Capitulo 28

2643 Palabras
Querida señorita Mitchell: Necesito hablar con usted sobre un tema bastante urgente. Por favor, contacte conmigo lo antes posible. Puede llamarme al siguiente número de móvil: 416-555-0739. Saludos, Prof. Tom J. Kaulitz Profesor Departamento de Estudios Italianos/ Centro de Estudios Medievales Universidad de Toronto ___ borró tanto el correo electrónico como el mensaje de voz sin pensarlo ni un momento. Luego le escribió un correo a Paul, explicándole que todavía no se encontraba lo bastante recuperada como para asistir al seminario del día siguiente y pidiéndole que informara a El Profesor. Le agradeció los correos que le había enviado y se disculpó por no haber respondido antes. Para acabar, le preguntó si le gustaría acompañarla a visitar la exposición sobre arte florentino que presentaba el Royal Ontario Museum cuando se recuperara. Al día siguiente, pasó casi toda la tarde redactando un correo provisional para la profesora Jennifer Leaming, del Departamento de Filosofía. La profesora Leaming era especialista en santo Tomás de Aquino y también estaba interesada en Dante. Aunque ___ no la conocía personalmente, Paul había asistido a una de sus clases y le había gustado mucho. Era joven, divertida y muy popular entre los estudiantes, todo lo contrario que el profesor Kaulitz. ___ esperaba que aceptara dirigir su proyecto y en el correo se lo planteaba como una posibilidad. Le habría gustado consultarlo con Paul, pero sabía que éste asumiría que Kaulitz la había expulsado y que se enfrentaría con él por su culpa. Así que envió el correo a la profesora Leaming esperando que recibiera su propuesta de buena gana y que respondiera rápidamente. Cuando esa noche volvió a revisar su buzón de voz, se encontró con un nuevo mensaje de Tom: «______, es miércoles por la noche. Te he echado de menos en el seminario. Tu sola presencia es capaz de iluminar una sala, ¿lo sabes? Siento no habértelo dicho antes. »Paul me ha dicho que estás enferma. ¿Puedo llevarte algo? ¿Caldo de pollo? ¿Helado? ¿Zumo de naranja? Puedo hacer que te lo lleven a casa. No tendrías que verme. Por favor, déjame ayudarte. Me siento muy mal sabiendo que estás sola y enferma en tu apartamento, sin poder hacer nada. »Al menos sé que estás en casa, a salvo, y no en un autocar en alguna parte. [Una pausa... Se aclara la garganta.] »Recuerdo haberte besado. Y recuerdo que tú me devolviste el beso. Lo hiciste, ___. Lo sé. ¿No lo notaste? Hay algo entre nosotros. O al menos, lo hubo. »Por favor, necesito hablar contigo. No esperarás que justo después de descubrir tu identidad, vaya a actuar como si no existieras. Tengo que explicarte unas cuantas cosas. Bastantes. Llámame, por favor. Sólo te pido una conversación. Creo que me la debes.» El tono de los mensajes de Tom había ido aumentando en desesperación. ___ apagó el teléfono, suprimiendo al mismo tiempo su empatía innata. Sabía que la universidad podía acceder al correo de Tom, pero en esos momentos le daba igual. Sólo quería que parara de dejarle mensajes en el buzón de voz. No iba a poder seguir adelante con su vida si no dejaba de molestarla. Y no daba la sensación de que fuera a rendirse pronto. Por eso le escribió un correo a su cuenta de la universidad, volcando todo su enfado y su dolor en cada palabra: Dr. Kaulitz: Deje de acosarme. Ya no quiero nada con usted. No quiero conocerlo. Si no me deja en paz, me veré obligada a presentar una demanda por acoso. Y eso es lo que haré si se pone en contacto con mi padre. Inmediatamente. Si cree que voy a permitir que algo tan insignificante me aparte de mis estudios, está muy equivocado. Necesito otro director de proyecto, no un billete de vuelta. Saludos, Señorita ____ H. Mitchell (H: Helena :) ) Humilde