Arianna
Comencé a plantearme la idea de que presentase un error en mi sistema biológico. Porque; primero, me sentí atraída por una escoria humana como Marcos y ahora por un potencial asesino. Lo mío, a todas luces, no era el instinto de conservación.
—Llámame, Aquiles, no eres realmente mi asistente ejecutiva. Podemos saltarnos las formalidades —. Dijo con un tono seco y lacónico —. Necesitaba saber si tengo que hablar con mi contador.
—¿Con Marcos?
—No, claro que no, dejaré este asunto en manos de mi contador personal —. Me sentí aliviada, aun no estábamos divorciados y no quería que supiese de ese bono —. ¿Debo ocuparme del asunto? Tengo quince minutos ahora mismo y podría realizar la llamada, si tienes mi primera cita lista.
—Puedes hacer la llamada, pero antes aprovechemos esos quince minutos. Necesito hacerte algunas preguntas —. «Pregunta uno: ¿Asesinaste a alguien? Fin de la lista».
Dio unos golpecitos en el mostrador, para llamar mi atención.
—Acompáñame por un café a un sitio que está a una calle del edificio y prometo contestar cada duda que tengas —. Sin apartar los ojos de mí, levantó el brazo y subiendo el puño de la camisa, giró el brazo para echarle un vistazo rápido al reloj de oro blanco que llevaba aquel día —. Nos quedan diez minutos.
—Me parece justo y muero de hambre —tomé mi bolso y lo seguí por el pasillo hasta la recepción.
Lorena me fulminó con la mirada, mientras Aquiles le comunicaba que estaría fuera y que cualquier asunto importante, contactase a Romeo. Abrió la puerta de cristal para mí, colocando su mano firme en la parte baja de mi espalda y me empujó suavemente fuera, guiándome hasta el elevador.
Una vez, que las puertas se cerraron, sentí su presencia justo tras mi hombro. Me dije que aquella incomodidad, era natural, necesitaba saber cuál era el famoso secreto. Hasta que lo descubriese, no estaría tranquila.
Aunque honestamente, mi incomodidad se debía a que me costaba concentrarme en otra cosa, que no fuese el perfume a macho desatado que desprendía mi acompañante. Ese aroma a sabanas caras, gel de baño y feromonas que me impedían enfriar mis emociones, como nunca antes me había ocurrido. Ni siquiera en la universidad, había experimentado ese hambriento instinto que comenzaba a aflorar.
—¿Cuál fue el rumor que te obliga a buscar una pareja? —Aquiles, no me miró, sin embargo, la pregunta le incomodó porque jugó con la correa metálica del reloj.
—No veo que relevancia tenga para la candidata —. La tenía, no se imaginaba cuanto la tenía.
—La tiene, no solo estoy firmando un contrato contigo, también necesito poder asegurarle a la mujer con la que vayas a compartir el tiempo que dure el acuerdo, que estará en buenas manos —. Me miró sorprendido, cuando las puertas del elevador se abrieron.
—¿Me estás acusando de algo?
—No, claro que no, pero, ¿puedes asegurarme de que estará a salvo? —Irguió la cabeza bruscamente.
—¡Por supuesto! —Por la forma en que su voz se volvió más grave, supe que se estaba enfadando, si no es que ya lo estaba.
—Bien —rodé los ojos —, con eso basta por el momento, no hace falta que te molestes —me encogí de hombros, tragándome una risotada. Era tan intenso que rozaba lo ridículo —. Entonces, no me vas a decir el secreto, ¿cierto?
Me lanzó una mirada asesina y meneo la cabeza.
—Sí, sigues insistiendo con eso, puede que sea mi casamentera la que no se encuentre a salvo en un futuro cercano —. Finalmente, lancé una carcajada que bien podría haber sido un rebuzno y salí del elevador, sosteniéndome el estómago, mientras me retorcía. Para ser tan cínico, era muy gracioso.
Probablemente, tenía razón, Spirit, era enorme como un caballo, en cambio, yo, con mi modesto metro sesenta, podría ser fácilmente aplastada por él.
—Para ser tan malhumorado, ha tenido bastante gracia —. Le dije, pero él fingió no escucharme. Apretando su mandíbula recia y viril.
Continúo avanzando por la acera, con su aire amenazador, como si fuese un puro sangre de actitud desafiante. Mientras yo me esforzaba por seguirle el paso, dando pequeños saltitos para ponerme a su lado, cada vez que, con una de sus enormes zancadas, me dejaba a dos metros de distancia.
Por suerte, para mí, el tortuoso camino terminó y nos colocamos en la fila para pedir las bebidas. No podía ignorar como la clientela femenina del lugar miraba a Spirit, como si fuese un bocadillo más apetecible que cualquiera de los que estaban allí expuestos.
No podía juzgarlas y hacerme la santa, desde que lo conocí, me pregunté al menos tres veces que tan marcado era su pecho o si piel era suave. ¿Qué se sentiría morderlo y clavarle las uñas? ¿Y enterrar el rostro en su pecho hasta no poder respirar?
Creí haber escuchado que decía algo y cuando miré fijamente a esos insondables ojos negros, las piernas me temblaron.
—¿Quieres un café? —Lo escuché decir suavemente y sacudí la cabeza, antes de que mi imaginación me arrastrase nuevamente a pectorales marcados y zambullidas en torsos ajenos.
—Sí —. El chico que nos atendía me miraba sonriente —. ¿Tú qué pediste? —. Le pregunté, mirando la carta.
