2. Renovada

4404 Palabras
Camila Regresamos una semana antes de que las clases terminaran, era sábado por lo que poca gente viajaba ese día, de todos modos, se me hizo eterno. Lo primero que hice, luego de llevar el bolso a mi habitación, fue llamar a Anabel, tenía tanto que contarle, así que quedamos de ir juntas al día siguiente a hacer compras. Desde hace dos años que mamá me daba la posibilidad de elegir mis útiles escolares y siempre sobraba dinero para algo bonito, el uniforme lo veríamos el lunes, porque casi todo me quedaba corto, había crecido aún más de lo que creía posible. Aunque mis atributos, para mí descontento, permanecían iguales. Dando saltitos de alegría nos abrazamos con mi querida amiga y, apartándola unos centímetros, pude comprobar que, si bien su porte era el mismo, sus pechos eran enormes y eso me hizo sentir envidia. —Estás haciendo que me avergüence —exclamó cubriéndose con sus brazos. —¡Amiga! Es que parece que tienen el mismo tamaño de mi mamá. —Lo sé —se sentó en mi cama haciendo un puchero— me siento terrible, hasta los hombres me miran en la calle y eso es asqueroso —apoyó su cabeza en mi hombro cuando me senté a su lado. —Quisiera decir eso, pero mira, están iguales y antes que me sentía tan orgullosa porque tenía más que ustedes. —Tonta, eso es bueno. —Está bien, pero no hablemos de eso, espero que aún tenga tiempo y siquiera lleguen a más que talla uno. —Yo espero que no llegue a talla tres —ambas suspiramos al mismo tiempo y comenzamos a reír sin descaro— te extrañé demasiado, Camila, tengo tanto que contarte. —Vamos, hablamos en el camino, estoy segura de que papá aprovechó de poner algún micrófono en mi ausencia. —Ridícula —murmuró, mientras tomaba el morral de cuero que compré en las vacaciones y la tomé de la mano para bajar. —¡Mamá! —chillé con alegría. —¿Se van? —Hola, Sophia —exclamó Ani, acercándose a saludarla. —Hola, preciosa, has crecido mucho —la besó en la mejilla ignorando su sonrojo, mamá era la mejor, tan alegre, me comprendía y trataba de que papá no me sobreprotegiera. —Gracias, te queda bien el bronceado. — ¡Niñas —rió con ganas y observó mi vestimenta con detenimiento— dijiste que nunca te pondrías esa falda sin leggins! —Es que hace tanto calor. —Si tu papá dice algo no me busques. —Llevo la tarjeta y la lista —exclamé, cambiando el giro de la conversación— ¿Encargas algo? —No, la lista de los niños ya la compré, mañana veremos tu uniforme, tendré que comprarte todo nuevo. —Lo sé, no es mi culpa que me alimentes tan bien. —No lleguen tarde. —Si tienes algo rico para la leche, volvemos temprano. —Chantajista. Corrimos a la calle cuando escuchamos que la puerta del estudio de papá se abría, él no me permitiría salir vestida así, aunque no le consideraba nada malo, llevaba un top amarillo, mini de mezclilla y unas sandalias artesanales formada con tiritas de cuero, preciosa, bueno, quizás él tenía razón y salía de las reglas que me había impuesto a la hora de vestirme. —Tu papá sigue tan estricto —la voz de Anabel me sacó de mi ensoñación. —Al final siempre me salgo con la mía, mamá me ayuda y nunca le he dado motivos. —Ahora sí —chilló mientras daba saltitos— quién cuenta primero. —Tú. —Estoy saliendo con alguien. —¿Qué? —grité y tuve que detenerme, eso era algo demasiado sorprendente—. