El disparo
Una ambulancia, por favor… Vera se está desangrando.
La escena me descolocó mucho más de lo que yo hubiera imaginado. Mi mente se quedó en blanco. No hallaba qué hacer. Mis manos temblaban mientras intentaba tapar la herida, presionando con fuerza, como si eso pudiera detener lo inevitable, pero era imposible. La sangre no salía solo de un lugar; parecía brotar de todas las partes de su cuerpo, empapando el suelo, mis manos, mi ropa, mi desesperación.
Todo sucedía demasiado rápido y, al mismo tiempo, sentía que el tiempo se había detenido solo para torturarme.
—Mi hijo estaba perdido. No reaccionaba. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos, como si no pudiera comprender lo que estaba ocurriendo frente a él. Yo tampoco quería aceptarlo, pero alguien tenía que hacerlo. Así que me tocó subir a la tarima, colocarme a su altura y tomar el pulso de Vera. Sus dedos aún estaban tibios; sin embargo, no había latido. Cerré sus ojos con cuidado, con una lentitud que dolía, y confirmé lo que más temía.
Ya no había nada que hacer.
—No… no, padre, debe haber algo que hacer —gritó mi hijo con la voz rota, desesperada—. ¡No puede ser!
Lo miré con el corazón hecho pedazos.
—Hijo… está muerta.
—El silencio cayó como una losa pesada. Nadie más corrió, gritó o intentó esconderse. En ese instante todos comprendieron algo terrible: el objetivo nunca fue el caos, ni la fiesta, ni la multitud. El objetivo había sido solamente ella.
Algunos invitados quisieron quedarse, supuestamente para apoyar a la familia, pero yo los observé con toda la ira que tenía contenida. “Ya se acabó el espectáculo, Vera ha muerto, pueden irse”.
Les grité y es que, aunque todos fingían estar sorprendidos, la verdad es que sus rostros reflejaban una satisfacción que solo me incitaba a asesinarlos. Pero no podía hacerlo en este momento. Sin contar que necesitaba despejar el lugar para que la familia de ella pudiera vivir su duelo en paz, lejos de miradas curiosas y murmullos innecesarios.
Los gritos y los lamentos de la familia de Vera no se hicieron esperar y que cuando el disparo sonó, todos se habían escondido debajo de las mesas por el miedo. Por esa razón, no supieron de inmediato que era su hija la que había muerto. Solo cuando todo se calmó, mi grito los estremeció y les anunció la verdad.
Sus padres subieron a la tarima corriendo. La encontraron en el piso, sin vida, mientras yo aún sostenía su cabeza entre mis manos y es me negaba a soltarla.
—No… no… hija, no… —Repitió su madre, cayendo de rodillas.
Esos gritos me atravesaron como cuchillas. Con cuidado la soltó y me alejé unos pasos para darles privacidad. No podía soportar ver ese dolor, porque era el reflejo del mío.
Me dirigí a la barra, tomé una botella de whisky y la llevé directo a mi boca. Tomé sin respirar, como si el alcohol pudiera apagar lo que sentía. Luego, observó a mi alrededor. Ya no había invitados ni curiosos. Solo mi equipo de seguridad y ambas familias permanecíamos en medio de una escena que nadie olvidaría jamás.
¿Qué había pasado aquí?
Esa pregunta no dejaba de rondar mi mente.
—Jefe, disculpe que lo interrumpa… ¿Qué hacemos con la señorita?
—Busquen un maldito médico legal. Que se encargue de preparar el cuerpo mientras yo afino los detalles de su velorio.
Actúe en piloto automático. No pensé ni me permití sentir. Comencé a hacer llamadas, reservé la sala velatoria, coordiné todo lo necesario. Cada palabra que decía sonaba lejana, ajena, como si no fuera yo quien hablaba.
Una hora después observaba cómo el cuerpo de Vera era colocado en un ataúd. Ya no había nada más que hacer en ese lugar. Así que subí a mi camioneta y me dirigí a casa.
Al llegar, me recibió la soledad. Una maldita soledad que ya no me agradaba. Una con la que había jurado acabar ese año. Ese pensamiento me llenó de furia; se suponía que me casaría y me convertiría en padre, no que terminaría en un velorio. Comencé a destrozar todo a mi paso. No hubo nada en la casa que se salvara de mi ira desbordada.
Juré que no iba a llorar, pero no pude cumplirlo. Cuando ya no quedó nada más por romper, me dejé caer contra una pared y resbalé hasta el piso. Allí estallé en llanto. Maldije la hora en que realicé la fiesta, la hora en que la conocí, en realidad… lo maldije todo.
Quise encerrarme, no saber de nadie, desaparecer. Pero no pude. Sin importar cuán destrozado estuviera, no podía demostrarlo. Había responsabilidades que cumplir. Había que darle un entierro digno a Vera.
Como pude, me levanté y fui a darme una ducha. Ya estaba por amanecer, así que no tenía sentido acostarme a descansar. El agua fría cayó por mi cuerpo, tensando cada rincón. Allí, en ese pequeño espacio, me permití gritar.
—¡No… no! ¡Maldita sea! —golpeé la pared—. ¡Te voy a vengar, te lo juro!
Lo hice una y otra vez hasta que entendí que nada de lo que hiciera encerrado en este maldito lugar solucionaría nada.
Me envolví en una toalla y fui a su clóset. Tomé un traje n***o y me lo coloqué mientras pensaba en todo y en nada al mismo tiempo. Hasta que el sonido de mi celular me sacó de la ensoñación.
—Hijo, debes presentarte en la funeraria. El cuerpo de Vera está listo.
—Está bien, papá. Ya salgo para allá.
Con un nudo en la garganta y el corazón destrozado, subí al auto, seguido de un amplio grupo de escoltas. No podía dejar de pensar en qué había podido hacer diferente para evitarlo. Y la respuesta era clara: nada. No había nada que alguien pudiera hacer para evitar que la mataran.
El camino se me hizo corto. No deseaba salir del auto, pero el compromiso no era solo con el cuerpo, sino con la familia… y más aún con los mafiosos. Me coloqué las gafas y bajé. Aún no había llegado nadie, y eso me causó alivio.
Hasta que entre.
Allí estaba el maldito ataúd de madera.
Un escalofrío recorrió cada fibra de mi ser, recordándome que, aunque lo negara, aún era humano. No avance de inmediato. Lo estudié, como si dentro hubiera una bomba a punto de estallar. Así era exactamente como me sentía.
Me quité los lentes, pasé mis manos por mi rostro y caminé. Uno… dos… tres pasos fueron suficientes. Vi su cuerpo inerte dentro de esa caja. Verla allí, tan linda, casi sonriente, me golpeó con fuerza.
Me acerqué y pasé mis dedos por su rostro.
—Hola, hermosa…
Su piel estaba fría y tiesa, como si en vez de horas llevara meses muerta. Entonces lo comprendí. Se había ido de verdad. Me permitió derramar un par de lágrimas.
—Perdona mi estupidez… nunca debí ponerte en esta situación —susurré—. Descansa en paz, Vera.
Mis dedos recorrieron su pecho, ya cubierto por el vestido n***o que llevaba puesto. Me detuve en su dedo, donde aún estaba el anillo que hacía poco le había dado. Lo observé como si ese objeto tuviera todas las respuestas, como si pudiera hacer real algo que mi mente se negaba a aceptar.
Tal vez era una fantasía o un sueño del que despertaría.
Pero no fue así.
Lo comprobé cuando llegaron los padres de ella y, destrozados, se acercaron a abrazar a su hija. Allí comprendí que ese día me habían arrebatado todo.