A pesar de lo que Rachel le había dicho, era muy posible que tuviera novia. Recordó que le había asignado a la tal Paulina el tono de llamada de las campanadas de Big Ben. ¿Viviría en Londres? ¿Sería inglesa? ¿O tendría alguna relación con el repique de las campanas? Buscó la historia del Big Ben en la Wikipedia, pero no encontró nada particularmente revelador. (Lo que suele suceder muchas veces con Wikipedia.)
_____ no era tan inocente como Tom pensaba. Sabía que él no era virgen. Ya no lo era cuando lo conoció. Pero una cosa era saberlo y otra que te lo restregaran por la cara.
Pensó en él y Paulina, o en él y cualquier otra chica sin rostro, piel con piel, entrelazados. Se lo imaginó besándola en los labios, explorando su cuerpo con la boca, las manos, los ojos. Vio a Tom dando y recibiendo placer físico de una rubia alta y perfecta. Se lo imaginó en éxtasis, gritando el nombre de la chica y mirándola a los ojos mientras alcanzaba el clímax. Pensó en él convirtiéndose en un solo ser con otra alma, perteneciendo a otra mujer. Esa mujer, ¿lo amaría? ¿Sería amable con él? ¿Querría que se convirtiera en mejor persona o sólo desearía disfrutar de su cuerpo, su pasión, su naturaleza animal? ¿Le importaría si detrás de sus preciosos ojos cafeces se escondía el alma de un hombre herido, desaparecido, necesitado de redención y de cura? ¿O procuraría arrastrarlo aún más hacia las profundidades, atrayéndolo con su cuerpo y con sus largas uñas?
La sola idea de Tom llevándose a otra mujer, a cualquier mujer, a su cama —ya no digamos a su alma— le resultaba muy dolorosa. Pero la idea de que esa mujer calentara su cama más de una noche era absolutamente devastadora. Porque ____ llevaba toda la vida queriendo ser ella.
A pesar de sus ideas tristes y sórdidas no era capaz de quitarse el jersey verde de cachemira. Se lo llevó puesto a la biblioteca y pasó las horas envuelta en su calor y en el aroma de Tom. Se temía que eso iba a ser lo más cerca que conseguiría estar de él.
Olvidándose por un tiempo del CD de Paul, se puso a escuchar a Yael Naim. Le encantaba la canción Far Far, aunque no tenía ni idea de si la letra era adecuada a su situación. ____ se había pasado casi toda la vida esperando que le pasara algo bueno, guardándose sueños y esperanzas muy dentro del alma. Pero pronto llegaría el día en que tendría que encargarse personalmente de que esas cosas buenas sucedieran.
La música era suave y relajante y le permitió avanzar mucho en la propuesta hasta la hora de cierre de la biblioteca.
Al salir, se puso los auriculares y pasó de largo el carrito de los perritos calientes, decidiéndose por una cena líquida. Se compró un smoothie de mango, el más grande, y regresó a casa andando, bebiendo y pensando. Como iba distraída preguntándose dónde estaría Tom y qué andaría haciendo, casi no vio a Ethan, que la saludó al pasar ella junto a la larga cola de gente que aguardaba para entrar en Lobby.
—Hola, Ethan —lo saludó, quitándose los auriculares.
Él le hizo un gesto para que se acercara.
—Hola, ____. Gracias otra vez por ayudarme a escribirle a Rafaela. Le encantó. —Si Ethan hubiera sido capaz de ruborizarse, lo habría hecho en ese momento. Sonrió con los ojos brillantes—. Me está enseñando italiano.
Ella se echó a reír, encantada de verlo tan feliz.
—¿Cómo van las cosas? Mucha gente, ¿eh? —comentó, señalando la cola.
—Ahora dejaré entrar a unos cuantos más, pero antes tengo que sacar a alguien.
—Vaya, eso suena amenazador.
Ethan negó con la cabeza.
—Tu amigo está dentro. Nunca lo había visto tan borracho. El camarero se niega a seguir sirviéndole copas y eso significa que tengo que sacarlo a la fuerza y meterlo en un taxi.
_____ alzó mucho las cejas.
«¿Tom está aquí? ¿Y Paulina?»
—Lo he intentado solo y casi me ha dado un puñetazo. Estoy esperando que alguien me sustituya aquí para ir a buscarlo, pero voy a necesitar refuerzos. A no ser que me ayudes tú —dijo, mirándola con admiración—. Creo que podrías convencerlo de que salga voluntariamente.
Ella negó con la cabeza con brusquedad.
—¿Estás de broma? No me haría ningún caso. Ni siquiera somos amigos.
—No es ésa la impresión que me dio, pero no pasa nada. Lo entiendo. —Se encogió de hombros y miró la hora.
____ bebió un poco más de smoothie y se acordó de la promesa que le había hecho a Rachel. Se preguntó si ése sería uno de esos casos en que estaba moralmente obligada a intervenir.
«¿Y si no hago nada y Tom acaba en la cárcel? Él se ha esforzado por ser amable conmigo esta semana. No puedo ignorarlo. Me traería mal karma.»
—Ejem, bueno, puedo intentarlo. A ver si quiere salir por las buenas —dijo, no muy convencida—. No me gustaría que acabara detenido.
—A mí tampoco. Nos gusta que nuestros vips estén contentos. Pero no ha parado de beber un whisky doble tras otro desde que ha llegado. No podemos seguir sirviéndole más. Tal vez a ti te escuche. Lo que tiene que hacer es irse a casa a dormir.
Ethan apartó el cordón de terciopelo para que pasara.
—No voy vestida para entrar ahí —se excusó ___, mirándose las zapatillas deportivas, los vaqueros rotos y el jersey de Tom, que olía de manera deliciosa, pero que le quedaba demasiado grande.
—Vas bien, pero escucha, si está demasiado borracho y no te ves capaz de tratar con él, vuelve en seguida. No es fácil de controlar cuando ha bebido tanto.
____ sabía de lo que era capaz Tom cuando estaba borracho, pero se recordó que con ella había sido muy dulce aquella noche, años atrás.
Entró en el club esperando que nadie la reconociera. Se deshizo la coleta y se tapó la cara con el pelo, usándolo como un velo para mantenerse a salvo de miradas curiosas. Elevó una oración desesperada a los dioses de las coctelerías y bares de copas para que mantuvieran a distancia a Brad Curtis, MBA, vicepresidente de mercados de capitales. No quería que la viera vestida así. Se abrochó los botones de su chaquetón verde militar porque no quería que Gabriel descubriera que seguía llevando su jersey.
No le costó mucho localizarlo. Estaba sentado en el bar, charlando con una atractiva morena que quedaba de espaldas a ____. Tom no estaba mirando a la mujer que tenía una mano enredada en su pelo y que lo estaba atrayendo hacia ella por la corbata, sino el vaso vacío. No parecía contento, pero eso probablemente tuviese más que ver con el estado de su copa que con otras cosas.
Desde su observatorio privilegiado, a varios metros de distancia, vio que la Kaulitz adicta, que prácticamente estaba sentada en su regazo y metiéndole los pechos en la cara, no era otra que Christa Peterson. Mierda. ¿Pensaría llevársela Tom a casa?
_____ supo que, en ese momento, la única que podía cuidar de él era ella. Si Tom se acostaba con Christa no sólo estaría violando la política de no confraternización y poniendo su carrera académica en peligro, sino que se vería envuelto en una incómoda relación con la joven que esperaba convertirse en la señora Kaulitz. Y no podía olvidar que era muy posible que Christa estuviera tratando de seducirlo para vengarse de cómo Tom la había tratado en el Starbucks por defenderla a ella.