ISABELLA El reloj de la mesita de noche marca las dos de la madrugada, pero el sueño es un lujo que no puedo permitirme, mi pierna late bajo el vendaje con un ritmo sordo y constante, un recordatorio físico de lo cerca que estuve de perderlo todo hoy en el jardín. Miro a Matteo que duerme profundamente a mi lado. Pero mi mente no se apaga, repasa el incidente en bucle: el chirrido del metal, la maceta cayendo, la mirada fría de Ginevra y luego, retrocede más atrás, hacia una duda que me carcome desde hace semanas. Necesito agua, necesito moverme o voy a empezar a gritar. Me levanto con cuidado para no despertar a Matteo y salgo al pasillo, cojeando ligeramente, la casa está en silencio. Bajo las escaleras despacio haciendo muecas de dolor con cada escalón, me dirijo a la cocina, pero

