Velorio

1187 Palabras
Verlos llorar y suplicar era algo que nunca había soportado. Nunca. Ese tipo de escenas siempre le provocaron rechazo, una mezcla de fastidio y desprecio que le quemaba por dentro. Así que salió del lugar. Necesitaba aire. Se quedó afuera, de pie, con el cuerpo rígido, comenzando a saludar a cada persona que llegaba. Uno por uno. Rostros conocidos, otros no tanto, todos con la misma expresión falsa de pesar. Sabía que todo ese teatro estaba de más. En el fondo, la mayoría estaba feliz de lo que le había pasado. Feliz de verle golpeado, vulnerable, roto. Aun así, debía hacerlo. Por cortesía. A veces se preguntaba quién inventó esa mierda de la cortesía, ya que en su mundo perfecto, todo se arreglaría con sangre. Sin palabras, sin apretones de manos, sin sonrisas hipócritas. Cada minuto que pasaba sentía que se asfixiaba. Ver cada maldito ramo de flores llegar en honor a ella le revolvía el estómago. Flores que Vera ni siquiera habrá sabido que existían. Todo eso le hacía preguntarse por qué mierda estaba allí, parado, fingiendo humanidad. Pero la mirada de su padre lo mantenía en su lugar. No decía nada, no necesitaba hacerlo. Bastaba ese gesto para recordarle que no podía irse. No todavía. Las cosas no mejoraron. Llegaron amigos, conocidos y otros familiares de ella, personas que ni siquiera sabía que existían. El lugar se llenó más y más, y el evento se extendió sin que él supiera exactamente en qué momento. Hasta que ocurrió. No sabía en qué punto a su madre se le ocurrió que era buena idea invitarlo a hablar sobre cómo era ella. Solo recuerda haberla mirado. No dijo nada. Pero su mirada transmitía con claridad las profundas ganas que tenía de desgarrarle el cuello en ese mismo instante. Al parecer, lo entendió. Porque se disculpó rápidamente con los presentes, alegando que él se encontraba muy perturbado por los sucesos, y le cedió el turno a otra persona. Una que parecía morirse por hablar estupideces sobre lo buena persona que era Vera. Eso casi le arrancó una carcajada. Buena persona. Como si ese título sirviera de algo cuando te meten una bala en el cuerpo. Las horas transcurrieron de forma tortuosa. Maxim no hacía más que mirar el reloj, contando los minutos, esperando que terminara ese maldito teatro. No entendía a quién se le había ocurrido que tenían que velarla hasta las cinco de la tarde. Cada segundo era una provocación. No pudo más. A las tres en punto, dijo que procedieran, dejando a toda su familia estupefacta. Algunos incluso intentaron intervenir, murmurar, cuestionar. Así que tuvo que ser más directo. —He dicho que la vamos a enterrar ahora —sentencié—. El que esté en desacuerdo con mi decisión es libre de expresarlo. Todo quedó en silencio. Nadie dijo nada. Nadie se movió. Jamás se atrevería a enfrentarse a Maxim. Uno a uno, comenzaron a salir del lugar, cabizbajos. Se acercó a Vera, deslizó los dedos por sus labios y pensó que era un desperdicio que se los llevara la muerte, porque eran un buen atributo. Ese pensamiento lo hizo esbozar una leve sonrisa, apenas perceptible. —Fue un placer haber compartido contigo, hermosa —murmuró—. Nos vemos en otro mundo. Esas palabras fueron una sentencia. Tomó la tapa del ataúd y la cerró; después se quedó allí observando cómo su cuerpo era trasladado. Cuando llegaron al lugar final, el cura ya los esperaba. Algo a lo que él no le veía sentido. ¿Cómo dos o tres palabras dichas por un hombre podían liberar tu alma y perdonar tus pecados? Estaba seguro de que alguien había inventado esa estupidez solo para alargar estos momentos. Si tan solo ese cura supiera cuántas personas había enterrado él mismo para “liberar sus pecados”. No le quedó más que resignarse a escuchar esa sarta de palabras vacías, algo que se le hizo eterno. Después de cuarenta minutos, por fin el ataúd descendió hasta su lugar final. Ese hueco al que, algún día, irían todos. Gracias a Dios, ese fue el momento en que todos sus enemigos decidieron retirarse y darle un respiro. O eso pensó. Cuando el ataúd de su hija fue sepultado, su padre sintió ira y dolor, así que se acercó a Ivanov. —Quiero que esto sea vengado de la peor manera posible —dijo—. No soportaré que sigas de brazos cruzados. Eso bastó. Bastó para detonar toda la furia que Ivanov tenía contenida. ¿Quién mierda se creía ese señor para darle órdenes? Lo tomo del cuello y lo alzo en el aire. Hasta ese momento lo había respetado. O mejor dicho, había sentido lástima. Pero se equivocó. —A mí nadie me dice lo que debo o no hacer —le dejé claro—. Así que voy a dejarle claras un par de cosas. Le hablo lento. Para que entendiera. 1— Que usted sea el padre de Vera no significa que pueda pasar los límites. 2— Evite respirar el mismo aire que yo. Si quiere mantenerse con vida 3—Yo, y solo yo, decido si vale la pena tomar venganza o no. 4—Espero que hagan su vida muy lejos de mí. No traten de contarme ni de buscarme, porque lo lamentarán. Lo soltó bruscamente, haciendo que cayera al suelo. —Largo de aquí —pronunció con su voz cargada de odio. La madre de Vera levantó a su esposo del piso y lo ayudó a caminar para salir del lugar. Solo en ese momento pude volver a respirar. Él decidió que seguir allí no tenía sentido y le hizo una seña con la cabeza a su equipo y se marcharon, dejando así cerrado ese capítulo de su vida. En el camino, les pidió a los chicos que se desviaran a una de sus propiedades. La que tenía un campo de tiro. Cuando llegó, se quitó el saco, arremangó su camisa, tomó un arma y la comenzó a descargar. Disparo tras disparo. Siempre al corazón de cada uno de los maniquíes, imaginando que así sería como mataría a sus enemigos. Había llegado la hora de ponerme a trabajar. Dejó el arma y se dirigió al galpón. Lo primero que hizo fue revisar planos, preparar estrategias. Aunque tenía en mente uno y mil planes para vengarse, nada parecía complacerle. Asesinar era algo de siempre. Algo para lo que todos los mafiosos estaban preparados. Pero… ¿Y si el golpe fuera otro? Uno más fuerte, contundente, que los desestabilizara incluso más que antes. Más que cuando se revolcaban en el piso llorando a un ser querido. Uno permanente. Uno que los obligara a vivir en la miseria. ¿Y si imponía respeto de una vez por todas? Con esa idea rondándome la cabeza, se retiró a su casa. Ya eran las dos de la mañana y aún no encontraba la forma exacta de hacerlos pagar como realmente merecían. Pero sabía que no estaba lejos. Ya había decidido que sería definitivo. El problema era cómo. Se desvistió y, contrario a lo que pensó… logró dormirse.
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