Capitulo 24

3842 Palabras
En cuanto sus labios entraron en contacto, ____ perdió la capacidad de razonar y se sumergió en las sensaciones. Nunca había sido tan consciente de su físico como en ese momento. La energía que había perdido su mente la ganó su cuerpo. Notó que los labios de Tom apenas se movían. Eran unos labios cálidos, húmedos y sorprendentemente suaves. No sabía si la estaba besando así por la borrachera. Era como si sus bocas se hubieran quedado pegadas. Como si su conexión, tan real como intensa, no pudiera romperse ni por un segundo. ____ no se atrevía a moverse por miedo a que él la soltara y no volviera a ser besada así nunca más en toda su vida. Él se apoyó en ella con suavidad pero con firmeza, mientras le acariciaba las mejillas con las manos. No abrió la boca, pero el sentimiento que circuló entre ellos fue muy intenso. ____ notó el latido de su corazón en sus oídos, sintió que se ruborizaba y que le aumentaba la temperatura en todo el cuerpo. Se acercó un poco más a él, eliminando la separación que quedaba entre los dos y rodeándole la espalda con los brazos. Percibió la tensión de sus músculos debajo de la camisa y su corazón latiendo contra su pecho. Pero la trataba con demasiado cuidado, con demasiada delicadeza... Ella quería más, mucho más. No supo cuánto tiempo pasó desde que empezaron a besarse, pero cuando Tom se apartó, a ____ le daba vueltas la cabeza. Había sido algo trascendente. Emocional. Durante unos instantes, había logrado satisfacer su deseo más profundo. Había sido un momento real y muy emotivo que le había provocado una marea de recuerdos y de sueños del huerto de los manzanos. Pero ese beso no se lo había imaginado. La chispa, la atracción, habían vuelto a la vida. Se preguntó si él habría sentido lo mismo. Tal vez a esas alturas de su vida ya era inmune a esos sentimientos. —Preciosa _____ —murmuró Tom, tambaleándose—, dulce como un caramelo. Se pasó la lengua por los labios como si la estuviera saboreando. Cualquier rastro de lucidez había desaparecido. Con los ojos cerrados, se desplomó contra la pared, a punto de desmayarse. Cuando _____ recobró el juicio, cosa que le llevó más de un minuto, lo arrastró hacia la habitación. Todo habría acabado bien si en ese momento él no le hubiera vomitado encima. De ella y del precioso y carísimo jersey de cachemira. Cuando acabó, el verde coche de carreras inglés había dado paso a otro tipo de verde. Ella ahogó un grito y reprimió sus propias náuseas ante la visión y el olor. Tenía el estómago muy delicado. «¡Lo tengo hasta en el pelo! Oh, dioses de las buenas samaritanas, ¡ayudadme, rápido!» —Lo siento, _____. Siento haber sido un mal chico —se disculpó Tom. Su voz le recordó a la de un niño pequeño. Ella contuvo el aliento y negó con la cabeza. —No pasa nada. Vamos. —Lo arrastró hasta el cuarto de baño y logró que se arrodillara ante el váter antes de la siguiente erupción estomacal. Mientras vomitaba, ____ se tapó la nariz con dos dedos y miró a su alrededor intentando distraerse. El cuarto de baño era elegante y muy espacioso. ¿Había una bañera donde cabían cómodamente dos personas o más? Correcto. ¿Una ducha para dos personas con una decadente función de lluvia tropical? Correcto. ¿Toallas blancas, grandes y esponjosas, perfectas para recoger vómito? Correcto. Cuando Tom acabó, ella le ofreció una toalla pequeña pero absorbente para que se secara la cara. Él gruñó e ignoró su ofrecimiento, así que _____ se inclinó hacia él y lo limpió con delicadeza antes de darle un vaso de agua para que se enjuagara la boca. Luego se lo quedó mirando. A pesar del desastre que había sido su familia y de su miedo al matrimonio, a veces se preguntaba cómo sería tener un bebé, un niño o una niña que se parecieran a ella y a su marido. Mirando a Tom, que seguía fatal, se imaginó lo que supondría ser madre y cuidar de un niño enfermo. La vulnerabilidad de Tom le llegaba al alma. Sólo la había presenciado una vez anteriormente, no hacía tanto, en su despacho, cuando había llorado por la muerte de Grace. «Grace se alegraría de saber que estoy cuidando de su hijo.» —¿Estarás bien si te dejo solo un minuto? —preguntó, apartándole el cabello de la frente. Él volvió