Subimos al auto en silencio. Yo todavía estaba procesando todo lo que acabábamos de vivir en la clínica. Ivanov no soltaba mi mano mientras conducía, como si necesitara asegurarse de que yo seguía ahí. Lo observé de reojo. Su expresión estaba seria, concentrada, pero había algo distinto en él. No era tensión, era otra cosa. Sentía que todo había cambiado en cuestión de horas. Mi vida, mis planes, incluso mi forma de pensar. Ya no era solo yo. Ahora había alguien más, alguien que dependía de mí. Y eso me daba miedo, pero también me hacía sentir completa. —¿A dónde vamos? —pregunté. No respondió de inmediato. Giró el volante y entró al estacionamiento de un centro comercial. Fruncí el ceño. —¿Qué hacemos aquí? Apagó el motor, me miró y respondió sin dudar. —Vamos a comprar cosas para

