—No tengo ropa. Tendría que ir a casa a buscar algo para cambiarme.
Él sonrió con indulgencia.
—Si quieres, puedo llevarte. O dejarte el Range Rover. Pero antes, creo que deberías echarle un vistazo a las bolsas que he dejado en la habitación. Igual te ahorras el viaje.
—¿Qué hay?
Tom izo un gesto vago con las manos.
—Cosas que alguien puede necesitar si se queda a dormir en casa de un amigo.
—¿Y de dónde han salido?
—De la tienda donde Rachel te compró el maletín.
—Es decir, que todo será carísimo —protestó ella, frunciendo el cejo y cruzándose de brazos.
—Eres mi invitada. Las reglas de la hospitalidad me obligan a satisfacer todas tus necesidades —replicó él, con la voz ronca, antes de pasarse la punta de la lengua por el labio inferior.
Haciendo un gran esfuerzo, _______ apartó la vista de su boca.
—Me parece... mal que me compres ropa.
—¿De qué estás hablando? —Tom parecía molesto.
—Como si fuera una...
—¡Para! —La soltó y le dirigió una mirada sombría.
Ella se la devolvió, preparándose para el chaparrón que sabía que se avecinaba.
—_______, ¿de dónde viene tu aversión a la generosidad?
—No tengo aversión a la generosidad.
—Sí la tienes. ¿Acaso crees que quiero sobornarte para que te acuestes conmigo?
—Por supuesto que no —respondió ella, ruborizándose.
—¿Crees que te compro cosas porque espero favores sexuales a cambio?
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No quiero deberte nada.
—¿Deberme? Ah, ya lo entiendo. Soy un prestamista medieval que cobra intereses exagerados y que, cuando no puedas devolverle el dinero, se lo cobrará en carne.
—No, claro que no —susurró ______.
—¿Entonces?
—Es que quiero valerme por mí misma. Tú eres un profesor, yo soy una alumna y...
—Eso ya lo discutimos anoche. Que un amigo te haga un regalo no te convierte en un ser dependiente y sin voluntad —refunfuñó él—. No quería que tuvieras que ir a casa. Pasamos muy poco tiempo juntos. Sólo he tenido que cruzar la calle. La tienda está aquí mismo. Únicamente quería ser amable. Mi personal shopper me ha ayudado a elegir unas cuantas cosas, pero si no las quieres, las devolveré.
Tom se levantó y dejó la taza en la encimera. Pasando por delante de ella sin decirle una palabra, se encerró en el despacho.
«No ha ido demasiado bien», pensó ______.
Sin saber qué hacer, se mordió las uñas. Por un lado, quería ser independiente. No quería ser como un pajarillo indefenso con el ala rota. Por otro lado, su corazón amable sufría causándole dolor a otras personas. Y tras el enfado de Tom sabía que se escondía dolor.
«No quería hacerle daño...»
Tom era tan fuerte, tan enérgico, que costaba darse cuenta de que en su interior se ocultaba un ser sensible que se disgustaba por algo tan intrascendente como unos regalos. Tal vez ella fuera la única persona en el mundo consciente de lo sensible que era. Lo que la hacía sentirse aún más culpable por haberlo lastimado.
Se sirvió un vaso de agua y se lo bebió despacio, dándole a él intimidad y a ella unos momentos para reflexionar. Al acercarse al despacho, el teléfono sonó. ______ asomó la cabeza por la puerta y vio que Tom estaba sentado tras el escritorio y que rebuscaba entre los papeles mientras contestaba la llamada.
Al verla, señaló al teléfono y dijo «Richard» en voz baja.
Ella asintió. Acercándose al escritorio, cogió una pluma sencilla y un trozo de papel y escribió «Perdona». Le mostró el papel y Tom, después de leerlo, asintió bruscamente.
______ volvió a escribir:
Voy a ducharme. ¿Hablamos luego?
Él leyó la nueva nota y volvió a asentir.
Gracias por ser tan considerado. Lo siento.
Cuando se volvió para marcharse, Tom la agarró por la muñeca y le dio un beso en la palma de la mano antes de soltarla.