a gruñir, sin abrir los ojos, y ____ lo interpretó como un sí. Pero le costó separarse de él. Mientras Tom gemía, ella siguió acariciándole el pelo y hablándole como si fuera un bebé. —Está bien, Tom. Todo está bien. Siempre he querido cuidar de ti, preocuparme por ti, aunque tú nunca te preocupes por mí. Cuando se convenció de que podía dejarlo solo unos minutos, fue a su dormitorio y rebuscó en sus cajones en busca de algo, cualquier cosa que pudiera ponerse. Resistiéndose al impulso de registrar el cajón de la ropa interior en busca de un trofeo que llevarse a casa —o que vender en eBay—, se apoderó de los primeros calzoncillos tipo bóxer que encontró. Eran negros y estaban decorados con el escudo del Magdalen College. Le pareció que eran demasiado pequeños para el trasero bien formado de Tom. «Hasta su ropa interior es pretenciosa», pensó, buscando una camiseta. En el cuarto de baño de invitados se quitó la ropa sucia, se metió en la ducha para lavarse el pelo de vómito y se puso su ropa. Luego trató de limpiar un poco el desastre del jersey de cachemira. Lo lavó lo mejor que pudo en el lavabo. Después lo dejó en la encimera de mármol para que se secara. Tom ya decidiría más tarde si quería llevarlo a la tintorería (o quemarlo). ____ cogió el resto de su ropa, la metió en la lavadora y volvió al cuarto de baño del dormitorio. Tom estaba sentado con la espalda apoyada en la pared, las rodillas dobladas ante el pecho y la cara escondida en las manos. Seguía gimiendo. _____ limpió el váter rápidamente y se arrodilló a su lado. No le gustaba la idea de dejarlo vestido con la ropa sucia de vómito, pero tampoco tenía ganas de desnudarlo. Probablemente él la acusaría de acoso s****l o algo parecido. Y no le apetecía enfrentarse a un profesor Kaulitz ebrio y furioso. O a un profesor Kaulitz sobrio y furioso. Como un dragón, podía revolverse y atacar si creía que alguien le estaba tirando de la cola. —Tom, te has manchado de vómito, ¿me entiendes? ¿Quieres quedarte así o...? —Dejó la frase sin acabar. Él negó con la cabeza y trató de quitarse la corbata. Por supuesto, con los ojos cerrados no tuvo mucho éxito. ____ le aflojó el nudo con delicadeza y se la sacó por encima de la cabeza. La lavó con agua y la dejó en el mármol. También iba a tener que llevarla a la tintorería. Mientras ella estaba de espaldas, él trató de desabrocharse la camisa, pero era mucho más difícil de lo que había previsto, por lo que empezó a blasfemar y a tirar de la tela, casi arrancando los botones. ____ suspiró. —Déjame a mí. Volvió a arrodillarse a su lado, le apartó las manos y le desabrochó los botones con facilidad. Tom sacó los brazos de las mangas y luego se quitó la camiseta por encima de la cabeza. Desorientado como estaba, fue incapaz de acabar de hacerlo y permaneció allí, con la camiseta enrollada alrededor de la cabeza, como un turbante. La imagen era divertida y _____ tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír. Deseó tener el móvil a mano para sacarle una foto. Le habría encantado usarla como fondo de pantalla. O como avatar, si alguna vez necesitaba uno. Liberándolo de la camiseta con delicadeza, se sentó sobre los talones y ahogó una exclamación. El pecho desnudo de Tom era impresionante. Todo su torso era un estudio de perfección. Tenía los brazos grandes y musculados. Los hombros anchos y unos pectorales bien tonificados. Cuando iba vestido, parecía mucho más esbelto, pero no había nada esbelto en el hombre que tenía delante. Absolutamente nada. Tenía también un tatuaje y eso sí que fue toda una sorpresa. Había visto fotos de Scott y de Tom sin camiseta —fotos tomadas durante vacaciones de verano antes de que ____ se mudara a Selinsgrove— y habría jurado que no tenía ningún tatuaje en esas fotos. Así que era uno reciente, hecho en los últimos seis o siete años. Se extendía por la parte izquierda de su pecho, le cubría el pezón y parte del esternón. Mostraba un dragón medieval que rodeaba un corazón de grandes dimensiones, desgarrándolo con sus zarpas. El corazón era muy realista, nada estilizado, y las garras del dragón se hundían en él con tanta saña que lo hacían sangrar abundantemente. _____ se quedó mirando embobada la perturbadora