Reunion con Andrew Rizzo
Aurora Izaguirre
Trabajo como distribuidora en las mesas del Casino-Hotel Rizzo.
Su dueño se llama: Andrew Rizzo.
Es uno de los hombres más poderosos de la ciudad, prácticamente el soltero más codiciado del mundo. Tiene apenas treinta y tantos años, el físico de un jugador de fútbol profesional y la cara de un modelo y la mitad de las camareras del lugar están perdidamente enamoradas de él.
Excepto que es aterrador y está en todas partes. No importa lo guapo que sea Andrew Rizzo, ese hombre me asusta profundamente. Al parecer tiene conexiones con la mafia, no estoy segura. Podría ser un asesino.
Me concentro en el juego que estoy tratando. Me duelen las piernas y la espalda por trabajar un turno largo, y aunque el casino hace generosas excepciones para mí (como acolchado adicional en mis sillas, descansos más prolongados y zapatos ortopédicos no estándar), repartir cartas y dados sigue siendo bastante agotador para mí, en general gracias a un accidente automovilístico hace siete años. Luego camino hacia la oficina del cajero para cerrar y cobrar mis propinas. Trabajar como distribuidora no es un mal trabajo: el salario base es pésimo, pero si mis clientes ganan y se sienten generosos, puedo ganar mucho dinero con propinas. Lo cual es algo divertido para mí: es como si estuviera apostando junto con ellos, siempre animándolos en secreto a ganar mientras me atengo a las reglas del juego y me aseguro de que no obtengan ventaja. Camino lentamente por el suelo. Desde el accidente, no he podido caminar correctamente y me llevó un esfuerzo sobrehumano y mucha rehabilitación llegar a este nivel doloroso. Es lo primero que la mayoría de la gente nota de mí, la forma en que casi arrastro las piernas como si mis pies estuvieran sumergidos en bloques de concreto. Pero tengo mucha suerte y lo sé. Los médicos dijeron que si una docena de pequeñas cosas hubieran sido diferentes, mi lesión en la columna me habría dejado paralizada. En cambio, estaré discapacitada por el resto de mi vida, pero al menos todavía puedo moverme sin ayuda, que es más de lo que mucha gente en mi situación puede decir.
Todo gracias a mi ángel. El hombre que me salvó esa noche. No sé su nombre y no recuerdo su rostro, pero todavía pienso en su voz. Un suave susurro en mi oído, asegurándome que todo estará bien, que él cuidaría de mí.
A veces sueño con esa voz, pero por mucho que he intentado encontrarlo de nuevo, el hombre sigue siendo un misterio.
–Disculpa.
Me estremezco a mitad de camino hacia la ventanilla del cajero y me doy la vuelta. Kevin Weller está allí de pie, con las manos entrelazadas delante de él, con expresión seria.
—¿Qué pasa?—pregunto, mostrándole mi mejor sonrisa, pero algo se siente mal.
Kevin está en el equipo de seguridad y siempre hemos sido amigables, pero esta noche no sonríe.
—El señor Rizzo me envió a buscarte.
Mis cejas se alzan.
—¿El Señor Rizzo? ¿Me quiere ver?
Pero en ese momento se acerca Gabriel con cara neutral. Es alto, de cabello oscuro, atractivo. Un tipo grande y musculoso que domina una habitación. Kevin me deja con su jefe y sale de allí.
—Aurora—dice, frunciéndome el ceño—.Pase. El señor Rizzo quiere hablar con usted.
Tengo demasiado miedo para preguntarle qué está pasando.
Pero una vez dentro, el amigable y servicial Gabriel se ha ido, reemplazado por un doble sensato.
Cuatro personas me miran fijamente mientras estoy en la puerta de la oficina principal de seguridad. Es una habitación pequeña y estrecha, pero en este momento se siente diminuta y me está costando todo mi autocontrol no gritar y salir corriendo. Estoy sudando y me tiemblan las manos, y estoy bastante segura de que pueden oír mis dientes castañetear.
En el momento en que veo al señor Rizzo sentado en la silla de control frente a los monitores de seguridad, parece que no puedo apartar la mirada.
Él está mirando hacia atrás. De cerca, el hombre es aún más impresionante. Musculoso de forma atlética. Su ropa está perfectamente confeccionada y su reloj es obviamente caro. Su cabello lo hace parecer distinguido, y sus ojos de un azul profundo distraen y son hermosos.
Lo veo desde lejos todo el tiempo, pero estar tan cerca es abrumador.
Ahora entiendo por qué todas las mujeres de este lugar dejarían felizmente que él las dejara embarazadas.
—Aurora— él habla primero. Su voz es un murmullo bajo. William y Tina no dicen nada, solo me miran fijamente desde sus sillas, y Gabriel permanece de pie a mi lado.
—Gracias por venir.
—Mmm—me las arreglo para decir y mi voz de repente es muy chillona.
