Excusas

1897 Palabras
​Al día siguiente, Chiara se siente agotada, como si un tren le hubiera pasado por encima durante la noche. Ha dormido pésimo; los recuerdos de su relación fallida con James no la han dejado en paz. Se da vueltas en la cama, despertando una y otra vez de la misma pesadilla recurrente: escucha a James decir, con esa arrogancia juvenil, que ya había conseguido de ella lo que deseaba y que ahora es libre. Cada vez que despierta, su corazón palpita con violencia, y una sensación ácida de amargura se instala en su pecho, justo donde solía estar la ingenuidad. ​Se levanta con un profundo pesar y se dirige al baño principal. Abre el grifo de la ducha y deja que el agua caliente le caiga sobre la espalda, el shock inicial intenta relajar los músculos tensos y calmar su mente. Necesita enfrentar el día. El vapor envuelve la estancia como un abrazo falso, y por un momento, cierra los ojos, intentando sumergir en el olvido todo el dolor. ​Cuando termina, se viste con el cuidado meticuloso de una mujer que usa la moda como armadura. Se enfunda en un pantalón de tiro alto de color grafito, elegante pero cómodo, y una blusa de seda pegada al cuerpo con mangas a la altura de los codos. Al mirarse en el espejo de cuerpo entero, la Chiara exitosa y poderosa le devuelve la mirada. ​—Si vieras todo lo que te perdiste, James —susurra, la frase es un veneno dulce. Hay una mezcla de satisfacción profesional y desafío personal en su sonrisa. ​Sale rumbo a la prestigiosa empresa de modas que dirige. Saluda amablemente a cada empleado que cruza su camino, forzando una sonrisa profesional. La rutina la calma. Sentir que su mundo está bajo control —los diseños, los presupuestos, los plazos— es el único bálsamo eficaz para el malestar que aún lleva en el corazón. ​Al llegar frente a su secretaria, Chiara recibe un aviso inesperado: ha recibido varias llamadas de su madre, Alba, solicitando hablar con urgencia. El motivo la hace suspirar con fastidio: ha apagado su móvil para evitar a su madre durante la mañana. A veces, aunque la ama profundamente, necesita distancia. Alba puede ser intensa y protectora, y Chiara no está de humor para confrontaciones innecesarias, especialmente sobre Amaía. ​—Hola, mamá —dice Chiara, respondiendo la llamada desde la impecable mesa de su oficina. ​—Bien, cariño. Aunque me parece algo desagradable que no me atendieras el teléfono —responde Alba, con ese tono de frustración maternal que Chiara reconoce de inmediato. ​—Lo he tenido sin carga desde ayer, mamá. Recién lo acabo de encender —se excusa, deslizando el mentira con una suavidad entrenada. Sabe que no será suficiente para tranquilizarla. ​—¡Sí, como no! —renega Alba, pero se rinde de inmediato—. Bueno, bueno, ya no importa. Solo quería avisarte que tu prima dijo que te extendería las invitaciones para su boda hoy mismo. ​El aire se le atora en la garganta. ​—¿Qué? ¿Mamá? ¿No le dijiste que no voy a asistir? —pregunta Chiara, pasando la mano por su cabello con un gesto de nerviosismo. Lucha por mantener la voz uniforme. ​—Bueno… en realidad, yo… —balbucea Alba. El tartamudeo es suficiente. Chiara sabe de inmediato que algo no está bien. ​—¿Qué pasó, mamá? —pregunta, controlándose a duras penas—. ¿Tú qué dijiste? ​—Bueno, cariño —comienza Alba, la explicación sale como una cascada rápida—. Tu prima llamó, sí. Yo le dije que no vendrías a la boda porque... no querías dejar solo a tu novio… —y en ese momento, Alba contiene el aliento, temiendo la reacción inmediata de su hija. ​—¡Qué… qué! —exclama Chiara, la incredulidad se convierte en rabia—. ¿Cómo que novio? ¿Te volviste loca, mamá? ​—Tranquila, cariño —dice Alba, suavizando el tono—. Ya está solucionado. Amaía entendió lo que le dije, así que ni siquiera va a enviarte la invitación por correo. ​Un alivio inesperado recorre a Chiara. Su corazón, que había estado acelerado por el malestar de la mañana, se relaja. Ha evitado el enfrentamiento, piensa. ​—Entonces… ¿ya no vas a insistir en que vaya? —pregunta, con un escepticismo residual. ​—No, cielo —responde Alba—. Solo quería que supieras que mi intención era ayudarte a cerrar ese capítulo de tu vida. Pero ya no será necesario. De igual manera, creo que deberías cerrarlo, Chiara. Por tu bien. ​—Lo sé, mamá. Pero no será ahora, y mucho menos en esa boda —contesta Chiara, dejando escapar un suspiro largamente retenido. Ambas hablan un poco más sobre otros familiares y se despiden. Chiara cuelga, la mente más tranquila, convencida de que el problema está resuelto. ​Con la cuestión de la boda aparentemente sofocada, Chiara se sumerge en el trabajo. Es su refugio más seguro. Comienza diseñando algunas prendas de lencería en encaje n***o y rojo, piezas que en el papel se ven sumamente sensuales y poderosas. Llama a una de las jóvenes que trabajan en los talleres para avisarle que hará ella misma las muestras iniciales antes de delegar la producción en masa. La precisión del trabajo la absorbe. ​Se concentra tanto en los diseños que no nota cómo el mediodía ya ha llegado. Decide llamar a la empresa de comidas que siempre utiliza y