imagen. El animal era verde y n***o, con una cola con púas, grandes alas abiertas y escupía fuego por la boca. Pero lo que más le llamó la atención fueron las letras negras escritas sobre el corazón: MAIA. ¿Un acrónimo? ¿O sería Maia, un nombre propio? _____ no tenía ni idea de quién podía ser Maia o de qué podía ser MAIA. Nunca había oído ese nombre en casa de los Clark. Por otra parte, no le parecía nada propio de Tom hacerse un tatuaje. El que ella había conocido y el que estaba empezando a conocer esos días nunca se haría uno, y menos uno tan grande e inquietante. «¿Lleva un tatuaje como ése debajo de la ropa pero se pone pajarita? ¿Con un jersey?» _____ se preguntó qué otras sorpresas acechaban en la superficie de su piel y, sin querer, sus ojos se desplazaron más abajo. Incluso estando sentado, tenía los abdominales bien marcados, igual que una uve que nacía de sus caderas y se perdía bajo los pantalones de lana. «Joder. El Profesor debe de entrenar. Mucho. He cambiado de idea. Quiero una foto de sus abdominales como fondo de pantalla.» Ruborizándose, apartó la vista. No estaba bien que lo mirase de esa manera. No le gustaría que alguien hiciera lo mismo con ella, especialmente si no se encontraba bien. Sintiéndose culpable, recogió la ropa sucia y la toalla que había usado para limpiar la alfombra persa del dormitorio y lo llevó todo al lavadero. Lo metió en la lavadora, junto con la ropa de ella, llenó la cubeta del detergente y la puso en marcha. Al pasar por la cocina, cogió una jarra de agua filtrada y un vaso. En su ausencia, Tom había conseguido arrastrarse hasta la impresionante cama cubierta con una colcha de seda, que ocupaba el centro de la habitación. _____ lo encontró sentado en el borde de la misma, descalzo y vestido sólo con unos bóxers negros, con el pelo muy alborotado. «¡Madre de Dios!» Aunque probablemente no había nada más excitante en el universo que la visión de Tom semidesnudo sentado en la cama, ____ apartó la vista y dejó el agua en la mesita de noche. Quería preguntarle cómo se encontraba, pero pensó que tal vez debería darle un momento de respiro. Así que se apartó y miró a su alrededor. Y lo que vio la dejó asombrada. La afición de Tom por las fotografías en blanco y n***o se hacía patente también allí. En tres de las cuatro paredes había un par de fotos. Eran muy grandes, enmarcadas en impresionantes marcos negros. Sin embargo, lo más sorprendente era el contenido. Eran fotos eróticas, fotografías de desnudos, básicamente femeninos, aunque en algunas de ellas aparecían un hombre y una mujer juntos. Los rostros y los genitales no se veían en ninguna, o bien estaban difuminados o en sombras. Eran fotografías elegantes, hechas con muy buen gusto y estéticamente bonitas. A _____ no le parecieron obscenas, pero eran muy sensuales, mucho más sofisticadas que las fotografías pornográficas y también mucho más excitantes. Una de ellas mostraba a una pareja de perfil. Estaban cara a cara, sentados en una especie de banco. Tenían los torsos pegados y él tenía las manos enredadas en la melena rubia y larga de ella. ____ se ruborizó mientras se preguntaba si la foto habría sido tomada antes, después o mientras la pareja hacía el amor. En otra se veía la espalda de una mujer y dos manos masculinas. Una de éstas sujetaba a la mujer por el centro de la espalda. La otra la agarraba por el culo. En la cadera derecha de la mujer se veía un tatuaje, pero eran letras árabes y _____ no entendió lo que decían. Las dos fotos más grandes colgaban sobre el cabecero de la cama. Una de ellas retrataba a una mujer tumbada boca abajo. La forma de un hombre flotaba sobre ella casi como si se tratara de un ángel oscuro. Mientras le apoyaba la mano en la parte baja de la espalda, le daba un beso en el hombro. Le recordó la escultura de Rodin conocida como El sueño o El beso del ángel y se preguntó si el fotógrafo se habría inspirado en esa obra. La otra fotografía la dejó sin respiración. Era la más abiertamente erótica y _____ sintió un gran rechazo por su crudeza y agresividad. Era una visión lateral de una mujer tumbada boca abajo. Sólo se le veía desde el torso hasta la rodilla y sobre ella se cernía parte de una figura