Capitulo 4

1567 Palabras
El viernes, ______ encontró un documento oficial en su casillero, informándola de que el profesor Kaulitz había aceptado dirigir su proyecto. Estaba contemplándolo sorprendida, preguntándose qué lo habría hecho cambiar de idea, cuando Paul apareció a su espalda. —¿Estás lista? Ella lo saludó con una sonrisa, mientras guardaba el documento en su mochila, que había arreglado lo mejor que había podido. Salieron del edificio y echaron a andar por la calle Bloor en dirección al Starbucks que estaba a media manzana de allí. —Quiero que me cuentes qué tal te fue con Kaulitz, pero antes tengo que decirte una cosa —dijo él, muy serio. ______ lo miró con ansiedad. —No tengas miedo, Conejito. No te va a doler —la tranquilizó, dándole unas palmaditas en el brazo. El corazón de Paul era casi tan grande como el resto de su persona y siempre estaba atento al sufrimiento de los demás. —Sé lo que pasó con la nota. Ella cerró los ojos y maldijo en silencio. —Paul, lo siento mucho. Iba a contarte que metí la pata y que escribí por el otro lado de tu nota, pero luego se me pasó. No le dije que lo habías escrito tú. Él la agarró del brazo para interrumpirla. —Lo sé. Se lo dije yo- ______ lo miró, sorprendida. —¿Por qué lo hiciste? Mientras se hundía en las profundidades de los grandes ojos castaños del Conejito, Paul se convenció de que haría cualquier cosa por impedir que nadie le hiciera daño. Incluso si eso le costaba su carrera académica. Incluso si tenía que sacar a rastras a Kaulitz del Departamento de Estudios Italianos para darle en su pomposo trasero la patada que tanto se merecía. —La señora Jenkins me contó que El Profesor te había mandado llamar y pensé que querría echarte la bronca. Encontré una copia de la nota en la pila de papeles para fotocopiar que me dejó preparada —dijo, encogiéndose de hombros—. Son los riesgos de trabajar como ayudante de un gilipollas. Le tiró del brazo para animarla a seguir andando, pero esperó a continuar la conversación hasta después de invitarla a un enorme café con leche con vainilla y sin azúcar. Cuando ________ acabó de acomodarse como un gato en un sofá de terciopelo lila y Paul se hubo convencido de que estaba cómoda y calentita, se volvió hacia ella con expresión comprensiva. —Sé que fue un accidente. Estabas tan nerviosa después del primer seminario... Debí acompañarte hasta la puerta. Sinceramente, _______, nunca lo había visto actuar como ese día. A veces puede darse aires de superioridad o ser un poco susceptible, pero nunca se había comportado con tanta agresividad con una alumna. Fue incómodo para todos los que estábamos allí. Ella bebió un sorbo de su café con leche y lo dejó hablar. —Cuando encontré la nota entre los papeles, supe que iba a arrancarte la cabeza. Pregunté a qué hora tenías la entrevista con él y concerté cita antes. Le confesé que lo había escrito yo y traté de hacerle creer que había escrito también tu parte, pero eso ya no se lo creyó. —¿Hiciste todo eso por mí? Paul sonrió y flexionó los brazos en broma. —Trataba de ser tu escudo humano. Pensé que si se desahogaba conmigo, ya no le quedarían ganas de gritarte a ti. —La miró fijamente—. Pero no funcionó, ¿verdad? Ella lo miró con agradecimiento. —Nadie había hecho algo así por mí. Te debo una. —No tiene importancia. Ojalá hubiera descargado su mal humor conmigo. ¿Qué te dijo? ______ fingió estar muy interesada en la taza y no haber oído la pregunta. —Vaya. ¿Tan mal fue? —Preguntó Paul, frotándose la barbilla—. Bueno, al menos ahora parece que ya se le haya olvidado. Durante el último seminario ha estado educado. A _______se le escapó la risa. —Sí, aunque no me ha dejado abrir la boca, ni siquiera cuando levantaba la mano. Estaba demasiado ocupado dejando que Christa Peterson respondiera a todas las preguntas. Paul la miró con curiosidad. —No te preocupes por ella. Tiene problemas con Kaulitz por un asunto relacionado con su proyecto. No le gusta cómo lo está enfocando. Él mismo me lo dijo. —Eso es horrible. ¿Lo sabe Christa? Paul se encogió de hombros. —Debería saberlo, pero ¿quién sabe? Está tan obcecada en seducirlo, que su trabajo se está resintiendo. Es una vergüenza. _______ tomó nota de esa información y la guardó en su memoria para usarla cuando la necesitara. Se echó hacia atrás en el sillón, se relajó y disfrutó del