hacer un pedido doble de lasaña, pensando en invitar a su amiga Hanna a almorzar con ella y compartir un momento agradable, lejos de recuerdos y conflictos. ​Justo cuando está a punto de marcar el número, su asistente la interrumpe por el interphone: ​—Jefa —dice la secretaria, con un tono ligeramente alterado—. Hay una señorita que pide hablar contigo… dice que es urgente. ​—Dile que estoy por almorzar, que me espere o que venga más tarde —responde Chiara, sin ganas de averiguar de quién se trata. Su lasaña se siente más importante que cualquier visita. ​Pero apenas vuelve a tomar su móvil, la puerta de su oficina se abre de golpe. La madera golpea el tope con violencia. ​—¡Le he dicho que no puede pasar, señorita! —exclama la secretaria, entrando detrás de la visitante con el rostro encendido por el pánico. ​—¡Vamos, Chiara! —una voz femenina, conocida y cargada de una intención punzante, hace que la piel de Chiara se erice de golpe. Levanta la mirada y se encuentra con la persona que menos quería ver: su prima, Amaía. ​Amaía está impecable, con un vestido midi que Chiara identifica como de una marca de lujo europea, y lleva un bolso que vale más que el sueldo de su asistente. ​—Lo siento, jefa —se excusa la secretaria, luchando por recuperar el aliento—. No pude detener a la señorita… ​—Está bien, no te preocupes. Es mi prima —dice Chiara, tranquilizando a la joven con una calma helada—. Puedes retirarte. ​La secretaria sale con rapidez, cerrando la puerta con un suave clic. El silencio que queda es pesado, solo roto por el latido furioso del corazón de Chiara. ​—¿Qué? ¿No vas a abrazar a tu prima? —dice Amaía, con una expresión que mezcla alegría fingida, picardía y una innegable malicia. Sus ojos escudriñan cada detalle de la elegante oficina de Chiara, buscando fallas. ​—Vamos, Amaía —responde Chiara, apoyando las manos en el escritorio para mantener la compostura—. Sabes muy bien que tú y yo jamás nos hemos llevado bien. Ahorrémonos el circo. ​—¡Qué mala eres, prima! —exclama Amaía, forzando un gesto de ofendida que no engaña a nadie—. Vengo desde lejos, pura y exclusivamente a verte, ¿y así me recibes? ​—¿Qué haces aquí, Amaía? —pregunta Chiara, su paciencia está al límite y espera lo peor. El alivio que sintió con su madre desaparece por completo. ​Amaía se acerca al escritorio, se inclina un poco y su voz baja, cargada de énfasis. ​—Mi tía Alba me dijo que no ibas a poder asistir a la boda —dice Amaía, saboreando cada sílaba de la palabra “boda”. ​—Así es. Lo lamento tanto —responde Chiara con un sarcasmo perfectamente controlado, disimulando su irritación con una sonrisa tensa. ​—Sí, sí, ya sé que tienes novio —replica Amaía, burlona, cruzándose de brazos—. También me dijo mi tía que no vas a ir por no dejarlo solo. Por eso hemos venido hasta aquí. ​Chiara siente un escalofrío. La presencia de Amaía ya es ofensiva; la idea de que haya arrastrado a alguien más la alerta. ​—¿Hemos venido? ¿Quiénes? —pregunta Chiara, sintiendo un mal presentimiento que se instala como un bloque de hielo en el estómago. ​—¿Cómo quiénes? ¿De verdad pensaste que vendría sola? —responde Amaía, disfrutando del momento. ​Y justo en ese instante, la puerta se abre con un golpe suave. ​—Jefa, hay un joven que dice venir con la señorita y quiere pasar a verla —informa la secretaria, incapaz de detener la segunda incursión. ​Chiara comprende al instante. El mal presentimiento se confirma. ​—Hazlo pasar, por favor —dice, su voz es baja, un susurro ahogado. Contiene la respiración, preparándose. ​Minutos después, James aparece en el umbral de su oficina. Su presencia es imponente, pero diferente al recuerdo. Ya no es aquel adolescente inseguro y encantador; es un hombre pulido, consciente de su atractivo y con una seguridad que roza la arrogancia. ​—Hola, Chiara —dice él. Su mirada se detiene en ella, y la sorpresa es palpable. No es la misma muchachita regordeta que conoció; ahora es una mujer con todas las letras, hermosa, elegante y vestida con una sofisticación que él nunca le había visto. ​—¿Cómo estás, James? —pregunta Chiara, su cortesía es una barrera impenetrable, sin intención de acercarse. Se mantiene detrás de su escritorio, usando la madera como un muro de defensa. ​Amaía, sintiendo la tensión, decide intervenir antes de que la cortesía profesional destruya su plan. ​—Amor —dice, colgándose de forma posesiva del brazo de James—. Le estaba diciendo a mi querida prima que vinimos a invitarla personalmente a nuestra boda. ​Chiara da el golpe final, antes de que ellos puedan contraatacar. ​—Lo siento, chicos, pero como mi madre te dijo, Amaía, no pienso dejar botado a mi novio. Por lo tanto, no podré asistir. —Chiara habla con firmeza inquebrantable, sosteniendo la mirada de James, sin ceder un ápice. ​Amaía suelta una risa aguda y condescendiente. ​—¡Ay, sigue siendo igual de tonta! —dice, mirando a James con una sonrisa traviesa y cómplice—. Vinimos a decirte que no hay problema por eso. Queremos que estés allí con nosotros, así que puedes llevar a tu novio contigo. ​
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