Subimos al yate en silencio, pero no era un silencio incómodo, era uno cargado de miradas y de esa tensión que siempre existía entre nosotros. Apenas puse un pie dentro, sentí la mano de Maxim en mi cintura, firme, como marcando territorio sin decir una palabra. Lo miré de reojo. —No has cambiado nada. —Tú tampoco —respondió con una sonrisa ladeada—. Sigues retándome sin abrir la boca. Rodé los ojos y caminé hacia la parte principal del yate, ignorándolo a propósito. Sabía que eso lo molestaba, y me gustaba. Pero no tardó en alcanzarme. Siempre lo hacía. Pasamos el trayecto entre pequeñas discusiones que no eran discusiones reales, eran juegos. Él decidía por dónde sentarnos, yo cambiaba el plan. Él pedía bebidas, yo las modificaba. Ninguno cedía del todo, pero tampoco queríamos ganar

