Arianna
Finalmente, el Honda, dejó caer la gota que derramó el vaso. Pasé treinta minutos, buscando donde aparcar ese horrible armatoste. Aun así, me las apañe para llegar un poco antes de mi horario de entrada. Creí que mi nuevo jefe, se sentiría impresionado por mi iniciativa. Sin embargo, Aquiles ya se encontraba trabajando.
No estaba segura, sobre sí, debía reportarme o no. Sin embargo, cuando intenté preguntárselo a su recepcionista. Esta se limitó a darme vuelta la cara, azotando su lacia melena castaña con desdén.
Perfecto, ya me odiaba y ni siquiera habíamos intercambiado más de veinte palabras.
Después de darle muchas vueltas, decidí pasar de visitas a mi jefe y ponerme a trabajar. Me pasé las primeras horas de la mañana, revisando los perfiles de mis antiguas compañeras de universidad. Esperaba que alguna de ellas fuese una fracasada que necesitase desesperadamente el dinero.
No obstante, para sorpresa de absolutamente nadie, yo era la única miserable de la camada.
Todas ellas, presumían en redes sus fantásticas vidas, en sus casas salidas de tableros de Pinterest, con sus fabulosos esposos.
—Argg… —Hice una mueca de asco —. Aún están todas con vida.
Deje pasar la idea, de que me había convertido en el Grinch y me enfoque, en lo que realmente e importaba; conseguir ese bono. No tenía que encontrar la esposa perfecta a la primera, podía solo presentarle a alguien, esperando que lo mejor sucediese.
En realidad, era difícil encontrar la pareja falsa de alguien cuando no tenía idea de que estaba buscando. Ni siquiera tenía claro de qué edad debía ser la candidata. Por lo que tomé un bolígrafo, una libreta que estaba sobre el escritorio y comencé a pensar en una serie de preguntas que quizás me ayudarían.
Estaba a punto de escribir la primera pregunta, y de pronto se me vino una idea a la cabeza. ¿Qué sabía de mi cliente?
No mucho. Por lo que escribí en la barra de búsqueda: “Aquiles D’Amico”.
Esperaba que la búsqueda, arrojara luz a aquellos rumores que mencionó.
Nada.
Fruncí el ceño, al ver que no había resultados. No tenía r************* , ni un blog personal, ningún artículo amarillista de los que mencionaron, solo un par de post empresariales y entrevistas del rubro. Por el resto, era como si no existiese.
—¿Cuál es tu historia, Aquiles? —Murmuré —. ¿Qué te dolió tanto? ¿Por qué tienes esa mirada tan triste y fría?
Recordaba que tenía dos hermanos, así que amplié la búsqueda, colocando: “Hermanos D’ Amico”.
El primero en aparecer fue Ares, la web estaba plagada de fotografías suyas. Una mejor que la otra. Parecía ser mucho más sociable y mujeriego que su hermano. Sin mencionar que estaba más bueno que el pan.
—Uff…Qué guapo —. Puse su nombre en el buscador, repasando los artículos que se desplegaron en la primera página y luego en la segunda. Me iba a dar por vencida, hasta que un titular llamó mi atención—: “Ares D’ Amico, afirma que su hermano no será investigado por asesinato…”
No fui capaz de procesar la información que acababa de recibir. ¿Aquiles fue investigado por asesinato? ¿Ese era el secreto de su pasado, un crimen pasional o s****l?
«¡Madre mía!» Chillé interiormente.
—¿Encontraste mi primera víctima?
La profunda voz masculina retumbó en el pequeño despacho. Levanté la cabeza y lo vi apoyado en el marco de la puerta, con los ojos entornados. Lanzó un resoplido brusco. De buenas a primeras, no logré definir si lo realizo porque estaba irritado o divertido por mi reacción. Era bastante difícil leer a alguien tan mono expresivo.
—Señor, D’ Amico —La boca se me secó al verlo. Se veía aún más impecable que el día anterior, llevaba un traje n***o, camisa blanca y unos finos gemelos de oro —. ¿No le han enseñado a golpear, antes de entrar? —. Repliqué cerrando la computadora, al ver que se acercaba a mi escritorio.
—La puerta estaba abierta —. Me obligué a sostenerle la mirada y no fue nada fácil, porque me hacía estremecer —. Puedes llamarme Aquiles —. Ocupó el asiento frente a mí y ladeo la cabeza —. Nada ha cambiado desde ayer a hoy, Arianna —. Pronunció mi nombre muy despacio, con voz profunda y grave.
—Hoy comencé a trabajar para usted —le aclaré sonriente, esperando que replicase el gesto, cosa que no ocurrió —. Eso ha cambiado bastante las cosas, diría yo.
Se quedó mirándome intensamente un instante y luego asintió. Puede que mirase así a todo el mundo, pero el corazón comenzó a latirme demasiado deprisa.