Estudiante del curso de doctorado, que pasa de rodillas más tiempo que cualquier puta. P. D.: Devolveré la beca M. P. Kaulitz la semana que viene. Felicidades, profesor Abelardo. Nadie me ha humillado tanto como usted el domingo pasado. ___ apretó el botón de ENVIAR sin releer el mensaje. Para reforzar su rebelión, se tomó dos chupitos de tequila y puso la canción All the Pretty Faces, de The Killers. A todo volumen y con repetición. Fue un momento Bridget Jones total. Agarró un cepillo del baño y empezó a cantar como si fuera un micrófono y a bailar dando brincos por la habitación, con su pijama de franela con estampado de pingüinos. Tenía un aspecto bastante ridículo. Y se sentía extrañamente... peligrosa, desafiante, rebelde. En los días que siguieron al enfadado correo de ___, El Profesor interrumpió todo contacto. Cada día, esperaba tener noticias suyas, pero no llegaba nada. Hasta el martes siguiente, cuando recibió otro mensaje de voz. «_______, estás dolida y enfadada, lo entiendo. Pero no permitas que tu enfado te impida disfrutar de algo que te has ganado siendo la estudiante con las calificaciones más brillantes de todos los que se presentaron al curso de doctorado de este año. Por favor, no renuncies a un dinero que te permitirá volver a casa y visitar a tu padre sólo porque yo haya sido un idiota. »Siento haberte humillado. Estoy seguro de que cuando me llamaste Abelardo no lo hiciste como un halago, pero lo cierto es que a Abelardo le importaba Eloísa, igual que a mí me importas tú. Así que, en ese sentido, nos parecemos. Y él le hizo daño, igual que yo te he lastimado a ti. Pero se arrepintió mucho después. ¿Has leído las cartas que le escribió? Lee la sexta y dime luego si has cambiado de opinión sobre él... y sobre mí. »Es la primera vez que se concede la beca porque nunca había conocido a nadie que fuera lo bastante especial como para recibirla hasta que te conocí. Si la devuelves, el dinero se quedará en el banco y nadie se beneficiará de él. No permitiré que vaya a parar a nadie más, porque te pertenece. »Estaba tratando de sacar algo bueno de algo malo. Pero he fracasado igual que en todo lo demás. Todo lo que toco se contamina... Se destruye. [Larga pausa...] »Hay algo que puedo hacer por ti y es ayudarte a encontrar otro director de proyecto. La profesora Katherine Picton es amiga mía y, aunque está retirada, ha aceptado reunirse contigo para discutir la posibilidad de dirigir tu proyecto. Sería una tremenda oportunidad para ti. Me dijo que te pusieras en contacto con ella vía correo electrónico lo antes posible. Su dirección es KPicton@UToronto.ca. »Sé que es tarde para que te apuntes a otro seminario, aunque no dudo que es lo que desearías. Le preguntaré a algún colega si puede supervisarte un curso de lectura para que obtengas los créditos que necesitas sin necesidad de asistir al seminario. Firmaré la solicitud y la presentaré ante el Colegio de Estudios de Grado. Dile a Paul lo que quieres hacer y que él me dé el mensaje. Sé que no quieres hablar conmigo. [Se aclara la garganta.] »Paul es un buen chico. [Murmullos...] »Audentes fortuna iuvat. [Pausa... La voz se le convierte en un susurro.] »Siento que ya no quieras conocerme. Pasaré el resto de mi vida lamentando haber desperdiciado mi segunda oportunidad contigo. Y siempre seré consciente de tu ausencia. »Pero no volveré a molestarte. [ Carraspea dos veces.] »Adiós, ______. [Larga, larguísima pausa antes de que finalmente cuelgue.]» ___ estaba asombrada. Permaneció sentada, boquiabierta, con el teléfono en la mano, tratando de asimilar todo lo que había oído. Volvió a escucharlo y luego otra vez. La única parte que no le costaba entender y aceptar era la cita de Virgilio: «La fortuna favorece a los audaces». Sólo