El viejo señor Krangel miró por la mirilla y no vio nada fuera de lo común. Había oído a un hombre y a una mujer discutiendo, pero ahora no se veía a nadie. Incluso había oído un nombre: Beatriz. No sabía que hubiera una Beatriz en el rellano. En esos momentos, éste parecía desierto.
Ya había salido de casa una vez ese día. Había tenido que devolverle a su anónimo vecino el periódico, que habían dejado en su puerta por error. Los Krangel no estaban suscritos a ningún diario, pero la señora Krangel padecía demencia senil y lo había cogido sin darse cuenta.
Algo molesto por haber visto interrumpida la paz de la mañana del domingo por una kemfn en el rellano, el señor Krangel abrió la puerta y asomó su anciana cabeza. A unos quince metros de distancia vio a un hombre apoyado en la puerta del ascensor. Le temblaban los hombros.
Aunque muy incómodo ante el patético espectáculo, fue incapaz de apartar la vista. No lo reconoció y no le pareció que fuera el mejor momento para presentarse. Sin duda, un adulto que salía al rellano descalzo y medio desnudo para hacer... lo que fuera que estuviera haciendo, no era alguien a quien deseara conocer. Los hombres de su generación no lloraban nunca. Claro que tampoco se quitaban los calcetines para salir de casa. A menos que fueran... raros. O vivieran en California.
El señor Krangel se metió en casa, cerró la puerta con llave y telefoneó al conserje para avisarle de que en el rellano había un hombre descalzo que acababa de tener una kemfn a gritos con una mujer llamada Beatriz.
Tardó cinco minutos en explicarle qué era una kemfn. Luego se quejó de eso durante un buen rato, culpando al sistema educativo de Toronto y a sus materias basadas en la cultura cristiana.
Estaban casi a finales de octubre y el tiempo en Toronto era frío. ____ no llevaba jersey debajo del abrigo y caminar hasta su casa no fue una experiencia agradable. Mientras lo hacía, se rodeó el pecho con los brazos, secándose las lágrimas de vez en cuando. Eran lágrimas de enfado y resignación.
La gente que se cruzaba con ella le dirigía miradas compasivas. Muchos canadienses eran así. Compasivos pero educadamente distantes. ____ les agradeció su sentimiento y todavía más que no se detuvieran a preguntarle qué le pasaba. Su historia era demasiado larga y complicada para explicarla en un momento.
Ella nunca se preguntaba por qué le pasaban cosas malas a la gente buena, porque ya sabía la respuesta: a todo el mundo le pasan cosas malas. No consideraba que eso sirviera de excusa para hacerle daño a otro, pero si había una experiencia que todos los seres humanos compartían era la del sufrimiento. Nadie se iba de este mundo sin haber derramado alguna lágrima, sin haber sentido dolor o haberse sumido en un pozo de tristeza. ¿Por qué debería ser distinta su vida? ¿Por qué debería esperar un trato de favor? Hasta la madre Teresa había sufrido, y eso que era una santa.
No se arrepentía de haber cuidado de El Profesor mientras estaba borracho, por mucho que su buena acción hubiera sido recompensada con un castigo en vez de con un premio. Si uno creía que la amabilidad nunca se perdía, tenía que actuar en consecuencia, incluso cuando le echaban su amabilidad en cara.
De lo que se avergonzaba era de haber sido tan idiota, tan estúpida, tan ingenua de creer que él la seguiría recordando después de la borrachera y que las cosas entre ellos volverían a ser como antes (aunque en realidad nunca habían sido de ninguna manera). Sabía que se había dejado llevar por su fantasía y que se había inventado un cuento de hadas sin tener en cuenta el mundo real y al Tom real. «Pero por un instante, fue real. La chispa seguía viva. Cuando me besó y me acarició, la electricidad seguía estando allí. Tiene que haberla sentido él también. Es imposible que haya existido sólo en mi cabeza.»
____ se obligó a no seguir por ese camino, recordándose que acababa de empezar una dieta libre de Kaulitz.
«Ha llegado el momento de crecer. Se acabaron los cuentos de hadas. En septiembre no te reconoció y ahora tiene a Paulina.»
Al llegar a su agujero de hobbit, se dio una larga ducha y se puso el pijama de franela más viejo y suave que tenía. Era rosa pálido con un estampado de patitos de goma. Tiró la camiseta de Tom a la parte de atrás del armario, esperando olvidarse de ella, se hizo un ovillo en la cama, abrazada al conejito de terciopelo, y se durmió, exhausta física y emocionalmente.
