Tom Kaulitz era un pecador empedernido que sólo se arrepentía a medias. El sexo sin compromisos y su propio placer ocupaban un lugar preferente en su mente dominada por la lujuria. Esa necesidad física nunca daba paso a algo más profundo, como el amor. Y, sin embargo, a pesar de esa y de otras carencias morales, a pesar de su incapacidad para resistirse a la tentación aún le quedaba
un principio moral que regía su comportamiento. Aún quedaba una línea que se negaba a cruzar.
El profesor Kaulitz no seducía vírgenes. Nunca se acostaba con vírgenes, nunca, ni aunque acudieran a él voluntariamente. Nunca saciaba su sed con inocentes. Sólo se alimentaba de aquellas mujeres que ya lo habían probado y que, después de conocerlo, seguían queriendo más. Y no iba a transgredir su último principio moral a cambio de una o dos horas de satisfacción lasciva con una deliciosa estudiante en su propio despacho. Incluso un ángel caído tenía sus principios.
Tom dejaría la virtud de _____ intacta. La dejaría como la había encontrado, un ángel ruboroso de ojos castaños, rodeado de conejitos y acurrucada como un gato en su silla. Seguiría durmiendo imperturbable, serena, sin que nadie la besara, sin que nadie la molestara. Puso la mano en el pomo de la puerta y estaba a punto de hacer girar la llave cuando oyó que ella se movía a su espalda.
Tom suspiró y dejó caer la cabeza hacia adelante. No había renunciado a una noche de placer con ella por odio, sino por amor. Por el bien que a veces añoraba y deseaba que formara parte de su vida. Y tal vez por el recuerdo de la persona que había sido antes de que el pecado y el vicio se apoderaran de él como un matorral de espinos, retorciéndose alrededor de su alma y ahogando sus virtudes. Soltó el pomo e inspiró hondo. Enderezando los hombros, cerró los ojos, preguntándose qué iba a decirle.
Se volvió muy lentamente y vio que la señorita Mitchell gruñía y se estiraba. Parpadeó y se cubrió la boca con la mano para bostezar.
Al darse cuenta de que el profesor Kaulitz estaba junto a la puerta, abrió mucho los ojos, ahogó un grito y se levantó de golpe de la silla, quedando aprisionada contra la pared. Verla encogida de miedo por su presencia casi le rompió el corazón. (Lo que demostraría que todavía tenía corazón.)
—Chist, _____, sólo soy yo.
Tom le mostró las palmas de las manos en señal de rendición y trató de sonreír.
_____ estaba atónita. Había estado soñando con él instantes antes. Y ahora estaba delante de ella, observándola. Se pellizcó el brazo.
Tom seguía allí.
«Mierda. Me ha pillado.»
—Sólo soy yo, _____. ¿Estás bien?
Ella parpadeó rápidamente y se frotó los ojos.
—No... no lo sé.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó él, bajando las manos.
—Ejem... no lo sé —respondió, tratando de despertarse y de recordar al mismo tiempo.
—¿Estás con Paul?
—No.
Tom sintió un gran alivio.
—¿Cómo has entrado? Éste es mi despacho.
______ lo miró a los ojos para juzgar su estado de ánimo.
«Me he metido en un lío. Y Paul también. De ésta nos expulsan a los dos.»
Se movió bruscamente hacia adelante, tirando la silla al suelo y, ya de paso, una pila de libros cercanos. Un montón de notas sueltas salieron volando y empezaron a caer a su alrededor como copos de papel de rayas. Tom pensó que parecía un ángel dentro de una bola de nieve.
«Preciosa», pensó.
Ella se agachó y empezó a recogerlo todo apresuradamente, mientras repetía unas palabras de disculpa como una letanía. Tom reconoció algunas de las palabras que iba diciendo como si estuviera rezando el rosario: «Paul me prestó la llave, lo siento, lo siento mucho».
De una sola zancada, él se plantó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—Quieta. No pasa nada. Eres bienvenida aquí.
_____ cerró los ojos y trató de calmarse, pero era muy difícil. Tenía miedo de que El Profesor perdiera los nervios y echara a Paul de su despacho para siempre.
Tom inspiró con fuerza y ella abrió los ojos. Al ver que tenía su mano en el hombro, la mirada se le nubló.
Él se le acercó más y la miró a la cara.
—_____, estás pálida. ¿Te encuentras bien?
Tom no sabía qué hacer. ¿Por qué ella actuaba de un modo tan raro? Tal vez estaba débil por falta de comida, o no se había despertado del todo. O quizá fuera por el calor. Hacía demasiado calor en el despacho y ella se había dormido con la calefacción encendida. Tom la sujetó justo cuando _____ se desmayaba. La rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho. No estaba inconsciente. No del todo al menos.
