Capitulo 46

1883 Palabras
Los cuerpos de los dos casi amantes estaban enredados en la gran cama, con las piernas desnudas entrelazadas bajo la colcha de seda de color azul hielo y las sábanas blancas de la casa Frette. Ella murmuraba en sueños, dando vueltas inquieta. Él permanecía inmóvil, disfrutando de su compañía. Podría haberla perdido. Tumbado a su lado, era muy consciente de que esa noche habría podido acabar de un modo muy distinto. ________ habría podido no perdonarlo. Nada la obligaba a aceptarlo. Pero lo había hecho. Tal vez podía empezar a tener esperanzas... —¿Tom? Creyendo que seguía dormida, él no respondió. Eran las tres de la madrugada y el dormitorio estaba envuelto en sombras rotas tan sólo por las luces de la ciudad que se colaban a través de las cortinas. ______ se volvió hacia él. —¿Tom? —susurró—. ¿Estás despierto? —Sí. Todo va bien, cariño. Duérmete —le dijo, besándola suavemente y acariciándole el pelo. Ella se apoyó en un codo. —Estoy muy despierta. —Yo también. —¿Podemos... podemos hablar? Él se apoyó en un codo también. —Por supuesto. ¿Pasa algo? —¿Eres más feliz ahora que hace un tiempo? Tom se la quedó mirando un instante antes de darle un golpecito en la nariz. —¿A qué viene esa pregunta tan profunda en mitad de la noche? —Has dicho que el año pasado eras muy infeliz. Me preguntaba si serías más feliz ahora. —No soy un gran experto en felicidad. ¿Y tú? ________ retorció el dobladillo de la sábana. —Intento serlo. Trato de disfrutar de las cosas pequeñas. La tarta me ha hecho muy feliz. —De haberlo sabido, la habría encargado antes. —¿Por qué no eres feliz ahora? —Cambié mi primogenitura por un plato de lentejas. —¿Estás citando las Escrituras? —preguntó ella, incrédula. Tom se puso a la defensiva. —No soy un pagano, _______. Me criaron en la fe episcopalista. Richard y Grace eran muy devotos, ¿no lo sabías? ________ asintió. Lo había olvidado. La expresión de Logan era muy seria. —Aunque por mi modo de vida no lo parezca, sigo siendo creyente. Sé que eso me convierte en un hipócrita. —Todos los creyentes somos hipócritas, porque no estamos a la altura de nuestras creencias. Yo también creo, aunque no se me da demasiado bien. Sólo voy a misa cuando estoy triste, en Navidad o en Semana Santa. —Buscó la mano de Tom y se la apretó con fuerza—. Si todavía crees, debes tener esperanza. Tienes que confiar en que la felicidad te llegará algún día. Él le soltó la mano y, tumbándose de espaldas, se quedó mirando el techo. —He perdido mi alma, _______. —¿Qué quieres decir? —Estás contemplando a una de esas almas que han cometido pecados demasiado graves como para ser perdonadas. —No lo entiendo. Tom suspiró. —Mi nombre es una enorme ironía. Estoy más cerca de ser un demonio que uno de los apostoles de jesucristo y no puedo esperar redención, porque he hecho cosas imperdonables. —¿Te refieres a lo que pasó con la profesora Singer? Él se echó a reír sin ganas. —Ojalá ésos fueran mis pecados más graves. No, _______. He hecho cosas mucho peores. Por favor, acepta mi palabra y no me preguntes más. Ella se acercó un poco más. Los delicados rasgos de su rostro estaban contraídos de preocupación. Mientras ella se preguntaba qué le estaría ocultando, él trataba de hacerse perdonar acariciándole el brazo. —Sé que no te gusta que te oculte cosas y sé también que no podré ocultártelas para siempre, pero te ruego que me des un poco más de tiempo. —Soltó el aire lentamente y bajó la voz—. Te prometo que no te haré el amor sin haberte contado antes quién soy. —Es un poco pronto para hablar de eso, ¿no crees? Él la miró entrecerrando los ojos. —¿Lo es? —Tom, estamos empezando a conocernos. Y ya ha habido unas cuantas sorpresas. Él hizo una mueca. —No quiero esconder mis intenciones. No quiero seducirte y marcharme luego. Y tampoco pienso reservar mis secretos hasta después de haberte hecho mía. Estoy tratando de comportarme correctamente. Sus palabras tenían buena intención. La deseaba, deseaba hasta el último rincón de su cuerpo, pero tenía muy claro que no podía arrebatarle la virginidad sin haberle confesado antes sus secretos más íntimos. Y, aunque su reacción ante el acoso de Ann le daba esperanzas, seguía teniendo miedo de que sus revelaciones la hicieran salir corriendo. Sabía que ella estaría mejor con otro hombre, pero sólo con imaginárselo, el corazón le empezaba a latir desacompasadamente. —¿Tienes conciencia? —¿Qué pregunta es ésa? —gruñó él. —¿Crees que hay diferencia entre el bien y el mal? —¡Por supuesto! —¿Y sabes distinguirlos? Tom se frotó la cara con las manos y las dejó ahí. —________, no soy un psicópata. No tengo ningún problema en distinguir una cosa de otra, el problema llega a la hora de actuar. —Entonces, no has perdido el alma. Sólo una criatura con alma es capaz de distinguir entre el bien y el mal. Sí, has cometido errores, pero te sientes culpable. Sientes remordimiento. Y si no has perdido el alma, sigues teniendo posibilidades de redención. Él sonrió con tristeza y la besó. —Hablas como Grace. —Grace era una mujer muy sabia. —Igual que tú, señorita Mitchell, según parece —bromeó