—¿Qué te hace pensar que te los he enviado yo? —preguntó, empujándolos en dirección a ____.
—Mi capacidad de deducción. Eres la única persona que conozco que me llama _____. Y eres la única persona que conozco con una cuenta corriente lo bastante saneada como para crear una beca.
Le entregó de nuevo los sobres.
Tom permaneció en silencio unos instantes. ¿De verdad era el único que llamaba a ____ por su nombre completo? ¿Cómo la llamaban los demás?
«___.»
—Tienes que aceptarlos.
Tom volvió a empujarlos hacia ella.
—No, no tengo que hacerlo. Los regalos me ponen muy nerviosa
y la tarjeta del Starbucks es una exageración. Por no hablar de la beca. Nunca podría devolvértela. Ya le debo demasiadas cosas a tu familia. No puedo aceptar nada más.
Empujó los sobres una vez más.
—Puedes aceptarlo y lo aceptarás. La tarjeta de regalo es intrascendente. Yo gasto mucho más que eso en café cada mes. Quería demostrarte de un modo tangible que respeto tu inteligencia. Cometí una indiscreción en un momento en que tenía la guardia baja y la señorita Peterson lo aprovechó y retorció mis palabras de un modo intolerable. Así que no lo consideres un regalo, considéralo una indemnización. Hablé mal de ti sin motivo y por eso te escribí esa tarjeta. Si no la aceptas, el conflicto permanecerá sin resolver entre nosotros, porque no creo que me hayas perdonado que hablara mal de ti delante de tus colegas.
Acercándole los sobres una vez más, la miró fijamente.
____ le clavó la vista en la pajarita para no caer presa de su intensa mirada cafe. Se preguntó cómo habría logrado hacerse el nudo tan derecho y uniforme.
«Tal vez haya contratado a una profesional para que se lo haga. Alguien con el pelo rubio teñido y tacones de aguja. Y uñas muy largas.»
____ volvió a deslizar la tarjeta del Starbucks, desafiante. Para su gran sorpresa, la expresión de Tom se endureció, pero se guardó la tarjeta.
—No pienso pasarme la noche jugando al ping-pong de tarjeta de regalo contigo. Pero la beca no se puede devolver. El dinero no es mío. Lo único que hice fue alertar al señor Randall, el director de la organización filantrópica, de tus méritos académicos.
—Y de mi pobreza —murmuró ella.
—Si tienes algo que decirme, señorita Mitchell, ten la cortesía de hablar a un nivel audible —dijo él, con los ojos brillantes.
Ella le devolvió una mirada igual de encendida.
—No creo que todo esto sea muy profesional, profesor Kaulitz. No sé cómo lo has logrado, pero sé que me estás haciendo llegar miles de dólares a través de una beca. Cualquiera pensaría que estás tratando de comprarme.
Tom inspiró hondo y contó hasta diez para no estallar.
—¿Comprarte? Puedes creerme, nada está más lejos de mi intención. Me siento muy ofendido por tus palabras. Si te deseara, no tendría que comprarte.
Las cejas de ____ se alzaron de la sorpresa, pero en seguida le dirigió una mirada de advertencia.
—Cuidado con lo que dices.
Tom pareció sinceramente incómodo y a ella le gustó la sensación.
—No quería decir eso. Quería decir que yo nunca te trataría como a un objeto que puede comprarse y venderse. No eres el tipo de chica que se vende, estoy seguro.
____ le dirigió una mirada glacial antes de apartar la vista. Negó con la cabeza y empezó a buscar la salida, preguntándose si podría escapar.
—¿Por qué lo haces? —susurró él, pasados unos instantes.
—¿El qué?
—Provocarme.
—Yo... no... te provoco. Sólo expongo los hechos.
—En cualquier caso, cada vez que trato de mantener una conversación normal contigo, acabas provocándome.
—Eres mi profesor.