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Quién? Ni siquiera sabía que alguien te gustaba. —Se llama Jules, lo conocí en casa de mi prima a principio del verano. —¿Fuiste a la casa de tu prima? —Sí, fuimos una semana, él vive en la misma cuadra, nos hicimos amigos, intercambiamos teléfonos, pero se fueron de vacaciones y cuando él regrese, me llamará y ahí pedirá ser su novia. —Qué emocionante, Ani, debes estar muy feliz. —Sí, a mi tía le encantó, no es tan lindo, pero es muy tierno —estrujó mi brazo con fuerza. Mi casa estaba cerca del centro comercial, ya casi llegábamos cuando divisé unos cabellos rojizos que me parecieron conocidos, además, era difícil que otro chico tuviese esa altura y perdí el hilo de lo que ella me decía. —¿A quién viste? —seguía mi mirada con interés. —Espera, no estoy segura —caminé con su mano entre las mías y entonces sonreí. —Si entramos por el otro lado podemos hacernos las encontradizas. —Dímelo ahora o no te sigo a ninguna parte —se detuvo cruzada de brazos y con la frente ceñuda. —Es Erik, recuerdas al que conocimos el año pasado en Santa Mónica. —¡Ah! Por un momento pensé que era Dav… —mi expresión debió ser muy convincente, porque cerró la boca con fuerza y abrió los ojos con miedo. —Ese nombre está prohibido, lo sabes. —Lo siento, casi lo olvido —se tapó la boca y seguimos caminando con prisa—. ¿Por qué está aquí? —Es de acá, y vive cerca de mi casa, muy cerca, es increíble que nunca nos hayamos encontrado. —Es que nunca lo buscaste. —Puede ser —traté de ser lo menos evidente posible, pero miraba en cada pasillo, hasta que escuché mi nombre, a los lejos y sonreí dándome la vuelta hacia su voz, esperándolo, vestía jean rasgados bajo la rodilla, con zapatillas de lona, sin calcetines, lo que dejaba ver su piel absolutamente tostada, al igual que los brazos, ya que la camisa a cuadros también estaba rasgada en las mangas, eso era… sexy. —Es… muy lindo —susurró Anabel demasiado sorprendida —no lo recordaba así. —¡Camila! —exclamó cuando estuvo a mi lado y tomándome de las manos me dio un rápido beso en los labios— te dije que esta vez nos veríamos, pero no pensé que tan pronto —miró hacia atrás y con la mano le indicó a un chico que se acercara—. ¿En qué andas? —Comprando cosas para el colegio. —Ah, yo compré antes de irnos de vacaciones, sólo me faltan unos libros —una tosecita nos hizo volver a la realidad. —¿Recuerdas a mi amiga? —Anabel, claro que recuerdo —se agachó para besarla en el rostro dándole un suave abrazo— y este es mi amigo también, Jeremy —todos nos saludamos y evidentemente mi amiga era del gusto del chico porque no dejaba de mirarla. —¿Y ustedes en qué andan? —Haremos una parrillada en mi casa, es mi cumpleaños —nos volvimos hacia Jeremy, tenía una voz muy especial, con una gran calma y, si me fijaba bien, era atractivo, alto, pero no tanto como Erik, delgado, pero bien formado y una melena rubia, su pelo era como de oro. —No creas que no te iba a llamar para invitarte —Erik no soltaba mi mano y, no sé por qué, eso me hacía sentir nerviosa— es el martes, a las tres de la tarde, con piscina. —Tendría que ver si papá me deja —fruncí el ceño, también podía decir que iba a casa de Anabel y ellos nunca se enterarían, ya vería cómo arreglarlo. —Tú también puedes ir… si quieres —nos volvimos a mirar a Jeremy que le sonreía a una ruborizada Anabel. —Es que yo tengo… —alcanzó a tartamudear antes de que la interrumpiera. —Te ayudo a pedirle permiso a tu mamá —le guiñé un ojo tratando de que entendiera y lo hizo. —Yo creo que sí. —Bien, Erik, tu coordinas con ellas. —¿Tenemos que irnos? —parecía contrariado y presionó mi mano levemente. —Mamá nos espera, dijiste que sólo eran cinco minutos. —Lo sé —el rostro de Erik estaba de mil colores, respiró hondo antes de volver a mirarme. —Te llamo para avisarte. —No, yo te llamo más tarde. —Bueno —y sentí sus labios besarme nuevamente, dejándome perpleja... totalmente. —Veo que tenemos mucho de qué hablar —Anabel me sacó de la ensoñación, los chicos habían desaparecido por un pasillo. —Vamos a buscar un canasto —abría y cerraba mi mano, el contacto de su piel seguía presente en ella— estuvimos todo el verano juntos, todos los días, mi papá creía que era amiga de su hermana y