Límites difusos (parte dos)

1648 Palabras
Arianna Logré alcanzarlo, antes de que las puertas del elevador se cerrasen. Casi podía ver la nube negra cerniéndose sobre su cabeza y aunque, aún estaba bastante avergonzada por lo que acababa de hacer. Rápidamente, el sentimiento, estaba mudando para convertirse en rabia. Así que, lo único que quería en ese momento, era borrarle la expresión de superioridad que mostraba inmutable. En cuanto di un paso dentro del pequeño cubículo, mantuvo la vista fija en el frente. No podía ni verme a la cara y sentí como si el estómago se me fuese a los pies. Tragué saliva con fuerza y reuní todo el coraje posible, antes de hablarle. —Aquiles —. Di un paso hacia él y vi como tensaba la mandíbula. Estaba resistiendo el deseo de darse la vuelta y verme. ¿Por qué? ¿Me temía? Cerré los ojos, avergonzada, hasta que él habló finalmente. —No tenía que ser así, Arianna. —No, pero ya me disculpé por ello, ¿no puedes pasar página? Seguro no soy la primera mujer que besas, piensa que fue un acto fallido, un error embarazoso que podemos olvidar —. Se dio la vuelta, taladrándome con la mirada —. Un momento. ¿No serás virgen, no? —Sonreí, incapaz de imaginar a un hombre como ese siendo célibe. Aunque a él, no parecía causarle gracia en absoluto y me pregunté si no había algo de cierto en la broma ridícula que acababa de lanzar para salir del paso. Imposible, un hombre como ese, seleccionado por la madre naturaleza para ser alfa dominante, solo podía pasarse las noches cepillándose a cuanta mujer se le cruzase por el camino. Era claro, que solo bastaba uno de esos gestos hoscos y extremadamente sexis para que cualquiera, cayese a sus pies. —No —. Gruñó —. ¿Sigues sin entenderlo, verdad? Alcé las cejas. —¿Entender qué? —Lo reté a enfrentarme —. ¿Estás jugando conmigo? —Sacudí la bolsa con comida —. Primero eres encantador, luego frío y distante, luego nuevamente encantador. Bueno, yo pensé que teníamos cierta conexión. Que me comprenderías y me dirías que no pasaba nada. Pero, evidentemente, para ti, un pico es cuestión de vida o muerte. —Ese es el maldito problema, no puedo tener una conexión con alguien como tú. No sería práctico. Porque no me gusta perder el control. Y tú Arianna eres un caos con piernas. —¿Con alguien como yo es un caos? —Repetí lentamente, negando con la cabeza. —Eres complicada —. Lo miré estupefacta —. Estás en medio de un divorcio muy difícil, estás desbordada todo el tiempo por sentimientos y esas cosas. Me haces preguntas incómodas todo el tiempo que me sacan de mis casillas, no para de hablar nunca, y eres… —Se detuvo, resoplando lentamente —. Demasiado emocional. Algo que por lo general detestaría… Me quedé sin palabras. —Claro, no soy un robot, los humanos tenemos emociones, o al menos la mayoría las tenemos—repliqué cada vez más molesta —. Si no te gustan las emociones —me acerqué a él, acorralándolo contra una esquina, mientras sacudía la bolsa engrasada frente a su rostro —. Será mejor que no te cruces conmigo cuando estoy en mi periodo, no me lo tomo bien, sabes y podría; ¡apuñalar al primer idiota que se cruce en mi camino! —Aporre los botones, furiosa con el puño cerrado para que parase. Me quería bajar, me sentía humillada y quería golpearlo en el rostro con la bolsa de dulces. Nunca había conocido a alguien con tan poco tacto en toda mi vida. —Me estás dando la razón —. Se cruzó de brazos —. Y no me dejaste terminar. En cualquiera otra persona, eso me irritaría que fuese tan emocional, pero en ti —. Se encogió de hombros —. Es lindo, a tu manera. Lancé una carcajada exasperada. —¿Acaso esperas que me sienta halagada por eso? —Escupí furiosa—.¡Vete a la mierda! —Golpee el botón para que se detuviese en el siguiente piso, luego el de abrir, y luego golpee todos a la vez. —La botonera no tiene la culpa de que estés molesta, si no te controlas —. Un cimbronazo, hizo que se detuviese y las luces se apagaron —¿Qué hiciste? —Las luces de emergencia se encendieron. —¿Yo? —Di un paso hacia atrás con mi mejor cara de póker —. Yo no hice nada, se habrá ido la luz. —No, Arianna —. No intentó ocultar su irritación en lo absoluto —. Lo has descompuesto porque no has podido controlar una de tus pataletas. Podrías haberte comportado como una adulta, pero no, comenzaste a aporrear el tablero como una demente. —Fuiste muy grosero —me dejé caer sobre la fría pared de metal para enfriarme un poco y solté la bolsa a mi lado. Estábamos muy cerca, podía sentir su brazo fuerte a través de la