—¿_____?
Le apartó el pelo de la cara y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Ella murmuró unas palabras ininteligibles. No se había desmayado, pero se apoyaba contra él como si no tuviera fuerzas para mantenerse en pie. Tom la sujetó para que no chocara contra la silla volcada o se cayera al suelo.
—¿Estás bien?
Trató de moverla para que se sentara en el suelo, pero ella se sujetó con más fuerza a su cuello, como si no quisiera soltarse. A él le gustó la sensación, así que la abrazó más fuerte y aspiró disimuladamente el olor de su pelo. Vainilla. El pequeño cuerpo de ella encajaba a la perfección contra el suyo, como si fueran complementarios. Era asombroso.
—¿Qué ha pasado? —murmuró _____ contra el jersey de él, de color verde brillante, que hacía destacar el azul de sus ojos.
—No estoy seguro. Creo que te has mareado al levantarte de golpe. Hace demasiado calor aquí dentro.
Ella le dedicó una sonrisa tan dulce que el corazón de Tom se derritió.
Deseaba besarlo, desesperadamente. Estaba cerca, muy cerca. Si se acercaba un poco más, aquellos labios serían suyos... de nuevo. Sus ojos la miraban con calidez y estaba siendo tan amable con ella...
Tom empezó a apartarse centímetro a centímetro, asegurándose de que no se iba a caer. Cuando vio que se aguantaba sola, la sentó delicadamente sobre la mesa antes de enderezar la silla. Luego se acercó a la puerta y se recolocó la pajarita.
—No me importa que uses el despacho. No me importa en absoluto. Sólo es que me ha sorprendido encontrarte aquí. Me alegro de que a Paul se le ocurriera dejarte la llave. No pasa nada. —Tom sonrió para tranquilizarla, al ver que se había agarrado a la mesa con fuerza—. He venido a buscar un libro que le dejé —añadió, levantando el libro en cuestión.
Moviéndose lentamente, ____ se levantó de la mesa y empezó a recoger los libros y los papeles esparcidos por el suelo.
—¿Has quedado con Paul más tarde?
—No. Ha ido a una conferencia para graduados en Princeton. Mañana tiene una presentación.
_____ levantó la cabeza y al ver que Tom seguía sonriendo, se relajó. Un poquito.
—Princeton. Sí, por supuesto. Lo había olvidado. Qué maletín tan bonito llevas —comentó, con una mueca de complicidad.
Ella se ruborizó, tratando de no delatar el secreto que, gracias a su amiga, no era tan secreto.
—Aunque parece que hay un ser vivo por ahí. Veo que asoman unas orejas por una de las cremalleras.
_____ se volvió hacia el maletín. Tom tenía razón. Dos orejitas marrones asomaban de uno de los compartimentos, dando la sensación de que hubiese intentado meter una mascota a escondidas en la biblioteca. Se ruborizó más intensamente.
—¿Puedo verlo? —preguntó él, sin moverse hasta que ella le diera permiso.
Indecisa, ____ sacó el muñeco de peluche del maletín y se lo ofreció, mordiéndose el labio muerta de vergüenza.
«Es evidente que los conejos son el fetiche de la señorita Mitchell.»
Tom sostuvo el conejito entre el índice y el pulgar, mirándolo con curiosidad, como si no supiera qué era. O como si temiera que, en un ataque de furia, al peluche fuera a darle por imitar al famoso conejo de los Monty Python en Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores y le saltara al cuello. Tom se llevó la mano al mismo como precaución y resistió el súbito impulso de decir Ni.
El peluche era marrón, muy suave, hecho de terciopelo o algo parecido. Tenía las patas cortas, las orejas largas y unos bigotes muy graciosos. Se mantenía muy derecho, demasiado rígido, pero le resultaba extrañamente familiar. A Grace le habría encantado. Podría haber formado parte de la infancia que él nunca tuvo.
Alguien le había atado un lazo rosa alrededor del cuello. Tom lo examinó y llegó a la conclusión de que se lo había puesto alguien con alguna discapacidad (con todos los respetos hacia los discapacitados), o alguien con las manos muy grandes y escasa habilidad con la psicomotricidad fina (como él). Llevaba una tarjetita.
No quería que se sintiera incómoda, así que sólo le echó un rápido vistazo. Fue suficiente para ver que decía:
C.
Te dejo a alguien que te hará compañía mientras estoy fuera.
Nos vemos a la vuelta.
Tuyo,
Paul