«El follaángeles contraataca», pensó Tom, malhumorado.
—Es... muy bonito —dijo, devolviéndoselo.
—Gracias.
—¿Quién es C.?
____ se volvió para guardarlo en el maletín, con cuidado de que no se le engancharan las orejas en las cremalleras.
—Es uno de mis motes.
—No lo entiendo. Tendría que empezar por P.
Ella frunció el cejo.
«¿Por qué? ¿P de puta? ¿De Perra? ¿Petarda?»
—De preciosa —le aclaró Tom y luego agachó la cabeza, ruborizándose un poco, porque el halago había salido de sus labios sin pretenderlo—. ¿Así que llevas horas durmiendo aquí, escuchando canciones sobre conejos, con un conejito como acompañante? No sabía que fueras una amante de los conejos —añadió en tono insinuante, sin poderlo evitar—. Me gusta ese grupo. Buena elección.
—Gracias. —____ apagó el ordenador y lo guardó con cuidado en el maletín, junto con el CD.
—La biblioteca está a punto de cerrar. ¿Qué habrías hecho si no hubiera llegado yo?
Ella miró a su alrededor, confusa.
—No lo sé.
—Si nadie se hubiera dado cuenta, podrías haberte quedado encerrada toda la noche. Sin comida. —La sonrisa desapareció de la cara de Tom sólo de pensarlo—. ¿Qué vas a hacer en el futuro para asegurarte de que no te vuelve a pasar?
—¿Poner la alarma en el reloj de Paul?
Tom asintió como si hubiera acertado la respuesta correcta, aunque no se había quedado satisfecho.
—¿Tienes hambre?
—Debería marcharme, profesor. Siento haber invadido tu espacio personal.
«No sabes hasta qué punto has invadido mi espacio personal, ____.»
—Señorita Mitchell, un momento —la interrumpió él, dando un paso en su dirección, mientras ella se colgaba el maletín al hombro con una mano y limpiaba la superficie de la mesa con la otra—. ¿Has cenado?
—No.
Tom frunció mucho el cejo. Sus cejas se juntaron como nubes de tormenta.
—¿A qué hora has comido?
—A las doce.
—De eso hace ya casi once horas. ¿Qué has comido?
—Un perrito caliente del carrito de delante de la biblioteca.
Él maldijo en silencio.
—No puedes alimentarte a base de comida basura. Y no me gusta que comas carne cocinada en la calle. Me prometiste que si pasabas hambre me lo dirías. Te has desmayado de hambre.
Tom miró la hora en su Rolex Day-Date de oro blanco.
—Es demasiado tarde para llevarte a comer un filete. El Harbour Sixty ya está cerrado. Pero podemos ir a cenar a otro sitio. Yo estaba concentrado preparando mi conferencia y tampoco he cenado.
—¿Seguro?
—Señorita Mitchell, no soy un hombre que lance invitaciones a la ligera. Si te invito a cenar es porque estoy seguro. ¿Me acompañas o no?
—No voy vestida para ir a cenar, aunque muchas gracias —respondió ella, con suavidad pero con firmeza, arqueando una ceja.
Había superado ya la sorpresa de encontrarlo allí y estaba totalmente despierta e indignada por su actitud.
Tom la examinó de arriba abajo lentamente, admirando su figura, pero su mirada cambió al llegar a las zapatillas deportivas. Odiaba que las mujeres se pusieran zapatillas deportivas. Les quitaban trabajo a los podólogos, puesto que de ese modo evitaban lucir los pies. Consciente del absurdo rumbo de sus pensamientos, se aclaró la garganta.
—Vas perfecta. Creo que el color de la blusa hace destacar el rubor natural de tu piel y el jaspeado color caramelo de tus ojos. De hecho, estás muy guapa.
«¿Tengo los ojos jaspeados color caramelo? ¿Desde cuándo? ¿Y en qué momento se ha dado cuenta?»
—Hay un sitio cerca de mi casa al que suelo ir entre semana, cuando se me hace tarde. Te invito a tomar algo allí y así podemos hablar de tu proyecto. De manera informal, por supuesto. ¿Qué te parece?
—Gracias, profesor.
Ambos se miraron y sonrieron con timidez.
Tom aguardó pacientemente a que ella acabara de dejarlo
todo en orden antes de hacerse a un lado y señalar hacia el pasillo.
—Después de ti.
____ le dio las gracias. Mientras salían, él alargó la mano hacia las asas del maletín. Ella notó el roce de sus dedos y se apartó instintivamente, dejándolo caer.
Él lo recogió.
—Es un maletín muy bonito. ¿Te importa que lo lleve un rato? —preguntó, con una sonrisa que la hizo ruborizarse.
—Gracias —murmuró ella—. Me gusta mucho. Es perfecto.
Tom no le dio más conversación hasta que llegaron al restaurante Caffé Volo en la calle Yonge. Era un establecimiento tranquilo y acogedor. Presumían de tener la carta de cervezas más completa de Toronto. Tenían también un cocinero italiano y la mejor cocina casera del barrio. Era un local pequeño, de sólo diez mesas, que en verano complementaban con algunas más en la terraza. La decoración, rústica, incluía algunas antigüedades, como bancos de iglesia o grandes mesas de granja. A Julia le recordó a una taberna alemana, del estilo del restaurante Vinum, donde había estado con amigos durante una visita a Frankfurt.