El Profesor sería capaz de aprovechar un mensaje de disculpa para demostrar sus conocimientos académicos y darle una clase improvisada sobre las cartas de Abelardo. Aunque se negó a seguir su consejo y no buscó la sexta carta, trató de ignorar su enfado y centrarse en el tema de Katherine Picton. La profesora Picton tenía setenta años. Era una especialista en Dante que se había formado en Oxford y que había dado clases en Cambridge y en Yale antes de que la Universidad de Toronto la atrajera, financiando una cátedra de Estudios Italianos. Tenía fama de ser severa, exigente y brillante. Su nivel de erudición competía con el de Mark Musa. La carrera de ___ obtendría un empujón muy fuerte si presentara su proyecto bajo su supervisión. Si hacía un buen trabajo, podría hacer el doctorado donde quisiera: Oxford, Cambridge, Harvard... Tom le estaba ofreciendo en bandeja la mayor oportunidad de su vida, envuelta en papel de regalo y con un lazo grande y brillante. Una oportunidad que valía mucho más que un maletín o que una beca de estudios. ¿Tendría contrapartidas? «Expiación —pensó ____—. Está tratando de compensarme por todos los malos momentos que me ha hecho pasar.» Tom se lo había pedido a Katherine Picton como un favor personal. Los profesores eméritos muy raramente dirigían tesis doctorales, mucho menos proyectos de estudiantes de cursos de especialización. Era un favor tan grande que sin duda habría tenido que echar mano de toda su influencia. «Y lo ha hecho por mí.» Después de reflexionar sobre el mensaje desde todos los puntos de vista, no le quedó más remedio que hacerse la pregunta que había estado evitando hacerse: «¿Tom se está despidiendo de mí?» Escuchó el mensaje tres veces más y, sintiéndose bastante culpable, lloró hasta quedarse dormida. A pesar de la rebeldía que había guiado sus actos esos últimos días, algo en su interior sabía que tenía una alma gemela en Tom. Y eso no podía eliminarse a no ser que estuviera dispuesta a eliminar una parte de su alma. A la mañana siguiente, bien temprano, llamó a Paul con la excusa de quedar con él antes del seminario. En realidad, esperaba que le dijera que Kaulitz se había puesto enfermo, o que se había marchado repentinamente a Inglaterra, o que había pillado la gripe porcina y se había cancelado el seminario. Por desgracia, no había hecho ninguna de esas cosas. Después de mucho dudar, decidió asistir al seminario, por si acaso Tom no lograba encontrarle un curso de lectura que le diera los créditos necesarios. Si la recompensa era tener a la profesora Picton como directora de proyecto, bien podría resistir las cinco semanas restantes del semestre. Esa tarde, entró en la oficina del departamento para revisar el casillero del correo, antes de reunirse con Paul. Le extrañó encontrar un gran sobre acolchado. Al darle la vuelta, vio que no llevaba remitente ni destinatario. Lo abrió rápidamente y lo que encontró dentro la dejó con la boca abierta. Aplastado en su interior, como si se tratara de las plumas de un cuervo, estaba su sujetador de encaje n***o. El que, desgraciadamente, se había dejado olvidado encima de la secadora de Tom. «Cabrón.» ___ se sentía tan furiosa que empezó a temblar. ¿Cómo se atrevía a dejárselo en el casillero? Cualquiera podía haber estado a su lado mientras abría el sobre. «¿Está tratando de humillarme una vez más? ¿O cree que es divertido?» (No se dio cuenta de que el iPod también estaba en el sobre.) —Hola, preciosa. Sobresaltada, ___ ahogó un grito. —Lo siento, no quería asustarte. Al volverse, se encontró con los amables ojos oscuros de Paul, que la miraban con extrañeza. —Qué nerviosa estás. ¿Es por el sobre? ¿Sucede algo? —preguntó, señalándolo con la barbilla, con las manos levantadas en señal de rendición