________ regresó al dormitorio, cerró la puerta, llevó las bolsas hasta la cama y se dispuso a ver qué contenían.
En la primera encontró ropa de mujer, toda de su talla. Tom le había comprado una falda tubo negra, clásica, unos pantalones negros, lisos, marca Theory, una camisa de vestir de algodón blanco con puños franceses y una blusa de seda de color azul. Unas medias de rombos, unos calcetines y unos botines negros puntiagudos completaban el conjunto. Le recordó la colección básica de un diseñador. No quería parecer desagradecida, pero habría estado igual de contenta con unos simples vaqueros, una camiseta de manga larga y unas zapatillas deportivas.
La segunda bolsa, según descubrió sorprendida, contenía lencería. Tom le había comprado un elegante y obviamente carísimo albornoz de color lila. También un camisón largo del mismo color, con volantes en el cuello. Se sintió sorprendida y encantada con el camisón. Era sofisticado y sencillo al mismo tiempo. Algo que podía ponerse para dormir con él sin sentirse incómoda. En el fondo de la bolsa vio un par de zapatillas de raso del mismo color, con tacones de unos cinco centímetros. Eran un peligro para la salud disfrazado de zapatillas sexies.
«Es evidente que los tacones son el fetiche de Tom... en todo tipo de calzado.»
En la tercera bolsa encontró ropa interior. _______ se ruborizó intensamente al ver tres sujetadores de encaje, de media copa, con bragas a juego, todos ellos de un diseñador francés. Un conjunto era de color champán, otro azul pálido y el tercero rosa palo. Las bragas eran tipo culotte, todas de encaje. Se ruborizó aún más al imaginarse a Tom paseando entre hileras e hileras de lencería cara, eligiendo lo que le parecía elegante y atractivo y comprando prendas que eran exactamente de su talla.
«Oh, dioses de los —¿amigos? ¿novios?— francamente generosos, gracias por mantenerlo apartado de los artículos provocativos... de momento.»
Estaba abrumada y algo avergonzada. Pero era todo tan bonito, tan delicado, tan perfecto...
«Tal vez no me ame, pero se preocupa por mí y quiere hacerme feliz», pensó.
Eligió el conjunto color champán, los pantalones negros y la camisa blanca y fue al baño a darse una ducha. En la bañera, no sólo encontró la esponja color lavanda, sino también su propia marca de gel, de champú y de acondicionador. Tom, a su modo obsesivo, se había ocupado de todo.
Se estaba secando el pelo, estrenando orgullosa su albornoz nuevo, cuando oyó que llamaban a la puerta.
—Adelante —dijo.
Tom asomó la cabeza.
—¿Seguro? —La examinó de arriba abajo desde la puerta, desde el pelo mojado hasta los pies descalzos y volvió a subir luego hasta detenerse en su cuello desnudo.
—Estoy decente. Puedes pasar.
Tom se le acercó con una mirada hambrienta.
—Tú siempre estás decente porque eres decente, pero yo no.
________ le sonrió y él le devolvió la sonrisa más civilizadamente.
Apoyándose en la pared, Tom se metió las manos en los bolsillos y dijo:
—Lo siento.
—Yo también.
—He exagerado.
—Yo también.
—Hagamos las paces.
—Por favor.
—Ha sido muy fácil. —Tom se echó a reír y, quitándole la toalla de las manos, la echó a un lado antes de abrazarla con fuerza—. ¿Te gusta el albornoz? —preguntó, inseguro.
—Es precioso.
—Devolveré el resto.
—No lo hagas. Me gusta todo. Me gusta, sobre todo, porque tú lo has elegido para mí. Gracias.
Los besos de él podían ser dulces y suaves, como los de un chico que estuviera besando a su primera novia, pero esa vez no lo fueron. Esa vez le presionó la boca hasta que ella separó los labios y le dio entonces un largo y apasionado beso antes de apartarse y acariciarle la mejilla.
—Te habría comprado también unos vaqueros, pero Hillary, la personal shopper, me ha dicho que es muy difícil acertar con unos vaqueros sin probarlos. Si prefieres ponerte algo más informal, podemos ir a comprar otra cosa.
—No necesito más vaqueros.
—Lo he elegido todo yo menos la ropa interior. Ésa la ha elegido Hillary. —Al ver que ________ se sorprendía, le aclaró—: No quería que te sintieras incómoda.
—Demasiado tarde —replicó ella, algo decepcionada al enterarse de que no había sido Tom quien había elegido aquellos preciosos conjuntos.
—________, tengo que explicarte una cosa.
