Quinto capítulo.

1219 Palabras
  [    Me mostré sorprendida una vez más por este hombre que osaba molestarme. Quizás si estaba bastante molesta y enfurecida, pero eso no le daba el derecho de ocupar su mano en mi boca haciéndome callar de una sola vez mientras que la otra reposaba en mi nuca con un tacto cálido que hubiese podido apreciar en otro momento, aquello no hizo más que aumentar todo el enojo que tenia hacia su persona, mire el rostro del hombre logrando notar como este se había vuelto tan rojo haciendo resaltar las pecas que podía tener, así de cerca estábamos, incomoda me removí intentando salir de sus aprisionamiento utilice mis manos para tomar sus antebrazos, era una pena que mis uñas largar se hubiesen ido de mis manos hacia días atrás, sino ese hombre ya tendría una lindas marcas en sus brazos.]     Su rostro reflejaba el disgusto que albergaba en su cuerpo, hastío y desanimo. El blanco sobreabundando en la habitación al que había sido asignado le hacía colgar en un hilo. Aborrecía aquel color, burdo y a veces sin propósito alguno. Y aunque todo aquello lo molestaba hasta irritarlo, en su pecho la incertidumbre de no haber visto a la mujer de orbes castaños desde hace mucho tiempo lo llevaba al borde. Nunca lo visitaba. Las sabanas debajo de su piel le causaban malestar, escozor en su piel, quizás deseaba solo un poco arrancarlas del sitio de donde dormía, pero eso no se lo diría a ninguna enfermera o doctor. Todos podían llegar a ser aborrecibles en cuanto al trato entre seres de una casta inferior a la de ellos o incluso a la suya propia.           La conciencia y lo irreal jugaban con su mente, se repetía a si mismo que Leire no iba a verle, y sentía un peso sumamente desagradable en su corazón, ¿quizás le había pasado algo a la alfa? Era algo que desconocía. Su día se vestía de suplicio cada que el sol moría sin ver el cielo detrás de las pestañas de la menuda chica. Y aunque el alfa no lo sabía, tal vez no recordaba a ciencia cierta el nombre de quien clamaba, pero Leire volvía a diario a él desde que lo internaron. Aun cuando en su olor la desesperación abundaba y la marca en su cuello se tornaba grisacea, su amor por Harry no se había marchitado. En su cuarto una ventana hermosa llegaba a acaparar la atención en un primer momento de quien entraba al lugar, luego de unos segundos toda aquella cortesía era robada por el paciente que con indiferencia miraba. Ese ventanal daba una vista directa al patio donde todos los pacientes se reunían, pero él nunca llego a salir a tal lugar. Tampoco le apetecía o tenía ganas de hacerlo, por el simple hecho de que su vida no se encontraba ahí afuera junto a todos los enfermos recluidos al igual que él, el porqué de su existencia corrió tan lejos de él cuando una tierna alfa de rostro desconocido lo dejo con sus pertenencias en el porche de aquel sucio lugar. Trágico, y deprorableme. Inocente y a la vez corrompido por situaciones que lo enmarcaban a él como un asunto pendiente.           Harry la amaba al comienzo del día, pero cuando la luna campante bailaba en un cielo carente de estrellas bañando a todos con su oscuridad, él le odiaba. Asfixiante, no sabía cómo representar sus sentimientos en colores para expresar lo que sentía por la extraña mujer. A veces, en momentos de crisis, en su mente se dibujaba a el mismo siguiendo el compas de una suave melodía que pensaba desconocer. Sus manos cubriendo la cintura estrecha de la alfa, susurrando con prosas que calmasen el alma y borraban brechas.           Pero cuando la sinfonía se convertía en una tonada violenta, todo aquello se esfumaba en el viento, las notas graves y fúnebres se robaban a la dulce joven de sus brazos con violencia e hipocresía. Desprotegido y agonizando por el alejamiento de su pareja, atemorizado y un poco herido. Pero él no lo entendía, ella vagaba a diario en su mente, descalza y sin cuidado, y recordaba el olor de su pareja, la primavera impregnada en su piel. Y casualmente la de orbes castaños olía a primavera, pero al mismo tiempo exhumaba soledad y abandono.           Harry reposando miraba el cielo de las cuatro paredes que lo acogían, remolinando en su pensar que quizás ese día pintaría un poco de todo. Pocas cosas lograban calar en su mente, muchas de ellas eran inspiración que bañaba su juicio, lamentablemente nada se llegaba a ser materializado. La mujer desconocida interrumpía constantemente en sus sueños, a la hora de bañarse, en el almuerzo, incluso en medio de delirios las estrellas formaban su rostro.           Su alma ansiaba poder reconocer, lograr visualizar en su totalidad a quien más añoraba. Un nombre, quizás solo una letra. Solo una vaga idea no le ayudaba, un par de ojos achocolatados era demasiado poco, a veces era mucho. Era la duda que pesaba en su corazón, volviéndole inestable e indeciso.           Y aun cuando el frío se ceñía a su mente la chica estaba ahí, como justo ahora.-           Leire se pavoneaba en la habitación, la fragancia de la depresión y medicamentos hacían picar su nariz. Con el pasar de los meses entendió que su corazón se rompía un poco más cuando veía los ojos ausentes de su pareja, era casi imposible recordar el sabor de los labios de Harry, un cruel castigo del tiempo.           Todo carecía de vida, la persona que estaba encima de la cama podía definirse como un cascaron vacio de lo que el pasado dibujaba. Una mirada perdida, un par de labios sellados, solo las respiraciones pausadas de dos almas que anhelaban un ligero roce.           Sus ojos repasaban constantemente la habitación, habiendo cosas que resaltaban, como lo era la falta de color. Con el transcurso del tiempo Leire había aprendido cientos de cosas, algunas calaban en su mente más que otras, pero algo era palpable e inolvidable, el color blanco. En ello se encontraba tanto que hacia helar su piel. Cuando conoció a Harry, algo que le llamo particularmente la atención, los matices que inspiraba, su ser rebozaba en colores vivos, vibrantes. En aquel tiempo aprendió a amar el arte, porque sin duda el otro hombre lo era.           Leire fue un lienzo en blanco, uno que le dio la oportunidad a su alfa de llenar con color y apreciación por sí misma.   Los frascos que contenían pinturas, compradas hacía meses atrás, reposaban en la pequeña mesa que se le fue otorgada al joven de cabello rizado, las mantas aun cubrían los lienzos, la periodista estaba segura de que su esposo no había tocado ninguno de ellos. Algo decepcionante y desalentador. En su mente una pregunta se repetía, quizás con eco, ¿un bloqueo artístico?           "Harry..." llamo angustiada, su alfa rasguñándole el pecho. Lastimado tal cual animal enjaulado, implorando en sollozos que se acercara a su pareja.           En su cuello la herida de un pacto de amor escocía, incomoda. ¿Cuánto tiempo tendría que estar allí su alfa? Los primeros meses pasaron rápidamente, luego de eso parecía como si el tiempo en una decisión trágica se empecinaba en lastimarla hasta verla derramando lágrimas en una almohada que poco a poco perdía el olor característico del hombre enfermo.  
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