A Tom le gustaba porque servían una de sus cervezas trapenses favoritas, la Chimay Première, y le gustaba tomar pizza napolitana con esa bebida. (Como siempre, no soportaba la mediocridad.) Como era un cliente habitual, y de los más puntillosos, le ofrecieron el mejor sitio, una tranquila mesa para dos en un rincón, cerca de un gran ventanal con vistas a la locura que era la calle Yonge por la noche.
Travestis, estudiantes universitarios, residentes en el colegio mayor, policías, felices parejas homosexuales, felices parejas heterosexuales, famosos de visita en los barrios pobres, yuppies paseando a sus pretenciosas mascotas, ecologistas, vagabundos, músicos callejeros, pandilleros, miembros de la mafia rusa, algún que otro profesor díscolo, algún m*****o del Parlamento Provincial. Un fascinante caleidoscopio de comportamientos humanos en directo. Y gratis.
____ se sentó lentamente en su asiento, un antiguo banco de iglesia reconvertido y se echó sobre los hombros la manta de borreguillo que el camarero le había dejado en el respaldo.
—¿Tienes frío? Le diré a Christopher que nos siente al lado de la chimenea. —Levantó el brazo para llamar al camarero, pero ____ lo detuvo.
—No lo hagas —dijo con timidez—. Me gusta mirar a la gente.
—A mí también, pero pareces el Yeti.
____ se ruborizó.
—Lo siento —se excusó él rápidamente—. No quería hacerte sentir incómoda, pero seguro que podemos conseguir algo más adecuado que esa manta, que a saber dónde habrá estado. Probablemente en el suelo del apartamento de Christopher. Y quién sabe qué clase de travesuras habrá hecho ahí encima.
«¿Ha usado la palabra "travesuras" en una frase?», pensó ____, atónita.
El profesor Kaulitz se quitó el jersey de cachemira verde, con un coche de carreras inglés y se lo dio. Julia lo cogió y lo cambió por la censurable manta de Yeti.
—¿Mejor? —preguntó él, peinándose con los dedos.
—Mejor —respondió ella, sintiéndose más cómoda y mucho más caliente, envuelta en el calor corporal y el aroma de Tom.
Se dobló las mangas varias veces porque los brazos de él eran mucho más largos que los suyos.
—¿Fuiste a Lobby el martes? —le preguntó _____.
—No. ¿Por qué no me hablas de tu proyecto? —Cambió de tema bruscamente y su voz adquirió un tono profesional.
Por suerte, Christopher los interrumpió en ese momento preguntándoles qué querían cenar y ella pudo centrarse un poco.
—La ensalada César es muy buena aquí, igual que la pizza napolitana, pero son raciones bastante grandes para uno solo. ¿Eres aficionada a los intercambios? —preguntó él.
_____ abrió la boca, sin saber qué decir.
—Me refiero a si te gustaría compartir una ensalada y una pizza conmigo. ¿O prefieres cualquier otra cosa?
_____ frunció el cejo. Estaba tratando de no ser un profesor avasallador y dominante, pero era más difícil de lo que parecía.
Christopher golpeó el suelo con el pie discretamente. No quería que el profesor notara que se estaba impacientando. Lo había visto irritado en alguna ocasión y no le habían quedado ganas de repetir la experiencia. Aunque tal vez ahora que tenía compañía femenina —el remedio favorito de Christopher para cualquier desorden psicológico, grande o pequeño— se comportase de otro modo.
—Me encantará compartir la ensalada y la pizza contigo, gracias —respondió _____ en un tono que ponía fin a cualquier deliberación.
Él pidió por los dos y, poco después, el camarero apareció con
dos cervezas Chimay. Tom había insistido en que ella la probara.
—Salud —dijo él, brindando.
—Prost —replicó ____.
Probó la cerveza y no pudo evitar recordar la primera que se había tomado y con quién. Era una cerveza rubia, de fabricación nacional. Ésta tenía un tono cobrizo y era dulce, con un intenso sabor a malta. Le gustó mucho y lo demostró con un leve ronroneo de aprobación.
—¡Cuesta más de diez dólares la botella! —susurró, para no avergonzar a Tom en público con su incredulidad.
—Pero es la mejor. ¿Qué prefieres, beber una botella de éstas o dos Budweiser, que es como beber asquerosa agua de la bañera?
«Bueno, no he probado el agua de la bañera, pero me fiaré de su opinión, chalado profesor Kaulitz.»
—Vamos —la animó él—. ¿Qué estás pensando? Casi puedo ver las ruedas girando en esa pequeña cabecita, así que suéltalo.
Y dicho esto, se cruzó de brazos y aguardó con una sonrisa, como si la cabeza de ____ fuera una fuente inagotable de diversión.
A ella le molestó su actitud. No le gustaba que usara el diminutivo al referirse a su cabeza, porque le recordaba su desprecio inicial por su capacidad intelectual, así que decidió contraatacar.
—Me alegro de tener la oportunidad de hablar contigo en privado —comentó, sacando dos sobres del maletín—. No puedo aceptar esto.
Deslizó la tarjeta del Starbucks y la concesión de la beca en su dirección.
Tom los reconoció inmediatamente y frunció el cejo.