por eso no se oponía. —¿Están de novios? —No, nos besamos dos veces antes. —Y dos veces hoy. —Le gusto ¿Cierto? —la miré con inocencia, esperando que su respuesta fuese negativa ¿O no? —Eso es evidente, el otro verano no me creías, la pregunta es si a ti te gusta. —Es entretenido y guapo, pero no lo sé, mi papá es… si se enterara puede encerrarme de por vida. —Es eso o es que todavía guardas esperanzas. —¡Cállate! —me volví a ella enfurecida, pero lejos estaba de mostrarse arrepentida. —No me callo, yo soy la que tengo que escuchar todas tus quejas después, además Erik parece un buen chico y no me gustaría que le hagas daño. —¿De quién eres amiga? Y si odias tanto escucharme, es que… —No, Camila, no quiero discutir contigo —me abrazó fuertemente y aunque mi enojo continuaba, me calmé —te quiero mucho, amiga. —Yo también, pero nunca me has comprendido. —Lo intento, pero también quiero que trates de ser feliz y David no te lo permite. —¿Qué culpa tiene él si ni siquiera me conoce? —Ese es el punto —me aparté, mirándola sorprendida y entonces lo comprendí, mi vida continuaba, las esperanzas seguían ahí, pero Erik era mucho más que eso y sonreí—. ¿Notaste cómo te miraba Jeremy? —No —dijo dudando, doblamos por el pasillo de librería y comencé a mirar todos los diseños de cuadernos, eligiendo los que más me gustaban, además de lápices y otras cosas que me harían falta, mientras seguíamos nuestra conversación—, Camila Marie, te conozco y sé cuándo te traes algo entre manos. —Jules se llama el niño que conociste —no podía evitar reír, mi mente urdía un plan y ella lo sabía, por eso no la miraba de frente, pareciendo muy concentrada en mis elecciones—. ¿Sería muy de niña volver a comprar toda la colección de Hello Kitty? —Sí, lo sería, pero si te gusta, no le veo nada malo… dímelo. —Nada, que sólo por si acaso, quizás sería mejor no decirle a Jeremy de la existencia de Jules… eso. —Tú no crees que él me vaya a llamar, eso es. —Yo no he dicho eso —me volví repentinamente, viendo cómo se mordía los labios. —Es que yo creo que no lo va a hacer, o sea, ni siquiera me dio su número, todo depende de él —esta vez sonrió— si tenemos que comparar, Jeremy es mucho más lindo. —¡Lo sabía! —me burlé de ella apuntándola con un dedo. —Pero el que nos hayamos mirado con tanto interés hoy, no quiere decir nada. —Veamos qué pasa el martes. —¿Cómo lo haremos? A mí me dan permiso, eso lo sabes, pero a ti… —Será durante el día, no parecería extraño que te visite, además, papá va a estar tan ocupado con los pendientes de las vacaciones que no lo veremos hasta tarde en la casa. —Quieres decir que no digamos nada. —Exacto —sentí que vibraba mi celular antes de que la melodía comenzara, sonriendo al ver de quién se trataba, ignorando la mirada de sorpresa de Anabel, no le había contado de mi regalo—. Erik, aún no puedo darte una respuesta, no he llegado a casa. —Nosotros ya terminamos y nos preguntábamos si nos acompañarían a tomar un helado. —¿Las dos? —Sí —pareció dudar o quizás le hacía gestos a su amigo— claro, las dos. —Me faltan un par de cosas, estoy en el sector de librería. —Vamos para allá, no se vayan —escuché el sonido cuando colgó y abracé a Anabel chillando. —Vienen para acá, nos invitan a tomar un helado. —Estás loca. —No te preocupes, todo irá bien, no tienes que hacer nada que no te parezca. —Definitivamente estás cambiada, eras tan tímida antes y ahora con todo este desplante, me descolocas. —Eso es algo bueno, espero. —Creo que sí —sonrió con burla—. ¿Aún quieres la colección de Hello Kitty? —Oh, no, qué vergüenza, Erik se burlará de mí, apresurémonos, debo elegir rápido —devolví los cuadernos, trataba de decidir, cuando dos fuertes brazos me estrecharon por la cintura. —¿Te ayudo? —susurró en mi cuello sin soltarme. —¿Qué