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Fingiendo amor (el chico del delivery)

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matrimonio bajo contrato
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Descripción

Chiara es una joven empresaria de éxito en el mundo de la moda. Todo en su vida marcha bien… hasta que recibe la peor invitación posible: la boda de su prima con su exnovio. Su madre para evitar que ella quede como la “solterona despechada”, y a la vez no asista a la boda, inventa un novio perfecto que, en realidad, no existe.

El problema llega cuando su prima y su ex deciden visitarla para invitarlos a ambos en persona. Atrapada en esa mentira, Chiara improvisa: el chico del delivery que justo aparece en su puerta se convierte, de repente, en ese novio ideal.

Lo que empieza como una simple farsa pronto se transforma en un enredo lleno de secretos y giros inesperados. Porque a veces, las mejores historias de amor nacen de la mentira más absurda.

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Invitación a una boda
​—¡Ay, mamá! Ya te he dicho que no voy a asistir a esa boda —exclama Chiara, casi fuera de sí. El solo recordatorio de la inminente boda de su prima Amaía, lanzado con esa familiar dulzura por su madre, Alba, enciende una furia helada en su pecho. ​—Anda, cariño. Es una buena oportunidad para visitar a la familia —intenta convencerla Alba, con esa paciencia infinita que solo parece aplicar cuando se trata de su hija. ​—¡No, no, no! Sabes muy bien que esa boda no es motivo de alegría para mí —responde la muchacha, al borde de la desesperación. Su voz tiembla, y el nudo en su garganta amenaza con traicionarla, haciendo añicos su fachada de mujer de negocios imperturbable. ​Alba suspira con un cansancio audible al otro lado de la línea, y Chiara lo nota. Sabe que los gritos no la convencerán, pero ceder se siente como una traición. La tensión entre ellas es siempre sutil, un hilo invisible que las mantiene en un equilibrio precario y que una sola palabra de más podría romper. ​Justo en ese instante, el timbre de la puerta suena. Chiara agarra la excusa: ​—Ya llegó mi comida, mamá. Mañana hablamos —dice la muchacha cortando la conversación con rapidez, apenas dándole tiempo a Alba para un último intento. ​—Ok, pero ten en cuenta lo que te he dicho. Adiós, cariño —se despide finalmente su madre, dejando escapar un dejo de preocupación que Chiara decide ignorar activamente. ​—¡Yo no voy a asistir a esa boda! ¡Jamás, jamás de los jamases va a pasar eso! —rezonga Chiara mientras se dirige a la puerta a recibir lo que pidió para cenar. ​A sus veintiséis años, Chiara es una diseñadora de éxito en el mundo de la moda. Sus comienzos como asistente en una prestigiosa casa de modas, mientras terminaba su carrera de diseño, le abrieron el camino no solo a la experiencia invaluable sino a una red de contactos útiles. Ahora, es dueña de su propia marca de lencería y ropa prêt-à-porter, que diseña ella misma. Su vida está rígidamente dividida entre el trabajo y… el trabajo. Pero esa rutina es la que la hace feliz. ​Por eso, la noticia de que su exnovio James estaba saliendo con su prima Amaía no fue un golpe devastador al principio. Le causó, sí, cierto resentimiento, una pizca de celos o, más bien, una profunda decepción que ella prefirió enterrar bajo bocetos y reuniones. Nada que la apartara de sus metas. ​Sin embargo, apenas seis meses después de enterarse de la relación, la noticia de la boda la golpeó como un balde de agua fría. De repente, todos los recuerdos que creyó haber sepultado vuelven con una fuerza brutal: las promesas de amor eterno, los planes compartidos, los sueños que tejieron juntos en la pequeña ciudad donde ella nació. ​Chiara se recuesta contra la puerta, como si pudiera detener el tiempo con la fuerza de su cuerpo, y cierra los ojos. ​Flashback: ​—¿De verdad vas a esperarme, cariño? —pregunta Chiara, apoyando la cabeza sobre el pecho de James, su novio desde la adolescencia. Su voz es suave, llena de una confianza que, vista desde el presente, le parece ingenuidad pura. ​—Sí, amor. Te esperaré el tiempo que sea necesario —responde él, jugando con un mechón de su cabello entre los dedos, como si cada movimiento contara una historia sagrada que solo ellos compartían. ​En aquel entonces, el mundo parecía más simple, más justo. Creen que pueden esperar el uno por el otro, que los años de separación no cambiarán su vínculo. Pero la vida, implacable, ya tenía otros planes trazados. ​Fin del Flashback ​—¡Maldito mentiroso! —se queja Chiara, susurrando, mientras desliza el cerrojo y abre la puerta al repartidor—. ¡Todos los hombres son exactamente iguales! ​Pero enmudece al ver al joven frente a ella. No es su tipo habitual: ropa sencilla, mirada directa, cabello castaño ligeramente despeinado. Y, sin embargo, hay algo en él —una quietud, una intensidad— que la hace titubear un instante. ​—Su pedido —dice el muchacho, extendiéndole la bolsa con la comida. ​—Yo… lo siento —se disculpa Chiara, dándose cuenta de que su última frase fue una reacción impulsiva, un cliché patético de mujer herida. ​Toma la bolsa, le da el dinero exacto y lo observa mientras él camina hacia su motocicleta. Se siente culpable por haber despotricado frente a alguien que no tiene nada que ver con sus frustraciones. ​El joven detiene sus pasos y se vuelve. Sus ojos encuentran los de Chiara con una intensidad que la hace sentir desnuda y vulnerable por un instante fugaz: ​—No todos somos iguales, señorita. ​Dice para después subir a su motocicleta, enciende el motor con un rugido que rompe el silencio de la noche y se aleja, dejando a Chiara con un sentimiento de culpa aún más profundo, mezclado con una curiosidad punzante. ​Chiara cierra la puerta de golpe, apoya la espalda contra la madera y respira hondo. Su apartamento, aunque moderno y elegante, parece vacío. Los muebles de diseño y las luces cálidas no logran sofocar la sensación de vacío que James dejó al mentirle. ​Se deja caer en el sofá. Sus ojos recorren las cajas de su última colección de lencería que aún esperan ser desempaquetadas. Sus manos rozan una de las telas suaves, y una mezcla de orgullo y melancolía la inunda. Trabajó duro para llegar hasta aquí, pero todavía siente que falta una pieza. ​La joven se levanta y camina hacia la ventana, mirando el río de luces de la ciudad. Piensa en Amaía, en la boda, en la inevitable confrontación con su pasado. No quiere ir, pero una parte de ella sabe que no puede escapar de lo que la vida le tiene preparado. ​Su mente vuelve, involuntariamente, al chico del delivery. ¿Por qué esa mirada le provocó tanta confusión? Es solo un repartidor, un completo desconocido, y aun así ha dejado una impresión más fuerte que James. Chiara se obliga a sacudirse el pensamiento. No puede permitirse distracciones; hay trabajo que terminar y emociones que controlar.

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