para tranquilizarla. —No, no es nada. Propaganda. —Metió el sobre en su nueva mochila L. L. Bean y se obligó a sonreír—. ¿Listo para el seminario? Creo que va a ser una buena clase. —No lo creo. El Profesor está de muy mal humor. No lo provoques. Lleva dos semanas rarísimo. —Paul se había puesto muy serio—. No quiero que se repita lo que pasó la última vez que estuvo tan alterado. ___ se apartó el pelo de la cara y sonrió. «Creo que deberías decirle a Kaulitz que no me provoque él a mí. Llevo un sujetador n***o en la mochila y un montón de rabia acumulada. Es él quien tiene problemas. No yo.» —Me alegro de que estés mejor. Estaba preocupado por ti. —Paul le cogió la mano y le puso algo frío en la palma. Luego le cerró los dedos y se los apretó con suavidad. Al abrirlos, ___ vio que se trataba de un precioso llavero de plata, en forma de letra «P», que se balanceaba como un péndulo. —Ni se te ocurra decirme que no puedes aceptarlo. Sé que no tienes llavero y quería que supieras que había pensado en ti mientras estaba fuera. Por favor, no me lo devuelvas. ___ se ruborizó. —No iba a devolvértelo. No quiero ser de esas personas que, cuando los otros tratan de ser amables con ellas, lo pagan tirándoles su amabilidad a la cara. Sé lo que se siente. —Miró rápidamente a su alrededor para asegurarse de que estaban solos—. Gracias, Paul. Yo también te he echado de menos. Se acercó y le rodeó el enorme torso con los brazos, con el llavero colgando de los dedos. Apoyando la mejilla en los botones de su camisa, lo abrazó. —Gracias —repitió, suspirando mientras los largos y musculosos brazos de Paul la engullían. —De nada, Conejito —replicó él, dándole un suave beso en la coronilla. Ajenos a todo, no se dieron cuenta de que un temperamental especialista en Dante acababa de entrar en el despacho, ansioso de asegurarse de que cierta prenda había llegado a su destinataria. Se quedó inmóvil al ver a la joven pareja que se abrazaba y murmuraba algo en voz baja. «El follaángeles vuelve a la carga.» —¿Quién te ha tirado tu amabilidad a la cara? —preguntó Paul, ajeno al dragón que escupía fuego por la boca a su espalda. En vez de responder, ___ lo abrazó con más fuerza. —Dímelo, Conejito, y yo le ajustaré las cuentas a ese desgraciado. O desgraciada —pidió su amigo con los labios pegados al cabello de ella—. Eres muy especial para mí, ¿lo sabes? Si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que pedírmela. Cualquier cosa. ¿De acuerdo? ___ suspiró contra su pecho. —Lo sé. El dragón de ojos cafeces se volvió y salió del despacho bruscamente, murmurando algo sobre un follaconejitos. ___ interrumpió el abrazo. —Gracias, Paul. Y gracias por esto —añadió, sonriendo y levantando el llavero. «Podría pasarme la vida contemplando esa sonrisa», pensó él. —De nada, ha sido un placer. Poco después, entraron en la sala de seminarios. ___ evitó mirar a Tom, por lo que mantuvo los ojos fijos en Paul, mientras reía una de sus bromas. Éste le apoyó la mano en la parte baja de la espalda guiándola hacia los asientos. «¡Las manos quietas, follaconejitos!» El Profesor lo miró con hostilidad hasta que se distrajo al ver la nueva mochila de ___. Se preguntó cómo había logrado que pareciera nueva y por qué no usaba su regalo. Se sintió muy mal. «¿Le diría Rachel que era un regalo mío?», pensó y la idea lo torturó. Jugueteó con la pajarita, atrayendo la atención sobre ella. Se la había puesto para mortificarse, pero ___ no se la había visto, porque no le había dirigido la mirada en ningún momento. Estaba contándose secretitos y riendo con Paul, moviendo la melena y castigándolo con sus mejillas sonrosadas y sus labios rojos... Estaba todavía más guapa que en su recuerdo.
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