—Sí y el hermano mayor de tu mejor amiga. ¿No podemos ser Tom y ____ por una noche? ¿No podemos disfrutar de una conversación agradable y de una cena aún más agradable? Puede que no lo esté consiguiendo, pero me estoy esforzando por comportarme como un ser humano.
Cerró los ojos, frustrado.
—¿De verdad?
Era una pregunta inocente, pero ____ se tapó la mano con la boca al darse cuenta de cómo había sonado.
Los ojos de Tom se abrieron muy lentamente, como los del dragón de la historia de Tolkien, pero no mordió el anzuelo de su impertinencia. Ni empezó a soltar fuego por la nariz. Todavía.
—¿Quieres que tengamos una relación profesional? Pues empieza tú. Un estudiante normal recibiría una beca con gritos de alegría. Aceptaría el dinero y se sentiría profundamente agradecido por su buena suerte. Así que compórtese profesionalmente, señorita Mitchell. Podría haber mantenido mi conexión con la beca en secreto, pero preferí tratarte como a una adulta. Decidí respetar tu inteligencia y no recurrir a engaños. Sin embargo, sí me he preocupado de ocultar mi relación con la beca de manera pública. Mi nombre no va ligado oficialmente a esa organización filantrópica, así que nadie atará cabos. Kaulitz es un nombre muy común. Si le cuentas a alguien que estoy
detrás de la beca, lo más probable es que no te crea.
Sacándose el iPhone del bolsillo, Tom abrió la aplicación de la libreta de notas y empezó a escribir con el dedo.
—No iba a quejarme.
—Podrías haberme dado las gracias.
—Gracias, profesor Kaulitz. Pero míralo desde mi punto de vista. No quiero ser Eloísa ni que tú seas Abelardo —dijo, mirando los cubiertos y alineándolos hasta que estuvieron ordenados simétricamente.
Tom recordó haberla visto hacerlo antes, cuando cenaron en el Harbour Sixty. Dejando el teléfono en la mesa, la miró con expresión apenada. Se sintió culpable al recordar lo que había estado a punto de pasar en la biblioteca. Había estado a punto de sucumbir a los considerables encantos de la señorita Mitchell. Y con ellos se había arriesgado a correr el mismo destino que Abelardo, porque sin duda Rachel lo castraría si se enteraba de que había seducido a su amiga.
Milagrosamente, había demostrado tener un mayor autocontrol que Abelardo.
—Nunca seduciría a una alumna.
—En ese caso, gracias —murmuró ella—. Y gracias por el gesto de la beca, aunque no puedo prometerte que la aceptaré. Sé que para ti es una cantidad modesta, pero para mí significa dinero para billetes de avión para Acción de Gracias, Navidad y Pascua. Y algún que otro extra de vez en cuando que ahora no puedo permitirme. Como un filete.
—¿Vas a gastártelo en billetes de avión? Pensaba que buscarías un apartamento en mejores condiciones.
—He firmado un contrato. Si me fuera a otro apartamento, tendría que seguir pagando éste. Además, ir a casa para ver a mi padre es importante para mí. Es la única familia que me queda. Y me gustaría ir a visitar también a Richard antes de que venda la casa y se mude a Filadelfia para estar cerca de Rachel y Scott.
«De hecho, creo que valdría la pena aceptar la beca para ir a visitar a Richard y, de paso, ver el huerto. Me pregunto si mi manzano favorito sigue allí... Me pregunto si alguien se daría cuenta si tallara mis iniciales en el tronco...»
Tom la miró de reojo.
—¿No habrías ido a casa si no hubieras recibido la beca?
____ negó con la cabeza.
—Papá quería comprarme un billete de avión para Navidad, para
que no tuviera que ir en autocar, pero los precios de Air Canada son imposibles y me habría sentido avergonzada si mi padre hubiera tenido que comprarme un billete.
—No te avergüences de aceptar un regalo si te lo ofrecen sin contrapartidas.
—Pareces Grace. Ella siempre decía cosas como ésa.
Tom se removió inquieto en el asiento.
