Arianna
Percibí cada latido, el aire escapando lentamente de mis pulmones y la forma en la que se me debilitaron las rodillas, cuando mis labios, hicieron contacto con los de Aquiles.
Puede sentir como deslizó sus brazos alrededor de mi cintura, lo que provocó que me arquease contra él. Mis manos se posaron en su mentón, vacilantes y acaricié despacio su definida mandíbula, hasta llegar a su cuello. Mientras presionaba mis labios abiertos suavemente contra los de él.
Se me aceleró el corazón, al darme cuenta de que parecía que todo se había desvanecido a nuestro alrededor, y solo éramos nosotros dos en el mundo.
Eso era bueno, ¿no?
Así es como tenía que ser un buen beso, era necesario que nos calentase las entrañas con la promesa de algo mucho más dulce.
El problema es que así no debía sentirse un beso con el jefe al que necesitabas encontrarle pareja.
Sobre todo, así no tenía que sentirse un beso que le diste a tu jefe, simplemente para no enfrentar tu pasado.
Aunque aquello no estaba bien, me resultaba imposible, ignorar la forma en la que se sentía grande y pesado contra mi cuerpo, o la manera en que sus labios eran tiernos y suaves a pesar de su dura apariencia.
No tenía idea de cuánto había pasado, cuando me escuché jadear contra sus labios y un ramalazo de vergüenza mortal, me recorrió.
Estaba jadeando, maldita sea. Estaba jadeando contra la boca de mi jefe.
Entonces, me aparté lo suficiente para mirarlo a la cara. Tenía los ojos brillantes y la respiración ligeramente irregular.
Mi mirada se detuvo en su cabello espeso y oscuro, por lo que desee poder enterrar mis dedos, para comprobar si era suave, si él abriría los labios, cuando tirase ligeramente hacia atrás.
Sabía que debía disculparme, evitando su mirada en lo posible. Luego; darme la vuelta y marcharme. Pero en lugar de eso, me quedé clavada, allí, aun con mis brazos enredados en su cuello.
—Me has besado —. Se tocó los labios con la punta de los dedos, como si no pudiese creerlo. Pues bien, porque yo tampoco podía creerlo. Así que, me limité a negar con la cabeza. Él parpadeó confundido y bajé lentamente los brazos de su cuello, dando un paso hacia atrás. Empecinada en continuar negándolo —. ¿No me besaste?
—No.
—¿No? —Volvió a preguntar un poco mareado, quizás no, por las mismas causas que yo. Volví a negar con la cabeza —. Bien —. Se recompuso lo suficiente como para darse cuenta de que ambos vasos de café estaban derramados en el suelo. Sacudió la cabeza lentamente, ordenando las piezas, hasta que volvió a la realidad —. ¡Sí que me has besado! ¿Por qué me besaste? —Preguntó entre sorprendido y enfadado.
Miré hacia donde vi a Julia por última vez y no estaba allí. Al menos había logrado sacar algo bueno del berenjenal donde me había metido.
—Yo no te besé —dije tragando saliva y levanté la bolsa de papel con mis provisiones que, en el calor del momento, también había ido a dar al suelo.
—¿Estás segura de eso? —Entrecerró los ojos con incredulidad.
—Segurísima, digamos que presioné mis labios contra los tuyos con un propósito. Eso, no es lo mismo que besar —. Aseguré, restándole importancia.
—Oh… Ya veo… Bien, supongo que si no me besaste, puedo presentar un informe con el episodio en RR HH —. Dijo en tono afilado y se echó a andar con una arrogante seguridad, que me provocó un fogonazo de ira.
—¿Qué? ¿A recursos humanos? —Grazné —. ¡No! ¿Por qué harías eso?
—Porque me besaste y no deberías haberlo hecho —. No solo parecía molesto, realmente se encontraba muy molesto y que le hubiese tomado el pelo, para aligerar la situación, solo había empeorado las cosas.
—Tuve un buen motivo, lo juro —. Me excusé —. Ni siquiera entiendo por qué te molesta tanto, solo fue un besito y no te metí la lengua o algo por el estilo —. Negó con el ceño fruncido —. Lo siento, estuve mal, lo comprendo, soy una tonta. Es solo que estaba ahí y yo no quería que se acercase. Fue pánico.
—¿Quién estaba allí?
Suspiré pesadamente.
—Julia, la que era mi amiga. La jodida amante de mi esposo —. Cerré los ojos un instante y cuando los abrí su rostro se había suavizado considerablemente, más no lo suficiente.
—Puedo entenderlo —repuso con tono acerado —. Sin embargo, necesito que me prometas que no volverás a acercarte a mí de ese modo. Tengo que ser muy claro con esto, no vuelvas a tocarme —. Su expresión se volvió amarga, más amarga de lo que era habitualmente.
—Creo que estás haciendo un océano de una gota de agua, ya te dije; entré en pánico y me disculpé.
—Te escuché y puedo por esta vez dejarlo pasar. Aunque, necesito que entiendas; que este es un límite que no puedes atravesar si lo que quieres es continuar conservando tu empleo —. Su tono bajo y firme, acentuaba la rabia que estaba creciendo a pasos agigantados en su interior —. No más jugadas de este tipo —. Según yo, los limites, en ese momento, eran bastante difusos.
Me quedé boquiabierta, alzando el mentón, desafiándolo.
—¿Piensas que fingí todo, para poder besarte? —Nuestros ojos se enfrentaron en una firma batalla de voluntades. Su expresión severa, me dijo que era justo lo que creía —. Detesto explorar tu brillante burbuja de arrogancia, pero no me interesas en lo absoluto.
Eso, no era del todo cierto, sin embargo, decir lo contrario, sería una invitación al desastre.
—Es mi culpa, no debería haber confraternizado contigo, quizás fue porque sentí que podía comprender tu dolor. Te entendía de alguna forma —. Meneo lentamente la cabeza y retrocedió. No tenía idea de que decir, estaba tan asombrada como avergonzada. Y por más que intentaba, no lograba descubrir que ocurría tras su imperturbable fachada. Esa reacción, no era normal, no podía serla —. No importa, no se repetirá… —Afirmó bruscamente —. Por favor, de ahora en adelante, solo nos comunicaremos por el email o chat empresarial. Por favor, no vuelvas a acercarte a mí.
Sentí una explosión de dolor que me recorrió por completo. En parte eran las réplicas del cimbronazo de ver a Julia con su enorme barriga de siete meses. No obstante, Aquiles, era el culpable de una enorme fracción de mi dolor. Y que por esa causa, me estaba viendo envuelta en un tumulto de emociones.
Se estaba comportando como un matón insoportable.
Se dio la vuelta, y comenzó a caminar en dirección al edificio, dejándome completamente confundida en medio de la acera. Y en un par de zancadas, se encontraba lo suficientemente lejos, como para obligarme a correr tras él.