Arianna
El hombre que me consoló en el ascensor, quien me tendió una mano en mi peor momento. Ese sujeto que me pareció encantador, aunque melancólico y taciturno. De pronto, me resultó hostil e inaccesible, al verlo nuevamente en el enorme despacho que le pertenecía. Puede que fuese porque ya sabía que no solo era un alto ejecutivo, era Aquiles D’Amico. El jefe de Marcos.
O quizás, solo estaba conmocionada por lo que me acababa de pedir.
—¿Una celestina? —Balbucee, deseando que mi voz quebrada solo estuviese en mi imaginación —. ¿Las celestinas no se acabaron en la década de los noventa? —Tragué saliva, con disimulo, tratando de ignorar mi estómago revuelto o la inquietud que me provocaba su mirada oscura.
Nunca me había sentido muy cómoda frente a hombres del tipo de Aquiles, un macho alfa por selección natural. Por eso me sentía tan cómoda con alguien como Marcos. No obstante, en ese momento, no solo me sentía incómoda. Tuve la sensación de que podía devorarme de un golpe, de así quererlo y eso me provocaba escalofríos.
Desee poder salir huyendo; sin embargo, estaba tan paralizada que ni siquiera podía moverme. Solo podía observar los profundos negros de bestia que se encontraba frente a mí.
Entonces, Aquiles me señaló uno de los sillones, indicándome que me sentase. Algo que me pareció extrañamente sexy. Era algo que parecía hacer de forma natural, como si todos a su alrededor supiesen con un ligero movimiento de dedo, lo que deseaba. ¿Tenía que señalar? ¿Tenía que gustarme tanto que señalase?
Me convencí, de que simplemente era que me sentía agradecida por lo ocurrido en el elevador. De alguna forma me hizo sentir mejor, me dejo llorar en su hombro. No exactamente en su hombro. Eso hubiese sido muy inapropiado. Sin embargo, fue algo por el estilo.
—Yo no diría celestina —dijo el hombre que se encontraba apoyado en la enorme ventana que mostraba una vista privilegiada de la ciudad —. Más bien lo llamaría: una caza talento.
—Eso —. Lo apoyó, Aquiles —, como Aurelio Pereira —. Entorné los ojos, no sabía de qué me estaba hablando —. Es el cazador de talentos que fichó a Cristiano Ronaldo —. No tenía la pajolera idea sobre futbol, aunque sí reconocí el nombre y asentí con poco convencimiento —. Serás la mujer que me traiga a la Cristiano Ronaldo de las esposas.
Estaba loco de atar. Puede que tuviese un brote psicótico, porque claramente se encontraba en una ruptura temporal de la realidad. ¿Por qué quién pretendía alquilar una relación como si estuviese en el siglo diecinueve?
Por otro lado, no lograba comprender por qué un hombre como el que tenía enfrente, necesitaría que le consiguiesen una esposa. Era atractivo, alto, robusto, inteligente, muy rico y con esa mirada melancólica que tanto les gustaba a algunas mujeres.
—No entiendo —una chispa de curiosidad, ardió en mi interior —. ¿Por qué alguien como tú necesitaría que le consiguiese una esposa? —. El hombre que lo acompañaba se incorporó lentamente, esbozando una sonrisa burlona —. ¿Eres…? —Ladee la cabeza, buscando las palabras correctas, aunque como no las encontré, solo fui directa —. ¿Eres gay? —Estalló en una carcajada y Aquiles lo miró con los ojos entrecerrados.
Francamente, eso explicaría algunas cosas, como que me consolase, cuando era una completa desconocida. No conocía a muchos hombres heteros, con tanta empatía.
—Basta, Romeo —le advirtió y este se obligó a recuperar la compostura —. No, Arianna, no soy gay. De serlo, no tendría ningún problema en admitirlo, es que simplemente no busco una boda. Lo que quiero en un matrimonio. Un acuerdo que beneficie a ambas partes. Para ello necesito una mujer que esté dispuesta a aceptar ciertas condiciones. No soy bueno para eso de los sentimientos, ya lo intenté, no funcionó y no quiero arruinarle la vida a otra pobre mujer —. Me pregunté, quién sería esa pobre mujer y qué le había hecho. ¿Sería peor de lo que me hizo Marcos a mí?
Lo dudaba, aunque quizás era que solo me sentía agradecida con él.
—Verás —dijo Romeo —, la junta de accionistas, está inquieta. Hace un par de meses, a un periódico digital amarillista, se le ocurrió lanzar un chisme sin pies ni cabeza; publicaron que nuestro CEO, tenía ciertos intereses sexuales. Una teoría descabellada que solo se basaba en un hecho que ocurrió hace más de siete años. Desde ese momento Aquiles, no volvió a verse en compañía de ninguna mujer y eso comenzó a suscitar ciertos rumores. En un principio, no les prestamos atención, pero, esos dichos comenzaron a despertar el interés de las personas y se han hecho más fuertes. A nuestros clientes, no les gusta que la cabeza de la empresa, se vea envuelta en escándalos —. Miré alternativamente a Aquiles y Romeo—. Y esto, es un potencial escándalo. No podemos accionar legalmente, porque acabamos de salir de un engorroso litigio, y no nos interesa esa publicidad. Por eso queremos disolverlo.
—No creo ser la persona que están buscando.
—Lo eres, vi tu hoja de vida. Tienes un máster en ventas y eso es justo lo que necesito que me vendas —. Me quedé mirándolo fijamente, boquiabierta.
