La tarde pasó como cualquier otra.
Ángel se levantó esa tarde, cansado pero habituado a la rutina.
El trabajo era lo que siempre había sido: una manera de mantenerse ocupado, de seguir adelante sin detenerse a pensar demasiado en nada, como guardia de seguridad en un edificio de oficinas el tiempo pasaba lentamente, pero al menos tenía la compañía de Miguel, quien también trabajaba en el mismo complejo, aunque en otro sector del edificio.
Miguel lo había llamado por teléfono en la mañana mientras Ángel volvía a casa después de su paseo por el parque
—Oye, ¿nos vemos en el turno de la noche?— le preguntó,
—¡Claro miguel nos vemos a las 8 como siempre amigo!—respondió Ángel, colgando y guardando su teléfono.
Esa noche el turno comenzó sin novedad, Como un día normal.
Se saludaron al entrar en el complejo, donde los dos amigos compartían algunas horas de trabajo y de charlas casuales entre guardias, interrumpidas solo por la necesidad de hacer rondas por el edificio.
Ángel no podía evitar sentir que, a pesar de la monotonía, algo estaba diferente en su interior.
Su mente aún no lograba deshacerse de las sensaciones extrañas de la noche anterior, de esa pequeña chispa de duda que se había encendido en él después de la charla con Miguel sobre el “hilo rojo”.
Algo dentro de él, aunque lo negaba, parecía no querer dejarlo ir.
Esa noche, al igual que todas las anteriores, Ángel y Miguel se acomodaron en sus respectivos puestos.
Ángel estaba en la entrada principal del edificio, y Miguel, en un segundo acceso, no estaba tan alejados.
Había algo cómodo en la rutina.
Las horas pasaban lentas, pero al menos no tenían que lidiar con clientes, ni los problemas o caos del turno diurno.
En su mayoría, solo se encargaban de la seguridad básica, asegurándose de que todo estuviera cerrado y en orden, sin tener que hacer mucho más.
Pasaron algunas horas, y la oscuridad del edificio se hizo más densa a medida que avanzaba la noche.
Eran alrededor de las diez y media de la noche cuando Ángel decidió dar una vuelta por el pasillo principal del primer piso, como parte de su ronda, Mientras caminaba.
Pensaba en la misma sensación de incomodidad que lo había perseguido todo el día.
Sabía que no podía dejar de darle vueltas al tema, pero no quería admitir que el pensamiento del famoso “hilo rojo” aún rondaba su mente, Entonces al girar en una esquina del edificio, algo lo hizo detenerse en seco.
Una figura femenina apareció a lo lejos, avanzando por el pasillo.
Ángel la vio, y en ese instante…el tiempo pareció ralentizarse.
Todo a su alrededor se detuvo, como si el sonido y los colores se desvanecieran en un segundo.
Su mirada se clavó en ella, como si no pudiera apartar sus ojos, como si el destino le hubiera lanzado un desafío directo.
Era una mujer que no había visto antes.
Su figura se movía con una elegancia serena, como si estuviera caminando en su propio mundo.
Su rostro, algo serio pero sereno, parecía irradiar una tranquilidad que contrastaba con la frialdad de la noche.
Llevaba un abrigo largo, y su cabello rojizo caía suavemente por sus hombros.
Había algo en su presencia que hizo que todo en el entorno de Ángel se desvaneciera, como si su mundo entero se hubiera reducido a ese único instante.
Ángel, por un momento se olvidó de todo, la rutina, las rondas, las preocupaciones, todo simplemente desapareció.
Solo existía esa mujer, que caminaba por el pasillo como si no estuviera bajo la vigilancia de un guardia, y él allí inmóvil, la observaba como si algo en su interior le dijera que debía fijarse en ella, que debía recordarla.
A pesar de la quietud de su movimiento, ella seguía su camino sin notar a Ángel, cuando pasó a su lado.
Él estuvo a punto de dar un paso hacia ella, de decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.
“No podía entender qué lo había detenido”.
No era algo que normalmente hiciera, seguir a alguien sin razón. Pero en ese momento, no tuvo el control sobre sus pensamientos.
Ella continuó su camino hasta llegar a la puerta que llevaba al otro lado del edificio.
La puerta se cerró con un suave clic detrás de ella, y en el instante que eso ocurrió, el mundo de Ángel volvió a encajar en su lugar.
Los sonidos del edificio regresaron, y todo lo que había experimentado durante esos segundos se sintió tan lejano, como si nunca hubiera pasado.
Se quedó allí, parado en el pasillo, sin saber ¿qué hacer?.
El silencio lo rodeaba mientras se preguntaba si había imaginado todo, o si esa mujer realmente había estado ahí.
¿Quién era? ¿Por qué esa sensación tan extraña?.
Sus pensamientos chocaban entre sí.
De repente, la voz de Miguel lo sacó de su trance.
—¡Ángel! ¿Todo bien?— gritó desde el otro extremo del pasillo.
Ángel giró rápidamente, dándose cuenta de que había estado inmóvil durante demasiado tiempo.
Miguel lo observaba con una ceja levantada, sin entender ¿por qué no se había movido de su sitio?. —Sí… todo bien— respondió Ángel, con la voz más firme de lo que realmente sentía.
—Solo… pensaba en algo.—
Miguel lo miró por un momento, antes de encogerse de hombros. —Está bien, amigo, pero ya sabes que tenemos que estar atentos.
Las rondas nunca se acaban.—
Ángel asintió, forzando una sonrisa. Sin embargo, algo en su interior seguía latiendo fuerte.
¿Quién era ella? ¿Una casualidad?
No tenía ninguna respuesta.
Solo sabía que esa sensación lo había invadido de una manera que no entendía y de alguna forma su encuentro con la mujer, aunque breve y misterioso, había dejado una marca en él, algo que no podía borrar.
La noche continuó, las horas pasaron, pero la mujer no volvió a aparecer.
Ángel siguió con su trabajo, pero en su mente, algo seguía dando vueltas.
La mujer del pasillo se desvaneció, pero la sensación de que algo había cambiado en él, que algo había sido tocado en su vida, no se fue tan fácilmente quizás, en algún lugar del mundo.
Él acababa de cruzarse con alguien que nunca pensó que conocería, o tal vez solo había sido una aparición fugaz, un momento sin sentido, Pero para Ángel, esa noche marcó el comienzo de una inquietud que ya no podría ignorar.