XVII La Montaña Sagrada Al amanecer, la montaña no le pareció a Tomek tan aterradora como el día anterior. Al contrario: daban ganas de escalarla. Los tres viajeros devoraron las provisiones que les quedaban, y después se pusieron alegremente en marcha. No les cabía duda de que aquella misma noche estarían de regreso, con sus dos cantimploras llenas del agua del río Qjar. En cualquier caso, eso pensaban. El agua ya no tenía ni rastro de sal: al contrario, era maravillosamente límpida y clara. Nunca dejaba de extrañarles ver cómo corría al revés, chocando contra las rocas, formando espuma. Aunque Tomek y Hannah deberían haberse acostumbrado a semejante prodigio por haberlo observado desde el océano, no podían evitar, a veces, detenerse a contemplarlo, con las manos en la cintura. —Es inc

