VI Los osos Tras una hora de camino, en la que Tomek pudo comprobar que Marie no había exagerado las capacidades musicales de Cadichón, se hizo de noche, y ya no se veía nada. Además, un frío húmedo había descendido sobre el carro y sus ocupantes. —¡Para, Cadichón! —gritó Marie, y el burro se detuvo enseguida. Después le pasó una chaqueta a Tomek, que estaba temblando. —Toma, abrígate, dentro de poco hará aún más frío. Yo le voy a poner las zapatillas a nuestro amiguito. Tomek se preguntó qué querría decir aquello, y observó lo que hacía Marie. Esta rebuscó en el carro y sacó de él un montón de telas que tiró al suelo. Después bajó del carro y envolvió cada una de las patas de Cadichón, con tanta maña que pronto se formó una especie de bola grande al extremo de cada una de ellas. Tom

