado. Mientras pensaba todas estas cosas, iba abriendo los armarios de la cocina, que estaba muy bien equipada. No sabía si él querría desayunar. Sharon, su madre, nunca quería hacerlo después de una borrachera. Prefería tomar, por ejemplo, un Brisa Marina, el cóctel a base de vodka, zumo de uva y de arándanos que —por desgracia— _____ había aprendido a preparar con aplomo a los ocho años. Sin embargo, tras comerse un desayuno de huevos revueltos, beicon y café, preparó lo mismo para Tom. No sabiendo si él sería de los que se curaban las resacas bebiendo, le preparó un cóctel Walters por si acaso. Encontró la receta en su guía de cócteles y eligió el whisky que le pareció menos caro para mezclarlo con el zumo de frutas. Cuando acabó, se sentía exultante ante esa inesperada oportunidad de malcriar a Tom. Por eso se tomó muchas molestias en prepararle la bandeja del desayuno. Incluso cortó unos tallos de perejil como decoración y los colocó junto a los gajos de naranja que había dispuesto en forma de abanico junto al beicon. Hasta se molestó en envolverle los cubiertos con una servilleta de hilo, que dobló sin demasiado éxito en forma de bolsillo. Deseó ser capaz de doblarla formando algo más impresionante, como un abanico o un pavo real, y decidió investigar el tema la próxima vez que se conectara a Internet. Seguro que Martha Stewart lo sabría. Martha Stewart lo sabía todo.
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