masculina. El hombre le agarraba la cadera y la nalga izquierdas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, mientras presionaba sus propias caderas contra la curva del trasero de la mujer. Él tenía un atractivo glúteo muy definido y dedos largos y elegantes. Algo en la foto la hizo sentir tan incómoda que tuvo que dejar de mirarla. ¿Por qué querría tener nadie una foto así colgada en su habitación? _____ negó con la cabeza. Aunque, después de haber visto las fotografías, una cosa le había quedado clara: al profesor Kaulitz le gustaban los culos. A juzgar por la decoración y por las obras de arte que adornaban su habitación, el dormitorio de Tom parecía tener una función muy definida: servir como caldero para su lujuria desatada. Él no hacía nada a la ligera, así que ése tenía que ser el efecto que quería conseguir, a pesar de la aparente frialdad tanto del apartamento como de su dueño. Ésta era una sensación glacial que desprendían no sólo las paredes color visón y las fotografías en blanco y n***o, sino también la seda azul claro de las cortinas, la colcha y los escasos muebles. Entre tanta sencillez, destacaba la enorme cama y su cabecero ricamente labrado, con columnas a los lados, y el pie de la cama, más bajo pero con una talla igual de intrincada. «Medieval —pensó ella—. Qué adecuado.» Pronto, algo aún más sorprendente que las fotografías captó su atención. Al ver lo que ocupaba la cuarta pared, la boca se le abrió sin poder evitarlo. Al pie de la gran cama medieval de Tom, desentonando bastante entre las fotografías eróticas en blanco y n***o, vio un cuadro prerrafaelita a todo color. Los vivos y gloriosos tonos pertenecían a una reproducción a gran escala del cuadro de Dante y Beatriz de Henry Holiday, el mismo cuadro que colgaba junto a la cama de ella. Se volvió hacia Tom y luego miró el cuadro de nuevo. Él podía verlo desde la cama. Se lo imaginó quedándose dormido cada noche contemplando el rostro de Beatriz. Era la última imagen que veía cada noche y la primera que vislumbraba por las mañanas. No sabía qué tenía ese cuadro para Tom. Él era la razón por la que ella lo había comprado. ¿Sería ella la razón por la que lo había comprado él? La idea la hizo estremecer. No importaba quién entrara en su dormitorio. No importaba qué chica fuera a calentarle la cama, Beatriz siempre estaba allí, siempre estaba presente. Pero Tom no recordaba que ella era Beatriz. Sacudiendo la cabeza para librarse de esa idea, se acercó a él y lo convenció de que se tumbara en la cama. Luego lo cubrió con la sábana y el edredón de seda y le remetió los bordes por debajo, a la altura del pecho. A continuación se sentó a su lado. Tom la estaba mirando. —Estaba escuchando música —murmuró, como si hubieran dejado una conversación a medias y la estuviera retomando. —¿Qué tipo de música? —preguntó ____, algo confusa. —Hurt, de Johnny Cash. Una y otra vez, sin parar. —¿Por qué escuchas esas cosas? —Para recordar. —Oh, Tom. ¿Por qué? ____ parpadeó para no llorar. Ésa era la única canción de Trent Reznor que podía escuchar sin sentir náuseas, pero siempre la hacía llorar. Tom no respondió. _____ se inclinó sobre él. —¿Tom? Cariño, no vuelvas a escuchar ese tipo de música, ¿me lo prometes? Ni «Lacrimosa», ni a los Nine Inch Nails. Sal de la oscuridad. Camina hacia la luz. —¿Dónde está la luz? —murmuró él. Ella respiró hondo. —¿Por qué bebes tanto? —Para olvidar. Tom cerró los ojos. De ese modo, ____ podía contemplarlo y admirarlo. Debió de ser un adolescente muy dulce, con esos grandes ojos cafeces, unos labios que pedían a gritos ser besados y aquella mata de pelo n***o tan sexy. Podría haber sido un chico tímido en vez de un chico triste y agresivo. Podría haber sido noble y bueno. Si ____ y él no se hubieran llevado tantos años de diferencia, tal vez la habría besado en el porche de su padre, la habría llevado al baile de promoción y le habría hecho el amor por primera vez sobre una manta bajo las estrellas, en el viejo huerto de manzanos. En un universo perfecto, ella habría podido ser la primera. ____ se preguntó cuánto dolor podría soportar una alma humana —la suya en concreto— sin marchitarse por completo y se levantó para marcharse. Una