compraste tú? —no quise volver el rostro, porque sabía que mi boca quedaría demasiado cerca de la suya y no podía permitir que esto se me saliera de las manos, pero estar así, con él, se sentía horriblemente bien. —Compro cualquiera que sea de buena calidad, forros transparentes e imprimo imágenes de lo que me gusta realmente y se las pego. —¿Qué pegaste este año? —Una selección de mis videojuegos favoritos. —Es una buena idea, entonces elegiré estos —esperé que me soltara para tomar los de tapa más dura con colores lisos y los dejé en el canasto. —¿Te falta algo más? —me miraba con ojos juguetones y entonces recordé a Anabel, pero la vi muy coqueta conversando con Jeremy varios metros más allá. —Tengo lápices, cuadernos y creo que no me falta más. —Vamos a pagar entonces —como todo un caballero tomó el canasto con una mano y con la otra estrechó mi cintura—. ¿Qué le pegarás a tus cuadernos? —Aún tengo que pensarlo. —Si yo te doy algo ¿Lo pondrías? —Depende, algo que acepten las monjitas y mi papá. —Verdad que te controlan todo, te lo mostraré otro día, tú decides, de todos modos, te lo daré. —Gracias —se dirigió a la caja viendo cómo nuestros amigos daban la vuelta para esperarnos por fuera—. ¿Por qué se les ocurrió invitarnos? —Teníamos que ayudar a la mamá de Jeremy con los paquetes y eso, pero nos liberó. —Quizás la tenían harta de tanto rogarle —sugerí, sonriendo con malicia. —¡Ooooye! Qué te has imaginado —exclamó riendo. —¿Cuándo llegaste? —me disponía a poner mis cosas en la banda de la caja, pero me detuvo para hacerlo él, sólo me levanté de hombros. —Hoy, me vine a las siete de la mañana y llegué a las dos. —Tu papá debe haber estado muy contento. —No lo he visto, no estaba en casa. —Ahm ¿Cómo te llevas con él? —me miró fijamente, con una caja de lápices de colores en la mano, parecía no saber qué responder y no sé por qué sentí mucha pena. —Mi mamá es una histérica y apenas la soporto los dos meses de verano, con papá todo es más fácil. —¿Te portas muy mal? —Mmmh —se levantó de hombros. —¿No te gusta lo que estamos hablando? —ya había dejado todo encima y ahora me dio una de sus hermosas sonrisas. —Es que no es algo de lo que converse normalmente, pero no me molesta hablarlo contigo, confío en ti. —¿Paga en efectivo? —la cajera parecía ansiosa y tuve que respirar profundo mientras trataba de parecer tranquila al pasarle la tarjeta, guardando el recibo y la boleta rápidamente—, hasta luego, señorita. —Gracias —antes de que pudiese hacerlo él tomó las bolsas y esta vez sujetó mi mano. —A la cafetería —Jeremy se acercó rápidamente— los helados de aquí son muy buenos. —Vamos —observé a Anabel por un segundo antes de que Erik comenzara a caminar sin soltarme, no comprendí su expresión, pero esperé que estuviera bien. Un poco más allá había una cafetería, el lugar era precioso, todo de madera, pero con adornos de colores que la hacían muy juvenil, elegimos nuestras copas de helado en el menú sobre la mesa y los chicos fueron a comprarlas mientras esperábamos. — ¿Sucedió algo? —le dije a Anabel, que parecía a punto de reventar. —Parecíamos idiotas, ninguno nos atrevíamos a hablar, estaba tan nerviosa, realmente me gusta. —¿Y? —Él llamó. —¿Jules? —Jeremy escuchó y se molestó… pero le dije a Jules que no quería verlo, después de todo no me ha llamado en todo este tiempo. —Ciertamente, debió haberlo hecho. —Entonces Jeremy… me besó. —¿Qué? —ella me cubrió la boca con su pequeña mano. —Cállate, me avergüenzas. —¿Cómo fue? ¡Qué emoción! —Definitivamente mejor que Jules. —¿En qué momento pasó eso que yo no me di cuenta? —Estabas muy concentrada en tu Erik. —No es Mi Erik —gruñí observando cómo se acercaban con las copas en las manos, ambas les sonreímos ampliamente, comenzando a comer de inmediato. —¿Cuántos