VII La pradera La tumba de Pitt era bien sencilla: un montículo de tierra sobre el que Marie había hecho una cruz con dos ramas de nogal. Habían brotado solas unas flores blancas, y eso la convertía en una tumba con mucha gracia, tan alegre como Pitt lo había sido en vida. Tomek y Marie estuvieron frente a ella en silencio durante un rato, y después Marie dijo, con ternura: —Descanse, capitán… Le brillaron los ojos, pero no lloró. La pradera superaba en belleza a cualquier otra cosa que Tomek hubiera visto antes. Imaginad un jardín en el que solo hubieran plantado flores: color malva, blancas, rojas, amarillas, negras como la noche. Cada una era más espectacular que la anterior. Pues bien: lo que se extendía a lo lejos, bajo los ojos de Tomek, eran un millón de jardines como aquel, ha

