Fuera por lo que fuese, no podía permitir que su compañera siguiera adelante con sus planes de seducción.
«Las manos fuera de mi tesoro, Gollum.»
Volviéndose, salió en busca de Ethan y le susurró al oído:
—Necesito tu ayuda. Está con una chica a la que no le conviene llevarse a casa, porque es una de sus alumnas. Necesito separarlo de ella antes de meterlo en el taxi.
—Yo no puedo meterme en eso —contestó Ethan encogiéndose de hombros—. Es asunto suyo.
—¿Y si el camarero le tira una copa encima y la envía al cuarto de baño? Entonces yo podría convencer a Tom para que salga del local.
—¿Crees que podrás hacerlo?
____ parpadeó unos instantes.
—No lo sé, pero seguro que me será más fácil si logramos separarlos. No creo que él sea capaz de formar pensamientos coherentes con esas tetas de plástico en la cara.
«Oh, dioses de las estudiantes de tesis que se están esforzando mucho por proteger a un amigo, ayudadme a mantener apartada a esa puta de su polla. Por favor.»
Ethan se echó a reír.
—Parece una película de intriga. De acuerdo, seguro que el camarero nos ayuda. Tiene sentido del humor. Si Kaulitz se pone difícil, dile que me llame. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Ethan hizo una llamada y momentos después le indicó a ____ que ya podía acercarse a Tom. Respirando hondo, ella enderezó la espalda y volvió junto a él. Algo le había hecho mucha gracia, porque estaba riéndose a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás y sujetándose el estómago con las manos.
____ tuvo que admitir que todavía estaba más guapo cuando se reía. Llevaba una elegante camisa de un tono verde pálido, con los dos botones superiores desabrochados, lo que dejaba a la vista un poco de vello, que asomaba como briznas de hierba bajo el manto blanco inmaculado de su camiseta. Por suerte, había abandonado la moda de los años cincuenta y se había quitado la pajarita. Llevaba una corbata de seda negra con rayas también negras, que le colgaba del cuello suelta; unos pantalones de vestir negros, bastante ajustados, y unos zapatos asimismo negros brillantes y acabados en punta.
En resumen, El Profesor estaba bebido, pero iba impecable.
—¿Profesor?
Él dejó de reír en seco y se volvió hacia ____. Al verla, le dedicó una amplia sonrisa. Parecía contento de verla. Demasiado contento.
—Señorita Mitchell, ¿a qué debo este inesperado placer? —Le
cogió la mano y se la llevó a los labios, donde la retuvo demasiado tiempo.
____ frunció el cejo. La verdad era que no parecía bebido, pero estaba comportándose de un modo extraño, demasiado amistoso, seductor incluso, sin duda a causa del alcohol. (O eso o había recibido un trasplante de personalidad de alguien encantador, pongamos por caso, Daniel Craig.)
—¿Podrías ayudarme a conseguir un taxi? Tengo que volver a casa —dijo ella y retiró la mano mientras disimulaba una mueca por lo absurdo de su excusa.
—Por ti haría cualquier cosa, señorita Mitchell. Y lo digo en serio. ¿Puedo invitarte a una copa antes? —preguntó sonriendo, mientras se sacaba un fajo de billetes del bolsillo y se los daba al camarero.
—No, gracias, ya tengo una —respondió ____, sacudiendo el smoothie bajo la nariz de Tom.
El camarero miró con escepticismo el estridente vaso de polietileno, pero se limitó a cobrar sin hacer comentarios.
—¿Por qué estás bebiendo eso? ¿Marida bien con el cuscús? —Tom volvió a reír, pero al ver que ____ se mordía el labio inferior, se detuvo en seco.
Algo bruscamente, le pasó el pulgar por el labio para que dejara de mordérselo.
—Para. No quiero que te hagas sangre. —Y sujetándole la cara con las manos, le acercó la suya. Estaban muy cerca. Demasiado cerca—. Lo del cuscús era una broma.
_____ aún estaba recuperándose de la impresión de haber tenido el pulgar de Tom entre los labios.
—Supongo que no ha tenido gracia. No es divertido reírse de la pobreza de la gente. Y tú eres una niñita muy dulce.
Ella apretó los dientes, preguntándose cuánto tiempo iba a aguantar aquella actitud condescendiente antes de largarse y dejarlos —a él y a su polla— en las garras de Christa.
—Profesor, yo...
—Estaba hablando con alguien. La conoces. Es una auténtica zorra. —La mirada embriagada de Tom barrió la sala antes de volver a centrarse en ella—. Se ha largado. Me alegro, es una bruja.
_____ asintió. Y sonrió.
—Te miró como si fueras basura, pero yo la puse en su sitio. Si vuelve a molestarte, la expulsaré. Todo irá bien, ya lo verás.
Volvió a acercar su cara a la de ella y se pasó la lengua por sus
labios perfectos muy lentamente.