años cumples? —levemente recostada en el brazo de Erik, le sonreí a Jeremy mientras jugaba con la cuchara del helado sobre mis labios. —Diecisiete, sólo por eso mis papás aceptaron algún tipo de celebración, otros años obtengo un buen regalo. —Eres mayor entonces —Anabel sonrió—, yo cumplí quince en mayo. —Y yo de diciembre —aclaró Erik—, es horrible cumplir años entre Navidad y Año Nuevo, nadie se acuerda de saludarte. —Yo me acordaré —lo miré directo a los ojos y su expresión de alegría cambió por otra que no podía diferenciar, parecía incómodo, pero no era eso, quizás… temor. —Siempre compras helado de frambuesa —regresó su sonrisa con un cambio de tema. —Me encanta la mezcla del ácido con el dulce ¿tú siempre eliges manjar? —Dulce, como tú. —Ay, qué cursi —reí nerviosa, levantando las cejas al notar que mi amiga estaba enfrascada en una conversación con su nuevo pretendiente, riendo internamente ante esta idea, ella era una chica buena, su risa cantarina e inteligencia la hacían especial, no conocía al tal Jules, pero no sé por qué sentí que Jeremy era el ideal para ella, suspiré esperanzada, ojalá las cosas funcionaran entre ellos. —¿Qué piensas que suspiras? —una agradable caricia en mi cabello me hizo sonreír. —Que parece que a tu amigo le gusta mi amiga —susurré en su oído. —Y yo creo que es mutuo —dijo de vuelta, besando mi mejilla. Saqué la última cucharada de helado, saboreándola lentamente, notando el carraspeo junto a mi cuello. —¿Qué? —no sé por qué seguía susurrando, y no dudé en dejar que me besara, pero esta vez fue tan distinto, antes sólo había rozado mis labios, esta vez se detuvo en ellos, acariciándolos con tanta lentitud, pasando suavemente la lengua por ellos, apartándose unos centímetros para apoyar el mentón en mi hombro—. ¿Te veré antes de la fiesta? —casi me atoré con mis propias palabras, no pensaba decirlo, sólo evidencié un deseo que comenzaba a nacer, pero ya no podía echarme atrás. —El sabor de tus labios con el helado sería algo digno de repetir —no me miró a la cara cuando lo dijo, sólo desapareció en mi cuello, sabía que estaba avergonzado—. Camila, ¿estás segura? Pasamos todo el verano juntos y nunca creí gustarte, pero hoy te noto distinta. —Tú estás distinto también. —Mañana te veré, hablamos con más calma, en este momento tengo demasiadas sensaciones que analizar —cerró los ojos al sentir mi caricia en su rostro, era perfecto, con el pelo rojizo ondulado, los ojos verdes, con un brillo que me hacía reflejar en ellos y esa forma del rostro, tan varonil para sólo ser un niño, pero a la vez lleno de ternura y me preguntaba si eso sería suficiente, él era bueno y jamás querría hacerle daño. Porque estaba segura de que, por mucho que lo quisiera, había un amor en mi corazón que era mucho más fuerte, pero que aún estaba dormido y ese amor tenía nombre y rostro, sólo esperaba a que él se dignara a cruzar por mi vida. La eterna pregunta, dueña de mis desvelos y cavilaciones, ¿Llegaría el día en que eso sucedería? ¿Podía seguir viviendo para una ilusión? —Tu celular está sonando —desperté de mi ensoñación notando la conocida musiquita de lady Gaga y su Bad Romance, no pude evitar reír. —¿Aló? ¿Papá? —Hola hija, son las seis, recuerda que vamos a cenar con la abuela. —¿Tan tarde? Nos sentamos a tomar un helado con Anabel y no me di cuenta, voy corriendo. —¿Te has portado bien? —Nos vemos en quince minutos —cerré el celular con la mirada asustada, notando la expectación en mis amigos— debo irme. —Te encamino, yo vivo cerca de ti. —Bueno ¿Anabel? —Me voy directo a casa, nos llamamos —sonreí al notar la alegría en su rostro— el autobús a mi casa pasa por aquí mismo. —Yo te acompaño —Jeremy no dudó en tomar su mano y ella parecía que iba a convulsionar, pero pudo