lana de mi chaqueta —. Creí que te caía bien —. Puede que mi voz sonase más quejumbrosa de lo que deseaba —. Y no hice una pataleta, me pusiste de malas. —No quería ser grosero —se disculpó. —Pues lo hiciste y eres un imbécil¡l —. Baje la voz —. Debí saberlo, no estoy a la altura de alguien como tú. ¿Por qué querrías ser mi amigo? —Suspiré —. Seguro sentiste compasión por mí, nada más. Ni siquiera sabía por qué me afectaba tanto que me hubiese dicho esas cosas. También era cierto lo de la pataleta. No sabía que era, tal vez se debía a que había terminado el tratamiento para la fertilidad en mi último ciclo menstrual. No estaba segura de sí, podría ser eso, la idea de que finalmente lo iba a dejar ir. Nunca me embarazaría. Negué con la cabeza. No, eso era mentira, en parte al menos. Eso me estaba afectando. Cierto. Sin embargo, en realidad, sí sabía por qué me afectaba. Es que deseaba impresionarlo, porque me atraía. Me maldije por mi torpeza. Nadie con el aspecto de bibliotecaria como yo, le iba a gustar a alguien como él. Además, ya sabía lo peor de mí. Me incorporé, para tomar distancia. No quería continuar empeorando las cosas. Entonces, me sujetó por la muñeca, antes de que diese un solo paso. —No tienes ni puta idea de lo que quiero —. Su voz contenía una nota áspera y profunda que me erizó la piel. Escruté su rostro bajo la débil luz de emergencia y lo vi apretando la mandíbula, mientras me sostenía la mirada, dejándome sin aliento. En sus ojos, había un destello furioso y hambriento. —¿Qué es lo que quieres…? —Le pregunté. Me empujó suavemente hacia atrás y mi espalda chocó contra el metal. Inclinó la cabeza, trazando mi cuello con su nariz, calentándome la piel con el susurro de su aliento. El corazón se me aceleró cuando sentir que me presionaba ligeramente. Podía sentir que estaba tan duro como una roca bajo los pantalones. Y… Dios, su erección era enorme. Me sentí ligeramente mareada por su cercanía, su aroma a especies, tabaco y cedro. Antes de que pudiese decir algo más, su boca estaba sobre la mía. Me besó como lo haría un hombre hambriento, con la fiereza que únicamente podía surgir de algún lugar oscuro y temible. Un gruñido profundo brotó de su garganta, cuando sus masculinas manos, apretaron mi trasero, levantándome ligeramente del suelo, apretándome contra él y gimió contra mi boca. Le ofrecí mi boca, abriéndola para él, saboreando el delicioso gusto café. Me ofrecí como un tributo, porque no podía pensar en otra cosa que no fuese sus labios reclamándome. Su lengua acarició lentamente la mía, antes de volverse posesiva. Y comencé a derretirme, quizás porque la temperatura dentro del ascensor arreció bruscamente o por la forma en la que me devoraba como si fuese su presa. Me levantó, enredando mis piernas en sus caderas, y se presionó contra mí, restregándose contra mí. Sus manos me acariciaron, moldeándome, haciéndome estremecer entre sus brazos. Recorrió mi estómago, la cintura, sus palmas apretaron mis costillas, antes de subir por mis senos, recorriéndolos con los pulgares. Se frotó contra mí, gruñendo sobre mi boca, ansioso y tuve la sensación de que hacía años que no tocaba una mujer. Las luces se encendieron, el elevador se sacudió, antes de emitir un sonido chirriante y él se detuvo. Se separó jadeante, bajándome lentamente. Aquiles, golpeo el metal junto a mi cabeza, desplomándose durante un breve segundo sobre mí. Para luego abandonar mi cuerpo suavemente. Se colocó a mi lado e inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared. Permanecimos en silencio un instante, buscando con esfuerzo controlar nuestra respiración entrecortada. Me sentía ardiente, agitada y muy asustada. Nunca antes me había sentido así con un beso. Aún podía sentir los ramalazos de lujuria descendiendo como espiral entre mis muslos. No me atrevía a mirarlo porque sabía que estaba arrepentido. El aparato finalmente se detuvo y lo sentí alejarse. Mientras yo continuaba fundida contra la pared, incapaz de moverme un solo centímetro. —Lo que hice —susurró con voz ronca —. Estuvo mal, no tengo excusas. —Yo también lo hice —me apresuré a decir, deseando que se diese la vuelta y me mirase. No lo hizo —. Y quería que lo hicieras. Su espalda se tensó. —Nunca, me permitas hacer algo como eso nuevamente —. Las puertas se abrieron y lo vi salir sin mirar atrás. Mientras yo continuaba allí, con los brazos flácidos y el cuerpo encendido. Acabábamos de incendiar los límites.
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