ISABELLA
El sonido de los golpes en la puerta principal retumba en mis huesos como cañonazos.
- ¡Abran! —una voz grave y desconocida grita desde el pasillo—. ¡Sabemos que están dentro!
Marco me agarra del brazo, sacándome de mi parálisis, tiene los ojos desorbitados, brillantes de pánico, pero sus manos se mueven con rapidez.
- La escalera de incendios —susurra—. Por la cocina, vamos, Isa. ¡Ahora!
Agarro a Matteo, que mira la puerta con los ojos muy abiertos, abrazado a su dinosaurio de peluche, no llora, mi hijo tiene un instinto extraño para el peligro; se queda quieto, observando, absorbiendo el miedo que flota en el aire.
- Vamos a jugar a los espías, mi amor —le digo con voz temblorosa, cargándolo en brazos, aunque ya pesa demasiado para correr—. Tenemos que ser muy silenciosos.
Corremos hacia la cocina, Marco abre la ventana que da al callejón trasero, el aire frío de la tarde entra de golpe, trayendo olor a basura y humedad.
- Yo primero —dice Marco, saltando al rellano de metal oxidado—. Pásame al niño.
Le paso a Matteo, mis manos tiemblan tanto que casi lo suelto, Marco lo agarra con fuerza y lo pega a su pecho, salto tras ellos, el metal gime bajo nuestros pies.
Estamos en el tercer piso, abajo, el callejón parece una boca oscura y estrecha.
- ¡Rápido! —apremia Marco, bajando los escalones de dos en dos.
El sonido de la puerta de nuestro apartamento siendo derribada llega hasta nosotros. Madera astillada, gritos, pasos pesados corriendo por el interior de nuestra casa, violando nuestro refugio.
- ¡No están! —oigo gritar a alguien arriba—. ¡La ventana!
- ¡Corran!
Bajamos a toda velocidad, el corazón me martillea contra las costillas, doliendo más que el esfuerzo físico. Alessandro está ahí arriba, pienso, está respirando el mismo aire que yo.
Llegamos al suelo del callejón, está sucio, lleno de charcos.
- El coche está a dos calles —dice Marco, jadeando, tirando de mi mano—. Si llegamos a la avenida principal, podemos mezclarnos con la gente.
Corremos hacia la salida del callejón, veo la luz de la calle al final del túnel de ladrillo, veo gente pasando, coches, libertad, estamos a diez metros, cinco.
Marco frena en seco tan bruscamente que choco contra su espalda.
- No... —gime.
Miro por encima de su hombro.
La salida está bloqueada.
Dos inmensos vehículos SUV negros están aparcados cruzados en la acera, formando una barricada de acero y cristal tintado, cuatro hombres con trajes oscuros y armas visibles en las cinturas están de pie frente a ellos, con los brazos cruzados, esperándonos.
Nos giramos para volver por donde vinimos.
Pero al otro lado del callejón, de donde acabamos de bajar, aparecen tres hombres más, nos han encerrado, es una ratonera perfecta.
Marco retrocede hasta que chocamos con la pared de ladrillo. Me pone detrás de él, protegiéndonos a Matteo y a mí con su cuerpo.
- Se acabó —susurra Marco, y la derrota en su voz me parte el alma.
El silencio en el callejón es absoluto, solo roto por el sonido del tráfico lejano que parece pertenecer a otro mundo.
Entonces, la puerta trasera de una de las camionetas se abre.
El sonido de unos zapatos de cuero pisando el asfalto mojado resuena con una cadencia lenta y deliberada. Tac. Tac. Tac.
Una figura sale de las sombras.
Es alto, imponente, lleva un traje n***o hecho a medida que parece absorber la poca luz que hay, no lleva abrigo, a pesar del frío, no lo necesita porque el frío emana de él.
Alessandro Moretti.
El aire abandona mis pulmones, han pasado cinco años, pero mi cuerpo lo reconoce al instante, esa mandíbula cuadrada, tensa por la ira, ese cabello oscuro, un poco más largo que antes y esos ojos...
Dios, sus ojos.
Ya no son los ojos del chico que me juró amor eterno bajo los olivos, son dos pozos negros de odio absoluto.
Se detiene a tres metros de nosotros, nos mira, su mirada pasa de Marco a mí, y siento como si me despellejara viva.
- Hola, familia —dice. Su voz es suave, aterciopelada, y mucho más terrorífica que si hubiera gritado.
- Alessandro... —Marco da un paso al frente, con las manos levantadas en señal de paz—. Escúchame, ella no tiene la culpa, fui yo, yo la obligué.