—¿Sin amor? ¿Sin algún tipo de conexión emocional? ¿Sin sexo? —Lo interrogué y él se retrepó en el sillón perezosamente —. Será una venta difícil de realizar. Al menos a una mujer de las que creo necesitas, porque imagino que también tendrás ciertos estándares para mostrarla socialmente.
Él asintió.
—Sin amor, sin conexiones emocionales. Pero podemos discutir el asunto del sexo—. Detecté un dejo de ironía en su voz y no pude evitar sonrojarme —. Necesitas el empleo y yo alguien que me consiga la chica ideal, que le dé un panorama claro de cómo van a ser las cosas. No quiero que, a mitad de nuestro acuerdo, intente cambiar las reglas de juego. Por otro lado, es posible que si los rumores se apagan con algunas salidas, no lleguemos a dar el siguiente paso en nuestra relación falsa. Por lo que necesito que tengas la soltura para…
—Necesitas que rompa por ti una relación que nunca existió, ¿es eso? —Señalé.
Él meneó la cabeza, realizando una mueca que no llegó a ser sonrisa. Las comisuras de sus labios se alzaron ligeramente, como si estuviesen oxidadas y hubiese pasado mucho tiempo que nos las usaba o al menos no las usaba tan frecuentemente.
—Muy listilla —me encogí de hombros —, también necesito que estés allí presente durante las entrevistas, que facilites la conversación. No suelo ser muy conversador y no quiero tener que salir de esforzarme en el trabajo, para ir a sufrir en una cita. A pesar de que será una cita “falsa”, quiero conocer a la chica, porque tengo que presentársela a mi familia. Somos muy unidos.
En un giro inesperado de los acontecimientos, resultaba ser poco conversador. Eso no sorprendía a nadie. Lo que sí era una sorpresa, es que fuese de los hombres que estaban apegados a sus familias.
—¿Cuánto cobraría? —Fui al grano. La verdad es que necesitaba un empleo, cualquiera y a esas alturas, no me quedaban demasiadas opciones.
—En principio te realizaríamos un contrato como la asistente ejecutiva de Aquiles —intervino Romeo —, ocuparías un despacho en esta misma planta y podrías ponerte a trabajar en la búsqueda de talentos. Aunque por obvias razones, tendrías que acompañarlo a algunas reuniones o realizar tareas específicas de tu puesto. No queremos que se filtre información.
—¿Cuánto gana una asistente ejecutiva?
—Más que un ejecutivo junior.
—Bien, quiero un cincuenta por ciento más —. Aquiles me clavó la vista y puede presentir una sonrisa, aunque a su manera extraña —. Si voy a realizar dos trabajos, quiero cobrar por ello —. El hombre asintió de mala gana —. Además, quiero un bono, en mi antiguo empleo me daban un bono por ventas. Acá realizaría una venta gorda, así que, quiero un bono gordo.
En lo posible, uno que me diese la posibilidad de llevar a vivir a mi abuela conmigo.
—¿Qué tal esto? —Habló Aquiles y su amigo lo miró como si le hubiesen salido dos cabezas.
—Aquiles, creo que yo… —Le dijo, pero él alzó la mano para detenerlo y lo señaló.
Lo señalo con el dedo y este guardo silencio. Muy atractivo.
—Te pagaremos un cincuenta por ciento más, sobre el sueldo base de una asistente ejecutiva y firmaremos un contrato durante seis meses —. Negué lentamente, él sabía que estaba desesperada, no iba a dejarlo jugar con mi necesidad —. Además, podrás ocupar uno de nuestros departamentos por un año.
Mejor, mucho mejor. Sin embargo, no era suficiente.
—Quiero un bono, una vez que consiga a la mujer perfecta. Porque una vez que tengas lo que quieres o si dejan de difamarte antes de que saques partido de mis servicios, me vas a echar. Necesito seguridad. Además, en un año, tampoco tendré donde vivir.
—No me gusta regalar mi dinero.
—Bien —, tomé mi bolso, levantándome —. Suerte con la búsqueda de un cazatalentos —. Los saludé con un ligero asentimiento de cabeza y me di la vuelta, fingiendo estar segura de lo que hacía.
En mi posición, debería haberme aferrado con uñas y dientes a lo que fuese que me ofrecieran. No obstante, algo me decía que estaban ansiosos por librarse de los chismes que lo perseguían. ¿Qué tan grave sería?
—Puedo considerar lo del bono —. Me detuve y lo miré sobre mi hombro —. Si puedes presentarme un prospecto para mañana en la noche. Veamos, de que estás hecha —. Me di la vuelta y lo vi con los brazos cruzados en el pecho y una mirada desafiante —. Tengo media hora para que nos presentes mañana por la noche, digamos a las ocho en Cavia.
—No puedo conseguir a alguien en tan poco tiempo —el n***o de sus ojos se volvió espeso. La idea de cómo se verían cuando estaba, hambriento y a punto de llegar al orgasmo, me golpeo de una forma tan imprevista que di un respingo.
Exhale pesadamente y esperé que no lo hubiese notado.
—Entonces, definitivamente no vales un bono —. Se me erizó el cabello de la nuca y la habitación pareció enfriarse.
—Oh, cariño, créeme que no tienes idea de cuánto valgo —me mostré imperturbable y él arqueó una ceja.
—Perfecto, tenemos un trato, parece —. Dijo Aquiles, suavemente. Alcé el mentón desafiante —. Te espero mañana a las siete treinta, para comenzar a trabajar cazatalentos.