—Estoy seguro de que te estás preguntando por qué estás aquí— el señor Rizzo ignora el ruido que salió de mi cara, ya que en realidad no era lenguaje—.Hace poco salió a la luz algo muy inquietante.
Tina suspira y se mira las uñas. Es una mujer atractiva de poco más de treinta años, joven para su posición, con pelo castaño liso y piel pálida.
—Vamos, Andrew, sácala de su miseria. La pobre chica parece que se va a desmayar.
–Despídela y termina con esto— gruñe William. Tiene la edad de Andrew, es fornido y de aspecto duro. Guapo de una manera ruda.
Casi grito.
¿Despedida? ¿Despedirme por qué? He sido un m*****o leal del equipo desde mi accidente hace siete años. Le debo a este lugar mi vida y la vida de los miembros de mi familia. Soy el principal sostén de mis padres y mi hermano, lo que significa que si pierdo este trabajo, estaremos más que jodidos.
— ¿Realmente va a despedirme señor Rizzo?—dije.
Sus labios se juntan.
—Eso es lo que William quiere. A Tina realmente no le importa de ninguna manera. Gabriel dice que eres una buena empleada y una buena persona. ¿Qué crees que deberia hacer?
Miro a mi alrededor como si pudiera descubrir algo de verdad en las paredes de color beige pálido y las pilas de archivos en los estantes.
— ¿Me darían un aumento?—logró decir.
No sé por qué digo eso. Es lo primero que me viene a la mente. A veces, cuando estoy de espaldas a la pared, mi estúpida boca toma el control.
Las cejas del señor Rizzo se arquean. Y el más mínimo y mínimo atisbo de sonrisa aparece en sus labios antes de volverse hacia el monitor de la computadora.
—Ven aquí.
Dudo, pero me acerco para poder ver mejor. Hace clic hasta que aparece una señal de cámara. La marca de tiempo dice que es de la noche anterior, poco después de las dos de la madrugada.
–No estaba trabajando entonces— digo, totalmente perpleja. La imagen muestra las ventanillas del cajero donde la gente acude a cambiar fichas por dinero. Está vacío, sólo se ve a la mujer que trabaja en el turno de noche, y está ocupada repasando el conteo en el borde de la pantalla.
—Mira—dice él y presiona reproducir.
Al principio no pasa nada. La cajero está ocupada con algo que no puedo ver fuera de la pantalla y debajo del mostrador. Un juego de fichas se deja sobre el escritorio, esperando a ser contadas y aseguradas. Es una infracción menor del protocolo, el tipo de cosas que los cajeros hacen todas las noches por conveniencia.
Entonces una persona entra en escena.
Es larguirucho. Cabello oscuro y sucio. Vistiendo una sudadera negra. Parece nervioso, incómodo. Está mirando a su alrededor, con las manos metidas en el bolsillo delantero de su sudadera. Después de un segundo de observar al cajero, se acerca a la ventana, mete la mano dentro y agarra las fichas no aseguradas. Sucede tan rápido que ni siquiera estoy segura de que realmente los haya tomado. Sus manos desaparecen dentro de su sudadera con capucha y se da vuelta. Andrew hace una pausa.
Y casi vomito cuando mis manos se llevan a la boca.
La cara del chico es visible. Sólo por un segundo, y apenas.
Andrew se vuelve para mirarme.
—¿Has tenido noticias de tu hermano últimamente?— él pregunta.
Mi hermano Said tiene que ser la persona más estúpida del mundo.
No sé qué decir. Mi cabeza trabaja hasta horas extras. No, no he sabido nada de Said desde hace unos días, lo cual no es inusual. Viene y va, desapareciendo durante horas, días, semanas e incluso un par de meses una vez. Mi mamá asumió que estaba muerto, pero apareció con un nuevo tatuaje como si nada hubiera pasado. Soy discapacitada y mi hermano es un imbécil ladrón. No hay nada en el mundo que pueda darle al señor Rizzo para arreglar esto.
Pero no tengo otras opciones.
—¿Qué desea?—pregunto, sintiéndome miserable.
—Ven a mi departamento esta noche a las diez—dice voteandose hacia el monitor. Rebobina el vídeo y lo reproduce, deteniéndose perfectamente en el rostro de Said por segunda, tercera y cuarta vez—.El encargado del hotel te desbloqueará el ascensor.
No sé qué decir. ¿Una invitación a su departamento? Miro mi reloj: faltan cuatro horas.
—Yo...está bien, puedo hacer eso—lo repito una y otra vez, ignorándome por completo.
No se que decir saber, sintiéndome incómoda hasta que finalmente me acerco a la puerta, el señor Rizzo habla una vez más.
—No llegues tarde, Aurora. Y por favor, de ahora en adelante llámame Andrew. Aunque me gusta la forma en que dices señor Rizzo.
Lo miro boquiabierta, atónita por su tono, pero él sigue mirando el monitor, viendo a mi hermano robando una y otra vez, hasta que me obligo a irme.