controlarse, tendríamos mucho que comentar. —Vamos —Erik me atrajo a su cuerpo siguiéndolos a ellos, nos despedimos rápidamente antes de continuar nuestro camino—. ¿Puedo hacerte una pregunta? —al ver su sonrisa supe que no era nada malo ni comprometedor. —Lo que quieras. —¿Lady Gaga? —me largué a reír con tantas ganas, al parecer sería nuestra primera discusión. —¿Qué tiene de malo? —Nunca imaginé que te pudiese gustar, estás segura ¿Lady Gaga? —Lo dices como si fuese un crimen. —Es que lo es, no soy adicto a Madonna, pero reconozco su talento, Lady Gaga es sólo una copia barata de ella, me dio escalofríos, no, lo siento, no puedo hablar con una persona que le guste esa… aberración de la naturaleza. —Pues no me hables —me solté de su abrazo simulando enojo, dos pasos más allá me volvió a abrazar con inseguridad. —Aún más odio a Lady Gaga si es capaz de separarnos —susurró en mi cuello, nos faltaba una cuadra para llegar a mi casa y supe que sería la despedida. —No me gusta, estaba aburrida del tono de la compañía, me puse a buscar otras melodías y justo me interrumpieron cuando lo hacía, quedó en ese tema y luego olvidé cambiarlo. —Aah —se mordió los labios suavemente— lamento haber pensado que tenías gustos tan horripilantes. —Aún no sabes cuáles son mis gustos. —Cuando lo sepa te juzgaré. —Así está mejor —mi rostro estaba a centímetros del suyo, agachado para llegar ahí, nuestros ojos se veían frente a frente— entonces… mañana. —¿A qué hora? —Llámame cuando estés despierto y desocupado, veré cómo me las arreglo, no quiero perder el permiso del martes. —Mi casa es esa que está ahí —me indicó la vereda del frente, tragué saliva, era una construcción moderna y muy linda que papá siempre había admirado— por si no quieres que te salga a buscar. —Hablamos —me mordí el labio, recordando que había prometido no hacer eso, pero volví a olvidarlo en cuanto sentí que me besaba, sus labios se movieron suavemente, instando a los míos a hacer lo mismo, por supuesto que los seguí, era una sensación muy placentera y sus manos, bueno, ellas estaban pegadas a mi espalda, presionándome contra su cuerpo y no pude evitar acariciar sus costillas por sobre la delgada tela de la camisa. No sé cuánto duró, pero había una mirada diferente en él al apartarse, además de una risita de suficiencia. —Te llamo en un rato. Corrí hasta mi casa, agitándome lo suficiente como para despistar a papá de que los latidos acelerados de mi corazón eran por ese motivo y no porque el último beso me dejó totalmente descolocada, necesitaba meditar, pero ya todos estaban esperando y apenas tuve tiempo de tomar un sweater y cambiar la falda por pantalones, la abuela no aprobaba la moda en vestir, al igual que papá, aunque los motivos de él eran muy distintos. Sentí tristeza cuando Bad Romance comenzó a escucharse en mi morral, si contestaba comenzarían el interrogatorio, así que sólo le envié un mensaje “No puedo contestar estoy con mi abuela” en menos de un minuto vibró suavemente. “Espero tu llamado mañana, un beso… no puedo dejar de pensar en ti, que sueñes conmigo como yo contigo” y volvió a vibrar. “¿Qué habrá opinado tu abuela cuando Lady Gaga invadió sus oídos?” y rápidamente contesté “lo tenía en silencio, mañana me ayudas a buscar otra melodía” y vibró por última vez “no hay problema, tengo algunas en mente, hasta mañana, besos y muchos”. Escondí el celular antes de que me preguntaran sobre lo que hacía y bostecé, quizás así comprenderían que casi era la medianoche y los niños queríamos dormir, en realidad, necesitaba pensar y no podía hacerlo si no estaba en mi cama, pero fue inútil, sólo supe que llegué a casa cuando papá me sacaba las zapatillas y mamá me arropaba dándome un beso en la frente.
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