—No deberías estar en un sitio como éste. Ya deberías estar durmiendo en tu camita lila, enroscada como un gatito. Un precioso gatito con grandes ojos castaños. Me encantaría acariciarte.
_____ levantó las cejas.
«¿De dónde saca esas ideas?»
—Ejem, sí, es verdad. Tengo que irme a casa ahora mismo. ¿Sales conmigo y me ayudas a parar un taxi? ¿Por favor, profesor? —Señaló hacia la salida, tratando de mantener una prudente distancia entre los dos.
Él cogió su gabardina inmediatamente.
—Lo siento. El jueves tuviste que volver sola. No volverá a ocurrir. Vamos, te llevaré a casa, gatita.
Le ofreció el brazo a la manera tradicional y _____ se cogió de él, preguntándose quién guiaba a quién. Al llegar a la calle, Ethan los estaba esperando con un taxi. Al verlos acercarse, les abrió la puerta trasera.
—Señorita Mitchell —susurró Tom, apoyándole una mano en la parte baja de la espalda.
—Pensándolo mejor, creo que iré andando —contestó ella, tratando de alejarse.
Pero él insistió, igual que Ethan, éste probablemente porque quería librarse de ellos antes de que Tom decidiera que quería seguir bebiendo y lo derribara de un puñetazo. No deseando causarle problemas a Ethan y para huir de Christa, ese Gollum que podía aparecer en cualquier momento reclamando su tesoro, ____ se metió en el taxi y se deslizó por el asiento hasta el extremo opuesto.
Tom entró tras ella. ____ trató de no respirar por la nariz para no embriagarse con los efluvios de todo el whisky escocés que había consumido. Ethan le dio un billete al taxista y cerró la puerta del taxi, despidiéndose de ____ con la mano.
—Al edificio Manulife —indicó Tom.
Ella estaba a punto de corregirlo y dar su dirección, cuando él la interrumpió:
—No has venido a Lobby a beber.
Sus ojos, que la estaban examinando de arriba abajo, se detuvieron en sus rodillas, que asomaban bajo los rotos del pantalón.
—Mala suerte. Estaba en el lugar inadecuado en un momento inoportuno.
—No lo creo —susurró él, con una sonrisita en los labios—. Creo
que tienes muy buena suerte. Y ahora que te he encontrado, yo también la tengo.
_____ suspiró. Era tarde para decirle al taxista que dieran la vuelta. Ya estaban circulando en dirección contraria. Iba a tener que asegurarse de que El Profesor llegaba a casa sano y salvo y después volver a su apartamento andando. Negando con la cabeza, dio un largo sorbo al smoothie.
—¿Me estabas espiando? —preguntó él, mirándola con desconfianza—. ¿Te pidió Rachel que lo hicieras?
—Claro que no. Volvía a casa de la biblioteca y te he visto por la ventana.
—¿Me has visto y has decidido entrar a hablar conmigo? —preguntó Tom, sorprendido.
—Sí —mintió Julia.
—¿Por qué?
—Sólo conozco a dos personas en Toronto. Tú eres una de ellas.
—Es una pena. Supongo que la otra es Paul.
Ella lo miró de reojo, pero no respondió.
—Follaángeles.
_____ frunció el cejo.
—¿Por qué lo llamas así?
—Porque eso es lo que es. O, para ser más exactos, lo que quiere ser. Pero tendrá que pasar por encima de mi cadáver. Ya puedes decírselo. Dile que si quiere follarse al ángel, que se atenga a las consecuencias.
Ella alzó una ceja ante su comportamiento medieval y su lenguaje procaz. Lo había visto borracho anteriormente, por supuesto, y sabía que en esos momentos alternaba episodios de absoluta lucidez y otros de completa locura.
«¿Y cómo se las arregla uno para follar con un ángel? Los ángeles son criaturas inmateriales, espirituales. ¡No tienen genitales, Tom! Eres un especialista en Dante, pero estás chalado.»
No tardaron mucho en llegar al bloque de pisos. Cuando el taxi se detuvo, ambos salieron a la vez. El apartamento de ____ no estaba lejos, a unas cuatro manzanas, y no tenía dinero para un taxi, así que se despidió de Tom con una sonrisa, le deseó buenas noches y se volvió, dándose una figurada palmadita en la espalda de parte de Rachel. Luego el smoothie y ella iniciaron la caminata de vuelta a su apartamento.
—He perdido las llaves —le llegó la voz de Tom, que se estaba cacheando, apoyado precariamente en una palmera de plástico—. Pero ¡he encontrado las gafas! —Le mostró su montura negra de Prada.