Mientras ella dormía, Tom estaba luchando contra la resaca y contra el impulso de sumergirse en una botella de whisky escocés y no volver a salir a la superficie. No la había perseguido. No había bajado a trompicones treinta pisos por la escalera. No había esperado el siguiente ascensor para perseguirla por la calle. No. Se había tambaleado hasta el salón, donde se había dejado caer en una butaca para revolcarse en las náuseas y el odio hacia sí mismo. Se maldijo por la brusquedad con que la había tratado, no sólo esa mañana, sino desde el primer día del seminario. Una brusquedad mucho más odiosa por el hecho de que ella la había tolerado en silencio, con una paciencia digna de una santa, sabiendo en todo momento quién era y lo que significaba para él. «¿Cómo puede haber estado tan ciego?» Pensó en la primera vez que la vio. Acababa de regresar a Selinsgrove deprimido y desesperado. Pero Dios había intervenido. Como un auténtico deus ex máchina le había enviado un ángel para rescatarlo del infierno. Un ángel delicado, de ojos castaños, vestido con vaqueros y zapatillas deportivas, con un rostro hermoso y una alma pura, que lo había consolado en la oscuridad y le había dado esperanza. Un ángel que parecía apreciarlo sinceramente, a pesar de todos sus defectos. «Ella me salvó.» Y, por si fuera poco, ese ángel había aparecido una segunda vez, justo el día en que había perdido la otra poderosa fuerza del bien que existía en su vida: Grace. El ángel se había sentado en su clase, recordándole que existía la verdad, la belleza, la bondad. Y él había respondido hablándole mal y amenazándola con expulsarla del curso. Y esa mañana había vuelto a tratarla con crueldad y la había comparado con una puta.
«El follaángeles soy yo. He jodido al ángel de ojos castaños.» Maldiciendo la ironía de quien lo había bautizado con el nombre de un arcángel, se dirigió a la cocina a buscar la nota. Con el frágil y hermoso mensaje en la mano, vio su propia fealdad. Era una fealdad interna, del alma. La nota de ___, del mismo modo que la bandeja del desayuno, contrastaba con el pecado de Tom de un modo imposible de ignorar. Ella no se lo podía haber imaginado en ese momento, pero las palabras que había pronunciado estando con Paul, una semana atrás, cobraron más sentido que nunca. A veces, cuando la gente no obtenía
respuesta a sus gritos, podía oír el eco de su propio odio. A veces, la bondad era suficiente para dejar en evidencia a la maldad. Dejando caer la nota, Tom enterró la cara entre las manos y se echó a llorar. Cuando ____ se despertó al fin, eran más de las diez de la noche. Bostezó y se estiró. Tras prepararse un triste tazón de gachas instantáneas y lograr tomarse casi un tercio, escuchó el buzón de voz. Había apagado el móvil al llegar a casa de Tom la noche anterior, porque esperaba una llamada de Paul y no estaba de humor para hablar con él, ni entonces ni ahora. Sabía que probablemente la animaría a hacerlo, pero lo único que quería en esos momentos era estar sola para lamerse las heridas, como un cachorro al que le hubieran dado una paliza.
Con el ánimo por los suelos, ____ revisó sus mensajes, buscando primero los más antiguos. Frunció el cejo al darse cuenta de que tenía la memoria llena. Nunca le había pasado antes. Las únicas personas que la llamaban eran su padre, Rachel y Paul y sus mensajes siempre eran breves.
«Hola, ____, soy yo. Es sábado por la noche y la conferencia ha ido muy bien. Te llevo un recuerdo de Princeton. No te preocupes, es pequeño. Supongo que estarás en la biblioteca, trabajando. Llámame luego. [Silencio elocuente.] Te echo de menos.» ____ suspiró. Borró el mensaje y pasó al siguiente, que también era de Paul. «Hola, ____. Vuelvo a ser yo. Es domingo por la mañana. Supongo que no llegaré muy tarde esta noche. ¿Quieres que cenemos juntos? Hay un restaurante de sushi no muy lejos de tu casa. Llámame. Te echo de menos, Conejito.» Tras borrar el segundo mensaje, ____ le escribió un mensaje de texto, diciéndole que estaba griposa y que prefería no salir de la cama. Le avisaría cuando se encontrara mejor y esperaba que llegara a casa sano y salvo. No le dijo que lo echaba de menos. El siguiente mensaje era de un número local desconocido.
«________... ejem, ___. Soy Tom. Yo... Por favor, no cuelgues. Sé que soy la última persona con la que quieres hablar ahora mismo, pero llamo para arrastrarme. De hecho, estoy delante de tu edificio, bajo la lluvia. Estaba preocupado por ti y quería asegurarme de que habías llegado bien a casa.
»Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo. Volvería a esta mañana
y te diría que nunca había visto nada tan bonito como tú, feliz, bailando en mi salón. Te diría que soy el hombre más afortunado del mundo porque me rescataste y te quedaste a mi lado toda la noche. Que soy un idiota que lo jode todo y que no me merezco tu amabilidad. En absoluto. Sé que te he hecho daño, ___, y lo siento. [Respiración profunda.] No debí dejarte marchar esta mañana. No de esa manera. Tenía que haber salido corriendo detrás de ti y haberte suplicado que te quedaras. La he cagado, ___. La he cagado bien.
»Debería haberme humillado. Y eso es lo que pretendo hacer ahora. Por favor, sal a la calle para que pueda disculparme. Mejor no. No salgas. Pillarás una pulmonía. Sólo ven hasta la puerta y escúchame a través del cristal. Estaré aquí, esperándote. Te dejo mi número de móvil...»
___ frunció el cejo y borró el mensaje sin molestarse en anotar su número. Sin cambiarse de ropa, vestida con el pijama de patitos de goma, salió del apartamento y se acercó a la puerta de la calle. No tenía ninguna intención de escuchar las excusas de Tom. Sólo quería comprobar si seguía allí, bajo la lluvia y el frío. Apoyó la nariz contra el vidrio, empañándolo, y trató de ver en la oscuridad. Ya no llovía y no había ningún profesor a la vista. Se preguntó cuánto rato habría esperado. Se preguntó si habría ido hasta allí sin paraguas. Enderezando la espalda, se dijo que no le importaba. «Que pille una pulmonía. Se lo tiene merecido.» Al volverse, se dio cuenta de que había un ramo de jacintos apoyado en uno de los pilares del porche de la entrada. Tenía un gran lazo rosa y lo que parecía una tarjeta Hallmark en el centro. En el sobre le pareció que ponía «___».
«¿En serio, profesor Kaulitz? No sabía que hubiera tarjetas Hallmark para estas ocasiones. ¿Qué pone? “¿Para la estudiante de tesis que eché de casa a gritos después de decirle que quería acariciarla como a un gatito y de vomitarle encima?”»
___ regresó al apartamento, negando con la cabeza y murmurando entre dientes. Acomodándose en la cama con el portátil, buscó en Internet el significado de los jacintos lila, por si Tom —o su florista— trataba de enviarle un mensaje subliminal. En una página web sobre horticultura, encontró lo siguiente: «Los jacintos lila simbolizan el dolor, el arrepentimiento, una disculpa».
«Ya, bueno, si no te hubieras comportado como un cabronazo conmigo, ahora no tendrías que comprar jacintos para suplicar que te
perdonara. Gilipollas.» Sacudiendo la cabeza, furiosa, dejó el ordenador a un lado y escuchó el último mensaje. Era también de Tom y lo había dejado hacía poco rato.
«___, quería decirte esto en persona, pero no puedo esperar más. No puedo esperar más.
»Esta mañana no quería llamarte puta. Te lo juro. Ha sido una comparación horrible y nunca debí decirlo, pero no quería llamarte puta. Me molesta mucho verte de rodillas. No te imaginas cuánto. Deberías ser adorada, venerada, tratada con dignidad. Nunca deberías estar de rodillas, ___, ante nadie. Lo que pienses de mí no importa, pero nunca te olvides de eso. Es la verdad.
»Debería haberme disculpado por lo que te dijo Paulina. Acabo de dejarle las cosas claras y me ha pedido que me disculpe de su parte. Ella y yo tenemos una... ejem... [tos] es complicado. No creo que te cueste imaginarte por qué llegó a la conclusión a la que llegó. Todo tiene que ver con mi historial y nada con el tuyo. Siento que te faltara al respeto. No volverá a pasar. Te lo prometo.
»Gracias por prepararme el desayuno esta mañana. [Pausa muy larga.] Ver la bandeja me ha afectado mucho. No puedo expresarlo con palabras. ___, nadie había hecho algo así para mí antes. Nadie. Ni Grace, ni un amigo, ni una amante, nadie... Has sido buena, amable y generosa conmigo y yo... he sido egoísta y cruel. [Se aclara la garganta.]
»Por favor, ___. [La voz se le vuelve ronca.] Tenemos que hablar de la nota. La tengo en la mano y no voy a soltarla. Hay cosas importantes que he de contarte. Son cosas graves, de las que no quiero hablar por teléfono. Siento mucho lo que ha pasado esta mañana. Es culpa mía y me gustaría mucho arreglarlo. Por favor, dime qué puedo hacer para arreglarlo y lo haré. Llámame.»