Se había puesto tan solemne que ella sintió un escalofrío. Lo vio cambiar el peso de pie varias veces, mientras buscaba las palabras adecuadas.
—Mi padre era un hombre casado, con su propia familia, cuando conoció a mi madre. La sedujo, la trató como a una puta y la abandonó. Me duele que pienses que yo podría tratarte así. No es que me extrañe mucho, dados mis antecedentes, pero...
—Tom, no lo creo. Es sólo que no me gusta que te sientas con la obligación de cuidar de mí.
Él la miró con atención.
—Me gusta cuidar de ti. No es ninguna obligación. Ya sé que puedes cuidarte sola. Lo has hecho perfectamente desde que eras una niña, pero ya no tienes que hacerlo todo sola. Ahora me tienes a mí.
Se removió, inquieto antes de continuar.
—Quiero malcriarte con detalles extravagantes porque me importas. No sé expresar todo lo que siento por ti. Se me da mucho mejor demostrártelo. Por eso, cuando no quieres aceptar mis regalos...
Se encogió de hombros, pero no pudo ocultar el dolor que eso le causaba.
—Nunca lo había visto de esa manera —dijo ella en voz baja.
—Cada vez que hago algo por ti, estoy tratando de demostrarte lo que no sé expresar con palabras. —Le acarició las mejillas con los pulgares—. No me lo niegues, por favor.
_______ respondió poniéndose de puntillas y apretándose contra su pecho. Rodeándole el cuello con las manos, lo besó. Fue un beso hambriento, lleno de promesas, de entrega y de necesidad.
Tom también se entregó al beso, con la mandíbula en tensión mientras concentraba todo su ser en la unión perfecta de sus bocas.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando.
—Gracias —susurró él, apoyándole la barbilla en el hombro.
—Me cuesta depender de otra persona.
—Lo sé.
—Preferiría que me consultaras tus planes, en vez de tomar decisiones en mi nombre. Así me resultaría más fácil pensar que somos pareja. Aunque no lo seamos —añadió rápidamente, ruborizándose.
Él volvió a besarla.
—Quiero que seamos una pareja, _______. Y lo que pides me parece justo. A veces me dejo llevar por el entusiasmo del momento, sobre todo en todo lo que tiene que ver contigo.
Ella asintió contra su pecho. Cuando Tom carraspeó, levantó la cabeza para verle los ojos.
—Más o menos un año antes de morir, mi padre tuvo un ataque de conciencia y me añadió a su testamento. Debió de pensar que, al dejarme la misma parte de herencia que a sus hijos legítimos, estaba expiando sus pecados. Ya ves, soy una indulgencia andante.
—Lo siento mucho, Tom.
—Yo no quería el dinero. Pero casi todo estaba invertido y esas inversiones no paran de generar beneficios. No importa lo rápido que me lo gaste, siempre hay más. Nunca me libraré de ese dinero ni de mi padre. Así que, por favor, no pienses en lo que cuestan los regalos. El coste no tiene importancia.
—¿Por qué acabaste aceptando la herencia?
Él la soltó y, tras pensarlo un momento, explicó:
—Richard y Grace tuvieron que hipotecar la casa para pagar mis errores. Debía dinero que me habían prestado para drogarme; mi vida estaba en peligro. Y... por alguna otra cosa.
—No lo sabía.
—Tu padre sí.
—¿Papá? ¿Cómo se enteró?
—Richard quería salvarme a toda costa. Cuando le confesé los líos en los que andaba metido, decidió ir puerta por puerta a visitar a todos los tipos a los que les debía dinero y saldar mis deudas. Por suerte, antes habló con tu padre.
—¿Por qué?
—Porque él conocía a un detective privado que tenía contactos en Boston.
_______ abrió mucho los ojos.
—Mi tío Jack.
Tom frunció el cejo.
—No sabía que era tu tío. Richard era muy ingenuo. No se daba cuenta de que esos tipos eran gente sin escrúpulos. Lo más probable habría sido que se hubieran quedado con el dinero y lo hubieran matado. John se ocupó de que tu tío y algunos contactos suyos pagaran las deudas con el dinero de Richard de un modo seguro. Cuando salí de rehabilitación, llamé al abogado de mi padre en Nueva York y le dije que aceptaba la herencia. Pagué la hipoteca de la casa, pero no hay dinero que pueda borrar la vergüenza. Richard podría haber muerto por mi culpa.