—¿De dónde crees que aprendí algo de generosidad? De mi madre biológica te aseguro que no.
____ lo miró de frente, sin parpadear ni ruborizarse. Suspirando, se guardó la carta en el maletín. Acabaría de decidir qué hacer cuando no estuviera ante la presencia magnética de El Profesor. Seguir discutiendo con él en esos momentos no llevaría a ninguna parte. En ese aspecto, como en muchos otros, era exactamente como Abelardo, sexy, inteligente y seductor.
Él la observó con atención.
—A pesar de todo lo que he hecho, que admito que no ha sido demasiado, ¿sigues pasando hambre?
—Tom, tengo una relación muy especial con mi estómago. Me olvido de comer cuando estoy ocupada, o preocupada o... triste. No es por el dinero. No te preocupes, por favor.
Recolocó los cubiertos una vez más.
—¿Estás triste ahora?
____ bebió la cerveza lentamente, sin responder.
—¿Dante te entristece?
—A veces —susurró ella.
—¿Y las otras veces?
____ levantó la vista y le dedicó una sonrisa muy dulce.
—Otras veces no puedo evitarlo... me hace delirar de felicidad. A veces, mientras estoy estudiando La Divina Comedia, siento como si estuviera haciendo lo que se supone que debo estar haciendo. Como si hubiera encontrado mi pasión, mi vocación. Como si ya no fuera la chica tímida de Selinsgrove. Me siento capaz de todo. Sé que soy buena en esto y me hace sentir... importante.
Era demasiado. Le había dado demasiada información. Se había bebido la cerveza demasiado rápido y se le había subido a la cabeza; igual que el aroma de Tom impregnado en el jersey. No debería haber dicho eso y a él menos que a nadie.
Pero para su sorpresa, lo descubrió mirándola con calidez.
—Es verdad que eres tímida, pero eso no es ningún pecado. —
Tom carraspeó—. Me da envidia tu entusiasmo por Dante. Yo me sentía así hace un tiempo. Hace mucho tiempo. Demasiado.
Cuando volvió a sonreír, ella apartó la mirada.
____ se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.
—¿Quién es M. P. Kaulitz?
Los ojos cafeces de Tom la perforaron con la intensidad de un rayo láser.
—Preferiría no hablar de ello.
Su tono de voz no era duro, pero sí muy frío y se dio cuenta de que había tocado un nervio muy sensible. Le costó unos instantes recuperarse lo suficiente para preguntar:
—¿Quieres ser mi amigo? ¿Es eso lo que tratas de decirme con la beca?
Tom frunció el cejo y dijo:
—Rachel te ha dicho algo, ¿verdad?
—No, ¿por qué lo preguntas?
—Porque ella cree que deberíamos ser amigos. Te digo lo mismo que le dije antes de que se fuera: es imposible.
Notó que se le hacía un nudo en la garganta. Tragó saliva con dificultad y preguntó:
—¿Por qué?
—Tenemos una bandera roja sobre la cabeza y en cualquier momento alguien puede agitarla. Los profesores y las alumnas no pueden ser amigos. Y aunque sólo fuéramos ____ y Tom compartiendo una pizza, tampoco te convendría ser amiga mía. Soy un imán para el pecado, y tú no. —Con una sonrisa triste, añadió—: Ya lo ves. Es imposible. «Los que entráis aquí, abandonad toda esperanza.»
—Me gusta creer que nada es imposible —susurró ella.
—Aristóteles dijo que la amistad sólo es posible entre dos personas virtuosas. Así que la amistad entre nosotros es imposible.
—Nadie es virtuoso del todo.
—Tú lo eres —afirmó Tom. Los ojos le brillaban con lo que podría ser pasión o admiración.
—Rachel me dijo que estabas en la lista vip de Lobby. —____ volvió a cambiar de tema rápidamente, sin mucho tiempo para considerar la prudencia de sus actos.
—Así es.