—Café n***o, sin azúcar —. Agaché la cabeza, intentando ocultar una sonrisa y al alzar la vista pude ver que él también estaba alzando levemente la comisura de sus labios —. Soy muy predecible. Es eso en lo que estás pensando.
—Lo eres —sonreí, volviéndome hacia el camarero —. Quiero un Mocha Banco Frapuccino, ¿podrías ponerle doble crema batida? —De soslayo vi como Aquiles realizaba una mueca de disgusto.
—Haré lo que pueda —, me dijo el camarero, guiñándome un ojo.
Aquiles le extendió la tarjeta a la cajera y lo sostuve por el brazo.
—No puedes pagar lo mío —le dije seriamente, recogiendo toda la dignidad que podía.
Aquiles, para mi sorpresa, colocó su mano sobre la mía, enviando una descarga eléctrica que me recorrió de pies a cabeza, haciéndome temblar. ¿Todas esas terminaciones nerviosas, habían estado allí siempre?
Lo miré aturdida, sin entender lo que acababa de ocurrir y lo escuché carraspear.
—Si puedo, porque sé que no tendrás dinero hasta que te liquidemos el primer mes de salario—. Saqué mi mano bruscamente y él me miró muy serio.
—Ujum… Buen punto —, me di la vuelta hacia el camarero —. Podrías agregar un roll de canela, uno de manzana, uno de esos croissants con crema de avellanas y… Humm… —Me pasé la lengua por los labios —. Ese cheesecake de frutos rojos se ve delicioso. También cárgalo a la cuenta de este machote.
Una extraña expresión se extendió por su rostro, aunque no pestañeo para pagar todo lo que compré. Esperamos algunos minutos, hasta que el camarero apareció con nuestros vasos de cartón y pudimos salir de allí.
—Esto está asquerosamente bueno —. Le dije, hundiendo más la pajita en el café —. ¿Quieres probar un sorbito? —Le pregunté, colocándole el café frente al rostro, solo para disfrutar de su mirada llena de repugnancia —. Está muy bueno —. Sacudí el vaso —. Tal vez que quitaría ese gesto enfurruñado que siempre tienes.
Apartó lentamente, el vaso. No sabía por qué, pero me gustaba buscarle la cosquillas. Era relajante y placentero.
—No puedo creer que vayas a meterte toda esa azúcar al cuerpo. Espero que no estés pensando comerte todo eso hoy mismo. Es como si no tuvieses fondo.
En realidad, solo me comería el roll de canela. Guardaría el resto para picar algo después de llorar en posición fetal, durante horas.
—Solo se vive una vez y como sexo no tengo, creo que me merezco un poco de crema batida —pasé la lengua por la crema que estaba en la pajilla y Aquiles me taladró con la mirada, tomando un sorbo de su café. Fingí que no me daba cuanta, pero al mirarlo, apartó rápidamente el rostro.
—Creo que deberías comenzar con las preguntas —. Me recordó.
—Cierto, las preguntas. Me estabas distrayendo con tu personalidad chispeante —. Una carcajada oxidada, se abrió paso a través de su garganta y me sentí satisfecha —. Necesito tener un rango de edad.
Lo pensó un momento.
—¿Qué edad tienes?
—Treinta.
—Me parece un buen punto de referencia. No quiero que sea demasiado joven, compartiremos tiempo, juntos, quiero tener algún tema de conversación. Además, pronto cumpliré los cuarenta y tres, no me apetece que comiencen a decir que soy un verde.
—Perfecto, nada de pianistas rusas de dieciocho años, con grandes senos —. Negó con la cabeza. Imaginaba que ya había tenido muchas jovencitas pechugonas en su vida —. ¿Te importaría que tuviese hijos?
—No estoy seguro, creo que incluir a un tercero, puede ser complicado —. Asentí, era probable que un niño pusiese todo de cabeza a la hora de terminar con el acuerdo.
Iba a preguntarle, cuanto le importaba el aspecto físico. No obstante, me detuve de golpe al ver salir del edificio del Grupo Carissino a Julia, y me quedé paralizada. Rogando porque no me viese.
Me zumbaban los oídos y respiraba entrecortadamente.
Mis ojos se posaron en su enorme vientre y tuve la certeza de que acababa de visitar a Marcos en el trabajo. Incluso, quizás el bebé había pateado en ese momento. La imagen de Marcos, acariciando su vientre, me hizo gemir, abriendo nuevamente la herida.
—¿Te encuentras bien? —Escuché decir a Aquiles desde algún sitio lejano de mi mente —. Arianna, estás pálida.
La rabia que sentí todos esos meses, me invadió de nuevo.
—Oh, santo cielo… —Fue lo único que logré decir cuando sus ojos se encontraron con los míos y la vi caminando decidida, hacia donde nos encontrábamos parados. Cerré los ojos y percibí que una lágrima recorría mi nariz.
—¿Estás llorando? —Me interrogó preocupado.
Julia, continuaba acercándose. No podía verla a la cara. No podía enfrentarla, sin sentir deseos de arrancarle el cabello, arrastrándola por la calle y eso se vería fatal. No podía agredir físicamente a una embarazada, por más que se tratase de Julia.
—¿Puedo besarte? —Pregunté en un susurro jadeante, viéndolo directo a los ojos.
—¿Cómo? —Se veía confundido, aunque no tenía tiempo para explicarle.
Así que, simplemente lo sorprendí, aplastando mis labios contra los de él.