él. —Con un poco de ayuda de santo Tomás de Aquino, profesor. Él le levantó un poco la camiseta para hacerle cosquillas en el estómago. —¡Ah! ¡Tom, para! —se rió ella, retorciéndose y tratando de apartarse. Él siguió unos instantes antes de soltarla, sólo por el placer de oír su risa resonando en la oscuridad. —Gracias, _______. —Le acarició la mejilla—. Por un momento, casi te he creído. Ella le rodeó la cintura con el brazo y se acurrucó a su lado, aspirando su aroma con satisfacción. —¡Siempre hueles tan bien...! —Puedes agradecérselo a Rachel y a Grace. Empezaron a regalarme colonia Aramis hace mucho tiempo. Y luego yo seguí comprándola por costumbre. —Sonrió—. ¿Crees que debería probar algo nuevo? —No si Grace la eligió para ti. La sonrisa de Tom desapareció, pero le dio un beso en la frente de todos modos. —Supongo que debería dar las gracias porque no se le ocurriera comprarme Brut. ______ se echó a reír. Permanecieron en silencio varios minutos antes de que ella le susurrara al oído: —Me gustaría decirte una cosa. Apretando ligeramente los labios, Tom asintió. A pesar de la oscuridad, ella apartó la vista con timidez. —Podrías haberme tomado en el huerto de manzanos. Te habría dejado. Él le acarició la mejilla con un dedo. —Lo sé. —¿Lo sabes? —El cuerpo femenino tiene pocos secretos para mí. Aquella noche estabas muy... receptiva. ________ no salía de su asombro. —¿Sabías que...? —Sí. —Pero no lo hiciste... —No. —¿Puedo saber por qué? Tom reflexionó antes de responder: —No me pareció correcto. Además, estaba tan feliz de haberte encontrado y de tenerte entre mis brazos, que no necesitaba nada más. ________ se inclinó sobre él y lo besó en el cuello. —Fue perfecto. —Cuando volvamos a casa por Acción de Gracias, me gustaría llevarte allí otra vez. ¿Me acompañarás? —Por supuesto. Le besó el pecho, sin tocar el tatuaje. Tom se encogía cada vez que lo tocaba allí. —Bésame —musitó él. Ella obedeció, presionando su boca entreabierta contra la suya, deseosa de saborearlo todo el tiempo que él se lo permitiera. Que fue menos del que _______ habría deseado. Con un suspiro, Tom se volvió. La pérdida de su contacto la entristeció y un viejo fantasma asomó la cabeza. Tom notó que ella se tensaba a su lado. —No confundas mi templanza con falta de deseo, _________. Estoy ardiendo por ti. —Suavemente, le dio media vuelta y la abrazó por detrás, hundiendo la cara en su pelo—. Me alegro tanto de que estés aquí... —susurró. Ella quería confesarle que dormía mejor con él que sola. Quería decirle que le gustaría pasar a su lado el resto de sus noches y que lo deseaba mucho. Pero no lo hizo. Al despertarse a la mañana siguiente, estaba sola. Al mirar la hora en el reloj antiguo que Tom tenía en la mesita de noche, descubrió asombrada que ya era mediodía. Había dormido demasiado. Él le había dejado un desayuno continental y una nota apoyada en el zumo de naranja. La leyó mientras mordisqueaba el pain au chocolat. Del despacho del profesor Tom J. Kaulitz Cariño: Estabas durmiendo tan profundamente que no he querido molestarte. He ido a hacer unos recados. Llámame cuando te despiertes. Gracias por dejarme tenerte entre mis brazos toda la noche, y por tus palabras... Si tengo alma, es tuya. Tom _______ sonrió feliz y desayunó tranquilamente en la habitación. Tom parecía contento en la nota y eso hacía que ella también lo estuviera. Después de lavarse, estaba a punto de salir del dormitorio cuando tropezó con tres bolsas de Holt Renfrew. Las apartó algo irritada y se dirigió a la cocina, donde le extrañó encontrarse a Tom sentado a la barra, tomándose un café y leyendo el periódico. Llevaba una camisa de color azul pálido que resaltaba el café más intenso de sus ojos y unos cómodos pantalones negros. Se había puesto las gafas y estaba guapo, como siempre. _______ se sintió poco vestida con la camiseta y los pantalones cortos. —¡Hola! —la saludó él, doblando el periódico y recibiéndola con los brazos abiertos. Cuando estuvo entre sus piernas, Tom le dio un cálido abrazo. —¿Has dormido bien? —le susurró al oído. —Muy bien. La besó suavemente. —Debías de estar cansada. ¿Cómo te encuentras? —La miró con preocupación. —Estoy bien. —¿Quieres que te prepare algo de comer? —¿Tú has comido ya? —He picado algo con el café. Estaba esperando para almorzar contigo. Volvió a besarla, más apasionadamente esta vez. ________ le rodeó la espalda con los brazos y, tímidamente, le enredó los dedos en el pelo. Tom le mordisqueó el labio inferior antes de apartarse un poco y decirle con una sonrisa: —Parte de mí tenía miedo de que, al despertarme, hubieras desaparecido. —No voy a ninguna parte, Tom. Todavía tengo los pies destrozados de ir ayer arriba y abajo todo el día con esos tacones. No creo que pudiera llegar a casa. —Eso tiene remedio... con ayuda de un buen baño caliente —propuso él, alzando las cejas varias veces. _______ se ruborizó y cambió de tema. —¿Cuánto tiempo quieres que me quede? —Para siempre. —Tom, estoy hablando en serio —protestó ella, sonriendo. —Hasta el lunes por la mañana.
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