Alessandro suelta una risa corta, carente de cualquier humor.
- ¿Tú la obligaste? —Saca una mano del bolsillo, trae una pistola, no apunta, solo la sostiene con familiaridad—. ¿La obligaste a meterse en tu cama? ¿La obligaste a gastarse mi dinero?
- No fue así... —intento decir, pero la voz no me sale.
Alessandro me clava la mirada.
- Tú cállate —me ordena. El desprecio en su tono me golpea como una bofetada—. Tú perdiste el derecho a hablar el día que te subiste a ese tren.
Se acerca a Marco, Marco no retrocede, aunque tiembla.
- Eras mi hermano, Marco —dice Alessandro, parándose frente a él, son casi de la misma altura, pero Alessandro parece gigante—. Eras mi sangre.
- Lo hice por ti —dice Marco, desesperado—. Tienes que creerme.
- ¿Por mí? —Alessandro le pega con la culata de la pistola en la cara.
El sonido es seco y brutal, Marco cae al suelo, escupiendo sangre.
- ¡NO! —grito, lanzándome hacia adelante.
- ¡Mami! —Matteo empieza a llorar, aferrándose a mi pierna.
Alessandro se congela.
El sonido del llanto infantil parece atravesar su furia.
Gira la cabeza lentamente y baja la vista y ve a Matteo.
Me quedo petrificada, había intentado ocultarlo tras mis faldas, tras la confusión, pero ya es tarde.
Alessandro mira al niño, Matteo, con su cabello oscuro revuelto y sus ojos grandes llenos de lágrimas, lo mira de vuelta.
El silencio se vuelve denso, asfixiante.
Veo cómo los ojos de Alessandro recorren la cara de mi hijo, veo cómo su cerebro procesa la información, un niño de cinco años.
- ¿De quién es? —pregunta Alessandro, su voz ha bajado una octava, es un susurro peligroso.
- Es mío —dice Marco desde el suelo, limpiándose la sangre de la boca—. Es mi hijo, Alessandro déjalo en paz.
Alessandro mira a Marco, luego a mí, y finalmente vuelve a clavar sus ojos en Matteo. Busca parecidos, busca la verdad, pero gracias a Dios, la luz es escasa y Matteo tiene la nariz de mi madre.
Alessandro se endereza, guarda la pistola en la parte trasera de su pantalón y su expresión se cierra, volviéndose una máscara de hielo.
- Así que... —dice con asco—. No perdieron el tiempo.
Se acerca a mí, intento retroceder, pero choco con la pared, estoy atrapada, él invade mi espacio, su olor a sándalo y peligro llenándome los sentidos, despertando recuerdos que creí muertos.
Me agarra del mentón, obligándome a mirarlo, sus dedos son fuertes, calientes.
- Mírate —susurra, recorriendo mi cara con la mirada—. Sigues siendo hermosa, qué desperdicio.
- Déjanos ir —suplico—. Ya tienes lo que querías, nos has humillado. Tienes tu vida, tu legado, tu poder, déjanos ir.
- ¿Irse? —Alessandro sonríe, y es la sonrisa del lobo que acaba de cerrar la trampa—. Oh, no, tesoro nadie se va.
Se aparta bruscamente y hace una señal a sus hombres.
- Súbanlos, a la mujer y al niño en mi coche y al traidor... metanlo en el maletero de la escolta.
- ¡No! —grito, abrazando a Matteo—. ¡No nos separes!
- ¡Alessandro, por favor! —grita Marco mientras dos gorilas lo levantan y lo arrastran—. ¡No le hagas daño a ella!
- Preocúpate por ti, Marco —dice Alessandro sin mirarlo—. Porque donde vamos, vas a necesitar toda la suerte del mundo.
Me agarra del brazo y me arrastra hacia su coche, Matteo llora en mis brazos.
- Entra —ordena Alessandro, abriéndome la puerta.
Me meto, temblando, abrazando a mi hijo, Alessandro entra por el otro lado y cierra la puerta, el seguro se activa con un clic que suena a sentencia de cadena perpetua.
- ¿A dónde nos llevas? —pregunto, con la voz rota.
Alessandro se recuesta en el asiento de cuero, mirando al frente mientras el convoy arranca.
- A casa, Isabella, vamos a casa.
Me mira de reojo, y en sus ojos veo una promesa de dolor y placer que me hace estremecer.
—Espero que hayas descansado estos cinco años, porque a partir de esta noche... no vas a dormir mucho.