Arianna
No me gustaba llamar la atención y mi vestuario, era prueba de ello. Nunca elegía nada que fuese llamativo o tuviese colores vivos. Combinaba día tras día, pantalones de corte sastre con camisas blancas o de colores neutros. En mi versión más atrevida, usaba falda. Eso era todo, un atuendo monocromático que me asegurase ser invisible. Me gustaba pasar tan desapercibida como fuese posible.
Sin embargo, esa noche había desempolvado el ajustado vestido rojo; que me regaló mi abuela cuando cumplí los veinticinco con la esperanza de que lo usase. Me lo coloqué a presión esperando que a medida que pasasen las horas, la tela cediese e intenté respirar lo menos posible.
Si lograba sentarme sin que se rajase, lo iba a considerar un triunfo.
No quería pensar en que estaba dispuesta a morir por asfixia para impresionar al imbécil que escapó como un cobarde después de darme el mejor beso de mi vida. O que me esforcé tanto porque estaba celosa a rabiar de mi primera candidata.
Mi abuela, me echo un cable, consiguiendo el número de la nieta de una de sus amigas de la residencia. Una joven de veintiocho años, que acababa de comenzar un doctorado en arte. Eso era impresionante, aunque no tan impresionante como su metro setenta y cinco, sus pechos llenos o su escultural figura.
Cuando mi abuela me dijo que era linda, se olvidó mencionar que era deslumbrante y eso me provocó una punzada de celos, difícil de controlar.
En su presencia, comencé a sentirme fea e inadecuada. Era difícil para alguien con la autoestima tan tocada como el mío estar junto a una mujer con aquella elegancia natural.
—¿Tiene mucho dinero, verdad? —Me preguntó, al entrar en el restaurante italiano en el que nos había citado.
Forcé una sonrisa.
—Muchísimo —apreté los dientes —, aunque ya te expliqué que esto no será una relación normal. Firmarás un contrato, no tengo los detalles sobre que te ofrecerá. Sin embargo, eso solo ocurrirá en caso de que decida volver a verte para conocerte mejor. Esto, considéralo una primera entrevista. Así que, demás está decirte que tienes que impresionar.
Alzó una ceja.
Tenía claro que era una belleza y que podía impresionar al hombre que sea, con solo cruzar las piernas. Seguridad le sobraba, de eso no había dudas.
—¿Pero podría convertirse en una relación real, cierto? —Me esforcé por mantener mi mejor cara de póker. No era asunto mío y si ella conseguía que él se enamorase de ella. Mejor todavía. Aunque no para mí.
Aun así, sí lo hacía. Bien por ella.
—No voy a mentirte, no es exactamente un libro abierto y no tengo idea de que pueda pasar por su cabeza.
—Humm…Un reto, me gustan los retos. Voy a ser sincera también. Cuando decidí estudiar arte contemporáneo y moderno. Creí que conocería a cientos de hombres guapos, con gusto refinado y varios yates en su haber —. Se atusó el cabello y se dio la vuelta —. Pero, ¿adivina qué?
Me encogí de hombros, negando. Se veía demasiado decidida en clavarle las garras. A pesar de que intentaba no sentirme herida, a cada segundo, era más y más difícil.
Ni siquiera espero que contestase, al menos no tendría problemas a la hora de entablar una conversación, con Mr. Pocas palabras —: Solo he conocido bohemios, tóxicos y sin un centavo. Incluso mi último novio me robó —. Se acomodó los senos y le sonreí incomoda al Hostess que se estaba comiendo con los ojos a mi candidata. No era para menos, el vestido blanco se le ajustaba con un guante y me parecía que se encontraba desnuda debajo de la delicada tela. Era como una jodida escultura —. Estoy harta de los miserables, y me gustaría dejar de lamerles las botas a los viejos depravados que van a la galería, fingiendo estar interesados en un David Hockney, cuando solo están allí para verme el trasero.