—Me lo dijo como si fuera un misterio. ¿Por qué?
Tom frunció el cejo.
—¿Por qué crees tú?
—No lo sé. Por eso te lo pregunto.
Él la miró fijamente y bajó el tono de voz.
—Voy regularmente, por eso tengo tratamiento preferencial, aunque últimamente no he ido demasiado.
—¿Por qué vas allí? No te gusta bailar. ¿Vas sólo para beber? —Miró a su alrededor. El Caffé era un lugar sencillo pero confortable—. Podrías beber aquí. Se está más a gusto. Es gemütlich... acogedor.
«Y no hay ni una puta Kaulitz adicta a la vista.»
—No, señorita Mitchell. No suelo ir a Lobby a beber.
—Entonces, ¿para qué vas?
—¿No es obvio? —Tom frunció el cejo y negó con la cabeza—. Tal vez para alguien como tú no.
—¿Qué significa alguien como yo?
—Significa que no sabes lo que me estás preguntando —le espetó él, enfadado—, o no me lo harías decir en voz alta. ¿Quieres saber para qué voy allí? Te lo diré. Voy a buscar mujeres para follar, señorita Mitchell. —La miraba furioso—. ¿Estás contenta?
____ inspiró hondo y contuvo el aliento. Cuando no pudo aguantar más, lo soltó, negando con la cabeza.
—No —respondió en voz baja, mirándose las manos—. ¿Por qué iba a estar contenta? En realidad me pone enferma. No sabes cuánto.
Tom suspiró y se llevó las manos a la nuca. No estaba enfadado con ella. Estaba furioso, pero consigo mismo. Se sentía avergonzado. Una parte de él quería causarle repulsión intencionadamente. Quería mostrarse desnudo ante ella sin ocultar nada. Que viera cómo era en realidad, una criatura oscura y siniestra expuesta ante su virtud. Entonces se alejaría de él.
Tal vez era eso lo que su subconsciente estaba haciendo con aquellos ridículos exabruptos, nada profesionales. En circunstancias normales nunca le habría hablado así a un alumno y menos aún a una alumna, ni aunque fuera cierto. _____ estaba acabando con él y ni siquiera sabía cómo lo estaba haciendo.
Tom la miró y ella vio remordimiento en sus ojos.
—Lo siento. Sé que te repugno —dijo él en voz baja—, pero créeme, no es una mala reacción. Debes sentir repulsión hacia mí. Cada vez que estoy cerca de ti te estoy corrompiendo. No puedo evitarlo.
—No siento que me estés corrompiendo.
Tom la miró con tristeza.
—Sólo porque no sabes lo que eso implica. No sabes reconocerlo. Cuando lo hagas ya será demasiado tarde. Adán y Eva no se dieron cuenta de lo que habían perdido hasta que estuvieron fuera del paraíso.
—Sé algo sobre el tema —murmuró ____— y no por haber leído a Milton.
En ese momento, Christopher les llevó la cena, interrumpiendo la incómoda conversación. Tom se comportó como el perfecto anfitrión, sirviéndole la ensalada y la pizza a ____ antes de servirse él y asegurándose de que le tocaban más virutas de queso parmesano y más picatostes que a él. Y no porque no le gustaran. Al contrario, le gustaban mucho.
Mientras comían en silencio, ____ recordaba su primera cena juntos. En ese momento, empezó a sonar una canción por los altavoces. Era una canción tan bonita que dejó los cubiertos sobre la mesa y escuchó con atención.
Tom también la oyó y empezó a cantar susurrando. La letra hablaba sobre el cielo y el infierno, la virtud y el pecado.
____ se quedó atrapada en la sobrecogedora relevancia de la letra. Pero Tom se detuvo en seco y volvió a concentrarse en la pizza. Ella lo miró boquiabierta. No tenía ni idea de que cantara tan bien. Oír aquellas palabras saliendo de su boca perfecta con su sensual voz...
—Es una canción preciosa. ¿De quién es?