_____ cerró los ojos y respiró hondo. Quería dejarlo e irse. Quería delegar la responsabilidad de su bienestar en otro buen samaritano, a ser posible algún vagabundo que pasara por allí. Pero cuando vio su expresión confusa y que empezaba a deslizarse hacia el suelo, arrastrando consigo a la pobre palmera, con maceta y todo (una pobre palmera de plástico que no le había hecho daño a nadie en toda su vida), supo que no podía hacerlo. Tom había sido el niño de Grace en otra época y ella no podía dejar abandonado a ese niño. En el fondo de su corazón, ____ sabía que la amabilidad, por pequeña que fuera, nunca se perdía.
«Ni siquiera es capaz de encontrar las llaves, por el amor de Dante.» Suspirando, ____ tiró el vaso a una papelera cercana.
—Vamos —dijo, rodeándole la cintura con un brazo. Hizo una mueca cuando él le rodeó a su vez los hombros y le dio un apretón con demasiada familiaridad.
Entraron en el vestíbulo inclinándose como un galeón en una tormenta. El conserje los vio y los dejó entrar, abriendo la puerta desde su puesto con el automático. Cuando llegaron al ascensor, el whisky pareció castigar a Tom con más fuerza. Permaneció con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, gruñendo de vez en cuando.
____ aprovechó el momento para buscar las llaves en sus bolsillos. En cuanto consiguió arrancarle de las manos su preciada gabardina Burberry, las encontró en seguida.
—Me has buscado en un bar y me has llevado a casa, gatita traviesa. Pensaba que no te llevabas a casa a hombres que habías conocido en bares.
Incluso estando borracho, el profesor Kaulitz seguía siendo un idiota.
—No te he llevado a mi casa, profesor. Te he acompañado a la tuya para ayudarte. Pero como sigas comportándote así, voy a soltarte y te caerás —murmuró ella, cada vez más enfadada.
Tras varios intentos, ____ dio con la llave y abrió la puerta. Lo ayudó a entrar y sacó la llave de la cerradura. Estaba a punto de dejarlo allí, cuando él murmuró que se estaba mareando. Se lo imaginó ahogándose en su propio vómito, muerto en el baño, solo y
sin amigos, como una estrella del rock en horas bajas, y decidió quedarse. Esperaría hasta que estuviese en la cama y se aseguraría de que no vomitara (y se ahogara). Dejó las llaves y la gabardina sobre el mueble del recibidor. Luego se quitó el abrigo y lo puso encima de su maletín.
Tom estaba apoyado en la pared, con los ojos cerrados, así que no había peligro de que se diera cuenta de que seguía llevando su jersey, como si fuera una adolescente enamorada.
—Vamos, profesor.
_____ lo apoyó en su hombro y lo ayudó a recorrer el pasillo.
—¿Adónde me llevas? —preguntó él, abriendo un ojo.
—A la cama.
Tom se echó a reír, se apoyó en la pared y separó las piernas para mantener el equilibrio.
—¿Qué te parece tan gracioso?
—Tú, señorita Mitchell —respondió en un ronco susurro—. Me llevas a la cama y ni siquiera me has besado. ¿No crees que deberíamos empezar con algún que otro beso? Luego podríamos hacer manitas un par de noches en el sofá y a partir de allí ya pasaríamos a la cama. Ni siquiera he tenido la oportunidad de acariciarte, gatita traviesa. Eres virgen, no lo olvides.
_____ se enfureció, especialmente por el último comentario.
—Tú no has hecho manitas en tu vida. Y no te llevo a la cama, idiota. Te acompaño hasta allí para que puedas dormir la mona. Vamos, basta de cháchara.
—Bésame, ____. Dame un beso de buenas noches. —Tom la estaba mirando fijamente. Su voz se había convertido en un murmullo aterciopelado—. Y te prometo que luego me iré a la cama como un niño bueno. Y tal vez, si te portas bien, dejaré que tú te acurruques a mi lado como una gatita buena.
Ella ahogó una exclamación. En ese momento no parecía borracho. Tenía un aspecto bastante lúcido y la estaba acariciando con la mirada, deteniéndose más tiempo del necesario en la zona del pecho. Tom se pasó la lengua por los labios.
«Ahora viene la sonrisa seductora... Va a llegar en cinco, cuatro, tres, dos, uno... ahí está.» (Menos mal que en su actual estado de ánimo, _____ era inmune a las sonrisas derretidoras.)
Soltándolo inmediatamente, dio un paso atrás y apartó la vista. No podía permitírselo. Mirarlo directamente cuando sonreía era como mirar el sol sin protección. Tom dio un paso hacia ella. La espalda
de _____ chocó contra la otra pared del pasillo. Estaba atrapada. Él se acercó un poco más.
____ abrió mucho los ojos. La estaba acechando. Y parecía hambriento.
—Por favor... no... no me hagas daño.
Tom frunció el cejo, levantó las manos y le sujetó la barbilla para que lo mirara directamente a los ojos, que le brillaban atrevidos.
—Nunca —dijo y la besó.