Le hice una señal al hostess que nos estaban esperando y avanzamos hacia donde se encontraba Aquiles. Se puso de pie para recibirnos. Me miró por una fracción de segundo, antes de apartar la vista rápidamente, para luego enfocarse en la rubia alucinante que llevaba conmigo. Por lo que sentí un nudo en la garganta cuando lo vi repasarla lentamente con la mirada. Y por mucho que me esforcé, no pude evitar que el alma se me fuese a los pies.
Intenté sonreír al decir: —Alissa, te presento a Aquiles D’ Amico. Aquiles, Alissa Marino.
—Es un placer —. Ella le tendió la mano, aleteando sus gruesas pestañas —. Ari, me ha contado todo sobre ti —. Lo atrajo con su voz profunda y sensual como una sirena.
¡Ja! ¿Contarle todo sobre él?
Como si yo tuviese algún dato medianamente interesante sobre Aquiles. Claro, sabía que tan bien besaba, qué firme era su pecho, lo bien que olía, aunque imaginaba que eso, lo descubriría pronto.
La idea de que él la besase un poco más tarde, me hizo sentir como si alguien me estuviese rasguñando las entrañas.
Lo vi mover los labios, mientras sostenía la silla para ella. Alissa se deslizó con el encanto de una bailarina.
En mi caso, simplemente me desplomé sintiendo deseos de chillar histérica. Aunque de los dientes para afuera, solo sonreí como si me la estuviese pasando fenomenal.
Aquiles, finalmente, para mi sorpresa, se sentó a mi lado, frente a su primera candidata. Imaginé que solo se trataba de una forma de mantener el control, puede que no quisiese lanzarse sobre la primera mujer que se le presentase.
Porque ella tenía todo lo que un hombre podía desear y más. Se mostró encantadora, inteligente, divertida y sexi. Madre mía, si era sexi como el mismísimo infierno. Por otro lado, seguro que no se había tenido la necesidad de meterse a presión en ese pequeño vestido.
Sentí que me hundía en la silla.
—Te asombraría saber cuántos artistas utilizan el erotismo como puntapié para su creación o como una búsqueda en sí misma —. Acaricio el tallo de la copa de vino que nos acababa de traer el Maître de arriba abajo con deliberada lentitud.
—Vaya, no tenía idea de que el mundo del arte fuese tan excitante —. Ella echó la cabeza hacia atrás, riendo, como si hubiese sido lo más gracioso que había oído en la vida.
Yo sabía, perfectamente, que solo era una excusa para darle una vista privilegiada de sus pechos turgentes y me obligué a no poner los ojos en blanco, al ver que el noventa por ciento de los hombres tenían los ojos puestos en ella.
Me incliné sobre la mesa, fingiendo que escuchaba lo que mi candidata tenía para decir sobre los genitales, de una escultura en bronce. Levanté la copa para verla a la luz de las velas de la mesa, la llevé a mi nariz, cerrando los ojos para inspirar las notas afrutadas del vino y finalmente me llevé la copa a los labios. Probé el vino, manteniéndolo en mi boca, antes de tragarlo. Al menos, algo iba a sacar de esa noche horrible. El vino era absolutamente delicioso.
Abrí los ojos lentamente y al hacerlo, me encontré con la mirada penetrante de Aquiles. Tenía sus ojos clavados en mis ojos, en mi rostro, en mis hombros temblorosos. Ni siquiera, intentó disimularlo.
No pude evitar sentirme agitada y me pasé la lengua por los labios involuntariamente. Él resolló suavemente, llevándose la copa a los labios y sentí que la temperatura de la habitación comenzaba a subir rápidamente.
Se inclinó un poco y deslizó la mano por debajo de la mesa, rozando mi muslo con su palma caliente. Cada movimiento fue deliberadamente lento. Dejó un trazo sinuoso de fuego, sin apartar sus ojos de los míos.
—Arianna —murmuró, retirándome el cabello con suavidad por encima del hombro y aprovechó para rozarme el cuello. Me preguntaba si alguien más notaba lo que estaba ocurriendo, si alguien más veía mi pecho subiendo, agitado —. La media hora ha concluido, necesito que te deshagas de ella.
Sin saber que responder, me aparté de él y miré a Alissa.
¿Debía despacharla?