resto de la tarde con Paul, que estuvo encantador, amable y consiguió que se alegrara de haber ido a Toronto. A las cinco en punto, el estómago empezó a hacerle ruido y ella se lo agarró con ambas manos, avergonzada. Paul se echó a reír. ______ era un encanto de criatura. Hasta cuando le sonaba el estómago era graciosa. —¿Te gusta la comida tailandesa? —Oh, sí. Había un sitio en Filadelfia al que iba muy a menudo con... —Se interrumpió antes de decir su nombre en voz alta. El tailandés era el sitio adonde iba siempre con él. Se preguntó si seguiría yendo allí con la otra. Si se sentarían a su antigua mesa, riéndose de ella. Paul carraspeó para devolverla a la realidad. —Lo siento. —_____ agachó la cabeza y empezó a rebuscar en la mochila, sin un propósito en particular. —Hay un tailandés genial en esta misma calle. Está a varias manzanas de aquí, así que habrá que caminar un poco, pero la comida es francamente buena. Si no tienes otros planes, deja que te invite a cenar. Sólo se le notaba que estaba nervioso por el modo de mover el pie. Al mirarlo a los ojos, cálidos y oscuros, _______ pensó que la amabilidad era mucho más importante en la vida que la pasión y aceptó su invitación sin pensarlo más. Él sonrió encantado y, levantando la mochila de ella del suelo, se la colgó del hombro sin ningún esfuerzo. —Esta carga es demasiado pesada para ti —le dijo, mirándola a los ojos y eligiendo cada palabra cuidadosamente—. Deja que yo la lleve un rato. _______ sonrió mirando al suelo y lo siguió fuera. Kaulitz volvía a casa andando. Era un paseo, pero cuando hacía mal tiempo o cuando iba a salir después de clase, prefería llevar el coche. Mientras caminaba, pensaba en la conferencia que iba a dar en la universidad sobre la lujuria en la obra de Dante. La lujuria era un pecado sobre el que reflexionaba a menudo y con mucho placer. De hecho, pensar en ese apetito y en las mil maneras de satisfacerlo era muy tentador. Tuvo que cerrarse la gabardina para que la levemente espectacular visión de su bragueta no atrajera miradas indeseadas. En ese momento la vio. Se detuvo para mirar a la belleza de cabello oscuro que caminaba por la otra acera. «Calamity________.» Pero no estaba sola. Paul caminaba a su lado, llevando su abominación de mochila. Charlaban y reían y se los veía muy cómodos. Y, lo que era peor, iban peligrosamente juntos. «¿Así que le llevas los libros? Muy adolescente por tu parte, Paul.» Se fijó en que las manos de la pareja se rozaban al caminar y que su contacto provocaba una sonrisa en la señorita Mitchell. Él gruñó al verlo, mostrando los dientes. «¿Qué demonios ha sido eso?», se preguntó. Se detuvo un momento para calmarse y reflexionar. Apoyándose en el escaparate de una tienda de Louis Vuitton, trató de poner en orden sus ideas. Era un ser racional. Llevaba ropa que cubría su desnudez, conducía un coche y comía con servilleta, cuchillo y tenedor. Tenía un empleo bien remunerado que requería habilidad y agudeza intelectual. Controlaba sus instintos sexuales mediantes varios sistemas, todos ellos civilizados, y nunca se acostaría con una mujer en contra de la voluntad de ésta. Sin embargo, al ver a la señorita Mitchell con Paul, se había dado cuenta de que también era un animal. Un ser primitivo. Salvaje. Su instinto le había gritado que se acercara a ellos, la arrancara de los brazos de Paul y se la llevara a rastras. Quería besarla hasta dejarla sin sentido, desplazar los labios hasta su cuello y reclamarla como su única pareja. «¿Qué coño?» Se asustó ante el rumbo que estaban tomando sus pensamientos. Aparte de en un idiota y un gilipollas pomposo, se estaba convirtiendo en un neandertal. Ya sólo le faltaba apoyarse en los nudillos para caminar y empezar a jadear. ¿Qué mosca le había picado? No tenía ningún derecho a sentirse el dueño de una jovencita a la que acababa de conocer y que, por cierto, lo odiaba. Ah y que además era alumna suya. Tenía que irse a casa, tumbarse y respirar hondo hasta calmarse de una jodida vez. Luego iba a necesitar algo más fuerte. Mientras seguía caminando, alejándose en contra de su voluntad de la joven pareja, se sacó el iPhone del bolsillo y apretó unos cuantos botones. Una mujer respondió al tercer timbrazo. —¿Hola? —Hola, soy yo. ¿Podemos vernos esta noche?
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