—Se llama You and Me. Es de Matthew Barber, un músico local. ¿Has oído la frase sobre la virtud y el pecado? No cabe duda sobre cuál le corresponde a cada uno de nosotros.
—Es muy bonita pero triste.
—Siempre he tenido una gran debilidad por las cosas bonitas pero tristes. —La miró atentamente antes de apartar la vista—. Creo que deberíamos empezar a hablar sobre tu proyecto, señorita Mitchell.
Su máscara profesional volvía a estar firmemente colocada en su sitio. ____ respiró hondo y empezó a describir su proyecto, nombrando a Paolo y a Francesca, a Dante y a Beatriz. Justo en ese momento, sonó el teléfono de Tom.
El tono de llamada eran las campanadas del Big Ben. Él alzó un dedo para indicarle que esperara un momento. Al leer la pantalla de su iPhone, le cambió la expresión de la cara.
—Tengo que responder —dijo con preocupación—. Lo siento.
Se levantó y respondió al teléfono en un mismo gesto.
—¿Paulina?
Se dirigió a la sala vecina, pero ____ oía lo que decía.
—¿Qué pasa? ¿Dónde estás? —preguntó él, en voz cada vez más baja.
____ trató de seguir cenando, pero no podía dejar de preguntarse quién sería Paulina. Nunca había oído ese nombre hasta entonces. Tom había parecido muy preocupado al ver su nombre en la pantalla del teléfono.
«¿M. P. Kaulitz? ¿Paulina Kaulitz? ¿Será su ex esposa? ¿O M. P. será un código para alguien y estará intentando confundirme?»
Tom regresó a la mesa un cuarto de hora más tarde y no se sentó. Estaba muy alterado, pálido y tembloroso.
—Tengo que irme. Lo siento. La cena está pagada y le he pedido a Christopher que llame un taxi para que te lleve a casa cuando hayas terminado.
—Puedo ir andando —replicó ella, agachándose para recoger el maletín.
Él levantó una mano para detenerla.
—De ninguna manera. No a estas horas ni en este barrio. Toma —añadió, ofreciéndole un billete doblado—. Para el taxi o por si quieres tomar algo más. Por favor, quédate y acábate la cena. Y llévate lo que sobre a casa. ¿Lo harás?
—No puedo aceptar tu dinero —dijo ____, devolviéndole el billete.
Tom le dirigió una mirada suplicante.
—Por favor, ____, ahora no —le rogó, frotándose los ojos con una mano.
Ella se apiadó de él y no insistió.
—Siento tener que dejarte así. Yo...
Lo sentía. Sentía mucho... algo. Estaba tremendamente angustiado, casi desencajado de ansiedad. Sin pensar, _____ le tomó la mano en un gesto de compasión y solidaridad. Y se sorprendió mucho al comprobar que él no hacía ninguna mueca, ni se soltaba bruscamente.
Al contrario. Le apretó los dedos como dándole las gracias por el contacto. Abrió los ojos y la miró, acariciándole el dorso de la mano con suavidad. Fue un gesto dulce y familiar, como si lo hubiera hecho miles de veces. Como si ella le perteneciera. Se acercó su mano a los labios y se quedó mirándola.
«Aquí permanece el olor a sangre; ni todos los perfumes de Arabia harían más dulce esta mano», susurró, parafraseando a lady Macbeth. Tras besársela reverentemente, se despidió:
—Buenas noches, ____. Nos veremos el miércoles... si sigo aquí.
Ella asintió. Lo vio salir a la calle y echar a correr en cuanto sus pies tocaron la acera. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que seguía llevando su precioso jersey de cachemira y que dentro del billete, Tom había escondido la tarjeta del Starbucks junto con una nota que decía:
J:
No creerías que iba a rendirme tan fácilmente, ¿no?
No te avergüences de aceptar un regalo si te lo ofrecen sin contrapartidas.
Y aquí no hay ninguna contrapartida.
Tuyo,
Tom