No podía negar que estaba feliz porque todos estábamos ilesos, pero teníamos que reunirnos y pensar en nuevas estrategias, así como corregir cualquier error que hubiéramos tenido hoy. De eso dependía nuestro éxito en los ataques futuros. Cargué a Aleksandra y corrí con ella hasta la casa. —Bájame, Ivanov. —No te voy a bajar. —Todos nos están viendo. —¿Cuál es el problema? Eres mi mujer. —Soy tu esposa… no tu mujer. Solté una risa. —Ya te he visto desnuda, te he tocado hasta el alma… ¿Y no eres mi mujer? —Explícame eso, preciosa. —Cállate y deja de decir estupideces. Mi nombre es Aleksandra. La bajé, rozándola a propósito con mi erección. —Aleksandra Ivanov… o sea, mi mujer, mi esposa, la futura madre de mis hijos. —Sabes bien que no soy tu mujer. Sigo siendo tu enemiga. —Eso