mano cálida salió disparada de debajo de las sábanas y la sujetó con fuerza. —No me dejes —le suplicó él con un hilo de voz. Sus ojos, entornados, le estaban suplicando que se quedara—. Por favor, _____. Sabía quién era y quería que se quedara. A juzgar por su voz y su mirada, no sólo lo quería, lo necesitaba. No podía negarse. ____ le dio la mano y volvió a sentarse a su lado. —No voy a dejarte. Duérmete. Hay luz a tu alrededor. Mucha luz. Una sonrisa apareció en los labios perfectos de Tom. Lo oyó suspirar, aliviado. La mano con que la agarraba se relajó. ____ inspiró hondo, retuvo el aire y, suavemente, le acarició las cejas con un dedo. Al comprobar que él no abría los ojos ni hacía ninguna mueca, se las siguió acariciando; primero una, luego la otra. Su madre se lo había hecho alguna vez, cuando ella no podía dormir de niña. Pero de eso hacía mucho tiempo. Había sido antes de que la abandonara para ocuparse de otros asuntos más importantes. Tom seguía sonriendo y eso le dio ánimos para mover la mano hasta su pelo. El tacto de sus mechones alborotados le trajo recuerdos de un día en una granja de la Toscana durante el año que pasó en el extranjero. Un niño italiano la había llevado a ver los campos y ____ había acariciado las puntas de las espigas con la palma de la mano. El pelo de Tom era suave como una pluma, o como las susurrantes espigas italianas. Le acarició el pelo, como debió de hacerlo Grace en el pasado. Tom permitió que le acariciara también la mejilla, que le trazara la angulosa línea de la barbilla y le rascara suavemente la barba que le empezaba a salir. Le resiguió el leve hoyuelo de la barbilla y volvió a subir la mano para rozarle los pómulos, altos y nobles. Nunca volvería a estar tan cerca de él. Si estuviera despierto, no le permitiría tocarlo de esa manera. Estaba segura de que primero le habría mordido la mano y luego la yugular. Su pecho perfecto subía y bajaba rítmicamente. Se había dormido. Se quedó contemplando su cuello, los músculos de los hombros y de la parte superior de los brazos, las clavículas y la parte superior del pecho. Si hubiera estado pálido, le habría recordado a una estatua romana tallada en mármol blanco. Pero aún conservaba el rastro del bronceado del verano anterior y su piel parecía dorada a la luz de la lámpara. _____ se besó dos dedos y los colocó sobre sus labios entreabiertos. —Ti amo, Dante. Eccomi Beatrice. —Te quiero, Dante. Soy yo, Beatriz. En ese preciso momento, sonó el teléfono fijo de Tom. ____ dio un brinco. El teléfono sonaba muy fuerte y Tom estaba empezando a moverse. El horrible ruido estaba perturbando su descanso, así que _____ respondió: —¿Diga? —¿Quién demonios es? —quiso saber una voz de mujer, aguda y sorprendida. —Es la residencia de Tom Kaulitz. ¿Quién llama? —¡Paulina llama! ¡Que se ponga Tom! El corazón de _____ se aceleró y luego se saltó un latido antes de desbocarse. Levantándose, se llevó el terminal inalámbrico hasta el cuarto de baño y cerró la puerta. —Ahora mismo no puede ponerse. ¿Es alguna emergencia? —¿Qué quiere decir que no puede? Dígale que soy Paulina y que quiero hablar con él. —Bueno, es que está indispuesto. —¿Indispuesto? Escucha bien, puta, dale la vuelta y ponle el teléfono en la mano. Llamo desde... —Ahora no puede hablar. Haga el favor de llamar mañana. —____ apretó el botón y cortó la comunicación, interrumpiendo el torrente de furiosas palabras de la mujer y sintiéndose profundamente asqueada. «Es demasiado exigente para ser un rollo ocasional. Debe de ser su amante oficial. Se habrá puesto furiosa al oírme contestar. Tal vez se enfade tanto que rompa con él.» ____ hizo una mueca. ¿Por qué tenía siempre tan mala suerte? Se quitó la toalla de la cabeza y la puso a secar. Luego regresó al dormitorio y dejó el teléfono en su sitio. No se iría a casa porque le había prometido a Tom que no lo dejaría solo, pero dormiría en la habitación de invitados. De repente, él abrió los ojos y la miró fijamente. —Beatriz —susurró, alargando la mano hacia ella. ____ empezó a temblar convulsivamente. —Beatriz —susurró él de nuevo, sin rastro de duda en sus ojos cafeces. —¿Tom? —sollozó ella.
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