ALESSANDRO La carretera hacia Cefalú serpentea por la costa como una cinta oscura entre el mar y la montaña, el sol se está poniendo, tiñendo el agua de un violeta intenso, casi irreal. Conduzco un tesla roadster clásico que traje del garaje subterráneo, Isabella va a mi lado, con el pelo suelto al viento, llevando el vestido rojo que le pedí, se la nota nerviosa y se toca el vientre sin darse cuenta cada dos minutos. Sé en qué está pensando en el retraso, en la posibilidad de una nueva vida creciendo dentro de ella y a decir verdad yo también lo pienso y me aterra tanto como me fascina. Llegamos al desvío del faro viejo, la carretera está cortada por dos de mis hombres, que se apartan al ver el coche y apartir de aquí, subimos solos. El faro está en restos, una torre de piedra blanca