Una vez más, ___ borró el mensaje y una vez más no guardó su número de móvil. Apagó el teléfono y lo dejó junto al portátil en la mesita plegable. Luego volvió a la cama y trató de quitarse la voz triste y torturada de Tom de la cabeza. No salió del apartamento ni al día siguiente ni al otro. Pasó todo el tiempo vestida con distintos pijamas de franela, tratando de distraerse con música a todo volumen o leyendo novelas de Alexander McCall Smith. Las historias de Edimburgo eran sus favoritas. Eran alegres, tenían un poco de misterio y eran inteligentes. Le gustaba su estilo. Le parecía reconfortante. Leer sus novelas solía despertarle el apetito por todo lo escocés, desde las gachas a las galletas Walker de
mantequilla o el queso cheddar de la isla de Mull, no necesariamente en ese orden. Aunque acababa de vivir una experiencia muy traumática junto a Tom, especialmente dolorosa después de haber pasado la noche entre sus brazos, estaba decidida a no permitir que él la destruyese psicológicamente. Sabía lo que era que alguien hiciera algo así. De hecho, Tom ya la había destrozado psíquicamente una vez. Y ___ se había jurado que no volvería a pasar.
Por eso, tomó tres decisiones:
La primera, que no dejaría de ir a sus clases, porque necesitaba el seminario para sus créditos.
La segunda, que no iba a abandonar ni iba a regresar a Selinsgrove con el rabo entre las piernas.
Y la tercera, que buscaría a otro director de proyecto y que presentaría la documentación lo antes posible, a espaldas de Kaulitz.
El martes por la noche, volvió a encender el móvil y a revisar los mensajes de voz. La memoria volvía a estar llena. Puso los ojos en blanco al comprobar que el primer mensaje era de Tom. Lo había dejado el lunes por la mañana.
«______... te dejé algo anoche en el porche. ¿Lo viste? ¿Leíste la tarjeta? Por favor, léela.
»Por cierto, llamé a Paul Norris para que me diera tu número de móvil. Me inventé una excusa. Le dije que tenía que comentarte un tema del proyecto, por si te pregunta algo.
»¿Sabes que te dejaste el iPod? Lo he estado escuchando. Me sorprendió que tuvieras a Arcade Fire. He estado escuchando Intervention. Me ha extrañado que a alguien tan feliz y equilibrado como tú le guste una canción tan trágica. Quisiera devolverte el iPod en persona.
»Y me gustaría que hablaras conmigo. Grítame, insúltame, maldíceme, tírame cosas a la cara, pero no me castigues con este silencio, _______, por favor. [Gran suspiro.] Sólo te pido unos minutos de tu tiempo. Por favor, llámame.»
___ borró el mensaje y se dirigió al porche, vestida con un pijama de franela a cuadros escoceses. Cogió la tarjeta que acompañaba al ramo; la rompió en mil pedazos y tiró los trozos al otro lado de la valla. Luego tiró también los jacintos, ya muy marchitos. Tras inspirar el aire fresco de la noche, cerró la puerta con rabia y volvió a casa.
Cuando estuvo más calmada, escuchó el siguiente mensaje, que también era de Tom. Se lo había dejado esa tarde.
«_______, ¿sabías que Rachel está de viaje en una isla canadiense perdida de la mano de Dios? No tiene acceso a Internet ni cobertura de teléfono. Tuve que llamar a Richard, por el amor de Dios, porque no contestaba al teléfono. Quería ponerme en contacto con ella para que se pusiera en contacto contigo, ya que no respondes a mis mensajes.
»Estoy preocupado por ti. He preguntado y nadie te ha visto, ni siquiera Paul. Voy a enviarte un correo electrónico, pero será formal, porque la universidad tiene acceso a mi cuenta. Espero que escuches esto antes de que te llegue el correo, o pensarás que vuelvo a ser el mismo idiota de siempre. No lo soy, pero tengo que sonar como un pomposo en un mensaje oficial. Si me respondes, ten en cuenta que cualquier m*****o de la administración puede leer esos correos. Ten cuidado con lo que dices.
»Te veré mañana en el seminario. Si no vas, llamaré a tu padre y le pediré que te localice. No sé dónde estás. No sé si estás en un autocar de camino a Selinsgrove. Por favor, llámame. Estoy haciendo un gran esfuerzo para no ir a tu casa. [Larga pausa...]
»Sólo quiero saber que estás bien. Dos palabras, ___. Envíame dos palabras diciéndome que estás bien. Es lo único que pido.»
___ encendió el ordenador y revisó el correo de la universidad. En la bandeja de entrada, esperando como una bomba de relojería, estaba el mensaje del profesor Tom J Kaulitz: